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La huella musical y sentimental de Willie Colón en la salsa latina

La huella musical y sentimental de Willie Colón en la salsa latina

Ay, tú eres mi bombón, (ah-ah)
Mi bombón de chocolate, (o-no)
Cuando te miro a los ojos, (ah-ah)
El corazón me late, (o-no).
Ah-Ah / O-No
Willie Colón y Héctor Lavoe

Ahora que ya se ha marchado para siempre, hemos comprendido que una parte de nuestras vidas —la de tantos venezolanos y latinoamericanos que pasamos de la adolescencia a la edad adulta entre las décadas de 1970 y comienzos de los 80—, estuvo definitivamente marcada afectivamente y musicalmente por la explosión sonora de la salsa y por el peso que sobre el género tuvo Willie Colón.

Si nos ponemos retrospectivos, podríamos decir que los momentos esenciales de lo más lúdico de ese período llevan la impronta de la salsa, el trombón y la vocalización nasal del gran Willie y sus múltiples cómplices y aliados. Me refiero a aquellos que tienen que ver con la fiesta, el gozo, los enamoramientos decisivos, el descubrimiento de la sensualidad y la sexualidad, la construcción de nuevas identidades latinoamericanas y esa inmensa vocación que para los caribeños es el baile —libre, paroxístico, en pareja, en grupo o en solitario.

Tal vez podríamos periodizar esos momentos esenciales de nuestra existencia a través de algunas de sus canciones o discos, con la seguridad de que ha sido así siempre para otras generaciones y otros gustos músicales.

La tarde con los compañeros del final del bachillerato cantando infantilmente ebrios La Murga de Panamá, de su larga e inolvidable asociación con Héctor Lavoe; el primer bolero con tu futura novia, lloriqueando al oído Ausencia; el encantamiento por Oh, qué será?, convertida en salsa, alimentado por la complicidad que ya teníamos por la música brasileña de Chico Buarque, Caetano Veloso, Maria Bethania, previamente compartida por nuestra Soledad Bravo; las veces que coreábamos abrazados en un cumpleaños las triquiñuelas y el final imprevisto de Pedro Navaja, de su también rica unión con Rubén Blades; la fascinación merenguera casi disco music de Amor verdadero.

Ahora que los dos ya no están, encuentro caprichosamente un paralelismo entre Willie Colón y Stanley Kubrick, el director de cine que en cada película descubría un nuevo universo y un nuevo lenguaje sin perder nunca su eje y visión personal. Un director que podía pasar de hacer un film realista en blanco y negro como Lolita, lanzado en 1962, a construir 2001. Odisea del espacio en 1968, una visionaria puesta en escena de un cine de anticipación científica, y luego pasar a una denuncia antibélica como Full Metal Jacket, de 1987.

Así fue Willie Colon. Se movía diestro entre una gran variedad de ritmos y sonidos sin abandonar su origen de músico boricua, nacido en el Bronx de Nueva York, heredero de una tradición musical en la que Tito Puente fue decisivo y la cosmovisión del barrio de inmigrantes latinos su atmósfera preferida. Pero no restrictiva.

Porque tal vez Colón sea la figura que, sin ser su fundador musical —acción que se le reconoce, sin duda, a Johnny Pacheco—, atravesó ese movimiento que más que musical fue un fenómeno cultural complejo que se bautizó como La Fania, eje medular de la expansión de la salsa. Un género que, sabemos, tiene la particularidad de haber nacido precisamente en Nueva York, a mediados de los años 1960, y que para entonces se convirtió en un recipiente donde se mezclaban los afluentes que recibía de todos los ritmos de la música caribeña, resultado de una migración masiva que abría un mercado cada vez más grande y ávido de reconocerse como comunidad.

De manera que va a ser fuera del Caribe, en el extranjero, donde una identidad que se venía gestando desde hacía siglos, la del caribe hispano parlante, a la que solo le faltaba una denominación definitiva —nuestra cosa latina—, adquiere eso que solo el arte, en este caso la música, le podía dar. Y se la dio.

Lo que ocurrió luego ya lo sabemos: la confluencia de un dominicano, Johnny Pacheco; una cubana, Celia Cruz; un niuyorrican, Willie Colón; un portorro, Héctor Lavoe; un panameño, Rubén Blades; por solo mencionar a unos pocos, sin dejar fuera a tantas otras figuras de nacionalidades caribeñas, así como músicos estadounidenses, que terminó generando un boom de la música nacida en el Caribe que hoy en día es ya una referencia histórica y un paradigma musical.

Ahora que Willie ya no está físicamente, ahora que se convertirá en leyenda, terminaremos de comprender su genialidad musical, pero también el significado cultural de su presencia, su capacidad de liderazgo y su rápida comprensión del fenómeno identitario no solo caribeño, también hispanoamericano, iberoamericano y afroamericano, que las migraciones y una cierta conciencia de reafirmación de lo no sajón fueron generando. Como se dio también, por ejemplo, en el mundo de las letras: el boom de la literatura latinoamericana —García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes— ocurre simultáneamente al de la salsa.

En su itinerario creativo hay un compendio de muchas musicalidades. Plena, bomba, merengue, son, chachachá, guaracha, samba, bossa nova, jazz, entre otros, fluían por igual en sus letras, sus composiciones, sus arreglos, su voz y su trombón.

Porque ese es otro elemento que no debemos olvidar. Aunque eternamente fiel a una tradición, Colón fue siempre un innovador. Y entre sus grandes aportes al movimiento salsero está el haber incorporado el trombón, los trombones, como protagonistas. Un trombón áspero, juguetón, flexible, convertido en solista, que competía con la ya consolidada tradición de las trompetas del jazz y la música caribeña.

Por eso no encuentro nada casual en la conmoción —mitad tristeza profunda, mitad agradecimiento feliz—, que su muerte ha causado. En el lugar donde vivo, Bogotá, un grupo de venezolanos, nos reunimos a escuchar, bailar, analizar y debatir sus canciones. Muchos amigos y grupos de WhatsApp compartieron piezas. YouTube y Spotify deben haber encendido los números. Había algo de emoción interior. Íntima y a la vez colectiva.

Porque Willie Colón, además de versátil – compositor, instrumentista, cantante, arreglista, creador de orquestas, congregador de talentos– se fue insertando en nuestra intimidad, como un buen amigo, o una mujer que amamos, y ahora nos cuesta mucho seguir sin su presencia. Porque es parte de nuestra memoria amorosa, de nuestra historia personal y termómetro de los cambios que fue viviendo ese fenómeno hijo de la migración llamado salsa.

Ahora sí, ¡guapea Willie Colón!

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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