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La Maldad Normalizada: Reflexiones sobre el Perdón y el Terrorismo de Estado en Venezuela

La Maldad Normalizada: Reflexiones sobre el Perdón y el Terrorismo de Estado en Venezuela

“Supéralo, perdónanos y vente”, dijo Jorge Rodríguez a la diáspora venezolana que huyó del país. Para él, un chavista originario que ha basado su carrera política en el resentimiento por el asesinato de su padre —cuyos culpables, es necesario decirlo, fueron debidamente enjuiciados y condenados—, pretende, desde una superioridad moral que no le pertenece, hablar de perdón y reencuentro.

Y aunque nunca he puesto en duda la inteligencia del psiquiatra—puesta, se sabe, a favor del mal— pienso que esta vez se puso una soga al cuello que nunca más se podrá quitar: la cita “supéralo, perdónanos y vente” como leyenda de cientos de videos en los que la amenaza, persecución, la violencia, la saña, el éxodo y la impunidad demuestran que el chavismo es sinónimo de Terrorismo de Estado.

En La condición humana (1958), la filósofa Hannah Arendt se refiere al acto de perdonar como la única respuesta a la irreversibilidad de las acciones. Es decir: al no poder deshacer lo hecho, el perdón actúa como una válvula de escape en la que se libera al ofensor de la carga de su ofensa y se libera al ofendido del ciclo de venganza que, para Arendt, es una reacción automática y predecible que encadena al sujeto al pasado.

Así, el perdón resulta un acto liberador que interrumpe esta cadena.

Sin embargo, Arendt también habla de los límites de ese perdón, de lo imperdonable y del castigo. En ese sentido, argumenta que el perdón aplica a las ofensas humanas, mas no a los crímenes que considera imperdonables e incalificables. Y es allí cuando la filósofa se refiere al mal radical como aquel que trasciende la escala humana y destruye la noción de lo que significa ser persona.

Llegado a este punto, cuando parecería que el opuesto del perdón es el castigo, Arendt dice que no. Para ella, perdonar y castigar son alternativas ante el mismo problema: la mencionada irreversibilidad de las acciones. De esta forma, ambas opciones tienen como objetivo poner fin a algo que, de otro modo, continuaría indefinidamente.

El asunto se complica entonces cuando lo imperdonable resulta ser aquello que suele ser imposible castigar adecuadamente.

El verdugo que decidió perdonarse a sí mismo

Si el castigo es la alternativa al perdón para cerrar el ciclo, queda entonces la escala de lo inabarcable:

1- ¿Cómo castigar a los responsables del saqueo sistemático del país por 27 años, cuyo índice de pobreza alcanzó el 86,9% y una inflación del 130,060%?

2- ¿Cómo castigar a los responsables del asesinato de más de 300 personas durante las protestas?

3- ¿Cómo castigar a los responsables de encarcelar a más de 18 mil personas por motivos políticos?

4- ¿Cómo castigar a los responsables de la segunda mayor crisis migratoria global? (la primera es Siria)

5- ¿Cómo castigar a los responsables de la desaparición de más de 100 periódicos, el cierre de más de 300 emisoras de radio y el bloqueo de internet para aislar al país?

La lista continúa y a nadie le hace gracia. Pero resulta necesaria en cuanto a la dimensión del daño hecho y la capacidad, o no, de perdonar a quien pide ser perdonado. Para Arendt, esa idea del perdón como un sentimiento originado en la intimidad del alma, es falsa.

Por el contrario, el perdón es un acto plural que requiere de la presencia de otras personas. Perdonar, dice, no es algo que podamos hacer por nosotros mismos, por el simple hecho de que nadie es capaz de perdonarse a sí mismo de manera efectiva; y que es allí cuando entra en juego el testimonio del otro, de quienes perdonaron, o no, al ofensor.

Inteligentes y preparados como son, los hermanos Rodríguez saben que el perdón de los venezolanos nunca, jamas, les será concedido. Y aun así, tienen la (mala) gallardía de poner la cara y pregonar una dignidad malvada.

Quienes hoy pretenden disfrazar al mal radical por una ofensa humana, son los mismos que afirmaban que su presencia en el poder era su “venganza personal” por la muerte de su padre quien, se sabe, fue un consabido guerrillero, secuestrador y asesino de policías. «Nadie puede perdonarse a sí mismo, porque en la soledad el perdón carece de realidad; requiere de la presencia de los demás para que el acto de liberación sea efectivo».

El perdón rompe el ciclo, pero el castigo también. Lo que nada rompe es fingir demencia.

Y nadie los va a dejar.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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