Solidaridad en Acción: Redes Comunitarias en 23 de Enero para Ayudar a Sobrevivientes del Terremoto en Venezuela
Tras el doble terremoto del pasado 24 de junio, los venezolanos han demostrado que la solidaridad es un valor que los mueve. En zonas como el 23 de Enero, el miedo y la solidaridad han aprendido a convivir bajo el mismo techo, impulsados por una certeza que Johanna Nieto resume antes de despedirse: “Mientras Dios nos lo permita, vamos a continuar con esta labor”.
Eran las 10:42 de la mañana del sábado 27 de junio cuando Johanna Nieto se dispuso a comprar los envases de plástico. A su alrededor, en el campo deportivo La Planicie, en el 23 de Enero, la dinámica habitual del béisbol menor había sido sustituida por fogones, aliños, cuchillos y un inmenso interés en ayudar. No había bates ni pelotas; había una gran necesidad de ayudar. 20 voluntarios, vinculados a los 20 equipos que hacen vida en la liga local, se organizaban para levantar un centro de acopio y preparar un hervido solidario.
“Ayer entregamos 200 arepas en la escuela Pimentel de Quinta Crespo, que está funcionando como refugio, y también llevamos ropa que recogimos”, relata Johanna Nieto, una de las colaboradoras de esta red comunitaria. El motor que impulsa esta movilización es el dolor de las ausencias cercanas. “Vimos a muchos amigos, familiares y conocidos en una situación muy difícil. Yo tengo amigos desaparecidos en La Guaira. El profesor de voleibol de mi hija se murió”.
La logística se armó con la velocidad de un juego. “Cada uno busca lo que puede. Yo pedí ayuda por mi estado de WhatsApp, otro compró las verduras, otros hicieron una vaca y las señoras se ofrecieron para cocinar”, explica Nieto. En los alrededores del campo, árbitros, mamás, abuelas, delegados, anotadores y dueños de equipos aportaban de su propio bolsillo, para paliar la crisis.
Mientras Alexander Pérez y Nereida Meléndez picaban 14 pollos enteros, Francisco Blanco, a quien todos llaman cariñosamente “Morocho”, Yeneth Camacho y Mary se encargaban de los aliños. En total, lograron reunir 14 pollos y 20 kilos de verdura para dar forma a 110 porciones de sopa.
El eco de la tragedia de 1999
El doble terremoto del 24 de junio tomó a Johanna precisamente en el campo, viendo un juego de la categoría semillero, con los niños más pequeños de la liga. “Fueron los segundos más largos de toda mi vida. Terrible”, recuerda. Para ella, el crujido de la tierra revivió fantasmas del pasado: “Ya vengo con la experiencia de 1999, cuando vi a mucha gente perder sus casas, sus vidas y sus familiares. Se repite la historia. Entonces, si tengo la disponibilidad, la disposición y el recurso para ayudar, lo hago”.
A unos metros, Alexander Pérez picaba el pollo con una motivación que quedaba en el aire. “En estos momentos de crisis que estamos viviendo en Venezuela hay que apoyarnos mutuamente. No quisiera estar en los zapatos de las personas que han perdido familiares, hijos, hijas. Si yo pudiera estar en La Guaira, estaría allá ayudando, pero como no puedo, aporto mi granito de arena desde aquí”, confiesa con orgullo. Asegura que mantendrá el esfuerzo “hasta donde alcancen las fuerzas”.

Alejandro Moreno, entrenador de la escuela de béisbol Los Osos, coincide en que la respuesta civil es un rasgo de lo que somos como país. “La parte humanitaria del venezolano siempre es así, siempre buscamos ayudar. Aquí estamos de pie”. Sobre el temor a que este tipo de acciones se paralicen con los días, Moreno es tajante: “Lo que tenemos es que trabajar en equipo y ponernos de acuerdo. Vamos a estar ahí hasta que el cuerpo aguante”. Aunque su casa no sufrió daños, confiesa sentir “una profunda tristeza en el corazón por todo lo que están pasando nuestros hermanos”.
Una cocción en medio de otro temblor
A las 2:18 de la tarde, el humo del fogón envolvía las dos grandes ollas donde ya hervía la comida. Las risas y las anécdotas compartidas aliviaban por momentos la pesadez de las horas acumuladas sin dormir bien. A las 2:52 de la tarde, se bajó la primera olla y comenzó el ensamblaje: unos servían el caldo, otros picaban el pan y el resto embolsaba los cubiertos.
El destino de esa primera entrega era la Unidad Educativa Distrital Simón Rodríguez, un espacio que hoy alberga a 60 personas refugiadas, todas procedentes del bloque 5 de la última zona de Pinto Salinas.
Sin embargo, la calma duró poco. Al rededor de las 3:20 de la tarde, justo cuando todo se alistaba para salir hacia el refugio, una nueva réplica sacudió el terreno. El miedo latente volvió a inundar a los presentes. El silencio de los primeros segundos dio paso a las frases inevitables del trauma: “Hoy no dormiré en mi casa” o “¿Hasta cuándo será esto?”.
A pesar del susto, los envases se sellaron y la ayuda salió. En la Caracas de hoy, el miedo y la solidaridad han aprendido a convivir bajo el mismo techo, movidos por una certeza que Johanna Nieto resume antes de despedirse: “Mientras Dios nos lo permita, vamos a continuar con esta labor. Hay mucha gente necesitada y familiares llorando a miembros que todavía no consiguen”.



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