Voces desde el Terreno Minado: Chavistas Reflexionan sobre los Dramáticos Cambios del 3 de Enero en Venezuela
No entienden bien lo que ha ocurrido en Venezuela desde la madrugada del 3 de enero. Opinan, formulan conjeturas y se hacen un sin fin de preguntas acerca de estos días que les parecen tan paradójicos. Algunos, en voz baja, como quien prefiere no ser oído. Nadie les ha dado una respuesta. Aquí varios relatos
La Hora de Venezuela
—Somos chavistas…
—Revolucionarias, y a mucha honra.
Dos mujeres están sentadas en una cafetería del centro de Caracas. Trabajan en un ministerio. Una vive en un barrio del oeste de la ciudad y, la otra, en uno del este. No tenían ganas de salir de su casa. Lo hicieron porque su jefe les dijo que era importante y obligatorio asistir a la actividad de hoy, 3 de febrero. Las señoras —vamos a llamarlas Ana y Rebeca— acaban de recorrer varias calles en una manifestación para promover “el rescate” de Nicolás Maduro y Cilia Flores, la pareja presidencial que Estados Unidos capturó la madrugada del 3 de enero de 2026 en Venezuela. Por eso, llevan una pancarta con la frase “Los queremos de vuelta”.
Están cansadas. Dicen que se alejaron del gentío para tomarse un cafecito y reposar un poco los pies. Un joven ahora las acompaña. No lo conocen. Cuando vieron que entró a este diminuto local y no tenía dónde sentarse, le dijeron: “Ven, aquí hay espacio”. Entonces él se acomodó en una silla. Y ahí están. Hablan de cualquier cosa y la conversación no tarda en aterrizar en el tema del momento. Él las escucha; las señoras se preguntan cuál es el rumbo del país, y especulan, opinan, hablan en voz baja, como quien no quiere ser escuchado.
—Sí, uno es chavista pero uno está claro… —dice Ana, luego de repasar los acontecimientos que comenzaron exactamente hace un mes.
—Hay algo ahí que a uno no le han dicho, es obvio, y pienso que no debería ser… —la interrumpe Rebeca.
De pronto, una digresión.
Ahora hablan de una miniserie que están viendo en una plataforma de streaming, se cuentan un chisme de la oficina, y otra vez vuelven a gravitar sobre lo mismo. ¿Será que hubo traición? ¿Quién habrá sido el traidor? ¿Delcy de qué lado está? ¿Los gringos se están saliendo con la suya? ¿Qué pasará con las misiones? ¿Y con el CLAP? ¿Viste lo de Alex Saab? ¿No te llama la atención?
Poco después, Ana y Rebeca se levantan y se van sin respuestas.
—Si durante más de 20 años las tensiones políticas con Estados Unidos fueron una constante, ¿cómo es que luego de llevarse al presidente ahora somos panas? —se pregunta, también sentado en un café, un abogado que lleva años haciendo trabajo comunitario en su parroquia, Caricuao, al oeste de Caracas. Podemos llamarlo Antonio porque prefiere no ser identificado. Siente que por sus opiniones —o más bien, por su necesidad de entender— sería mal visto o, peor aún, podría estar en riesgo.
—Uno tiene criterio, uno tiene una visión, uno tiene la capacidad de pensar –insiste, como tratando de justificarse—, es inevitable analizar, sobre todo cuando uno necesita comprender.
La Hora de Venezuela recibió una filtración que permitió conocer que, siete días después de la captura de Maduro y Flores, se llevó a cabo una reunión con líderes chavistas y dirigentes de base para trazar una estrategia comunicacional. Al final de ese encuentro, Delcy Rodríguez se hizo presente a través de una llamada telefónica. Contó que la noche del 3 de enero los estadounidenses le dieron 15 minutos para decidir si cooperaba y que le dijeron que, si se negaba, su vida y la de otros dirigentes de alto perfil correría peligro. Enumeró tres objetivos para lo que llamó “el nuevo momento político”: preservar la paz, rescatar a los “rehenes” y preservar el poder político. Además, lanzó un dardo: “La gran victoria del enemigo sería la división interna”.
De aquel encuentro ha transcurrido poco más de un mes. La narrativa de Nicolás Maduro como prisionero de guerra no ha calado, piensa Carmen Beatriz Fernández, experta en comunicación política. “No han hecho un verdadero esfuerzo por argumentar lo que pasó el 3 de enero; aquello que dijo Delcy en esa reunión no funcionó porque no era coherente, era muy difícil de comprar. ¿Cómo puedes articular una narrativa si caminas al filo de la navaja que significa satisfacer las demandas de Trump y, por otro lado, no quedarle demasiado mal a las bases del chavismo o a gente que puedan reconquistar? Hablamos de entre el 20 o 30 por ciento de la población. En resumen, está obligada a estar entre la espada de Trump y la pared del chavismo”, reflexiona.
En ese terreno minado de suspicacia y sospechas, Ana, Rebeca y Antonio no están solos. Con ellos, tantos otros ciudadanos que son o fueron chavistas, y a quienes el tumulto de acontecimientos recientes les resulta discordante, raro, paradójico. Aunque les hayan dicho que dudar es traición, ellos dudan. Y dicen que es válido dudar. He aquí tres historias de otras personas que están ahí con ellos.
“¿Por qué no salió el pueblo a defenderlo?”
Al recordar la madrugada del 3 de enero, Elvira se tapa los oídos con las manos.
—El ruido era horrible. Un pito y luego el bombazo. Creía que me iba a quedar sorda. Esta pared temblaba, la casa se sacudía. Lo juro por mis nietos.
Se refiere a lo que vivió en el momento en que Estados Unidos bombardeó la Meseta de Mamo, una zona militar que alberga la Infantería de Marina de la Armada de Venezuela y la Academia Militar Naval Francisco de Miranda, al oeste del litoral central.
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Elvira vive en Catia La Mar, cerca de los bloques de la urbanización Rómulo Gallegos, una de las estructuras civiles destruidas en el bombardeo. El estruendo sacudió su casa, pero no sus certezas políticas. Es militante del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), líder de calle, coordinadora del CLAP —el programa de distribución de alimentos subsidiados— y está al frente de la Unidad de Batalla Bolívar Chávez, la estructura electoral del partido.
—Yo estoy casada con este proceso —dice altiva y con tono de orgullo.
Pero, a pesar de la seguridad que le otorgan los principios políticos, los hechos que se desencadenaron con el bombardeo —la captura de Nicolás Maduro, que ella denomina como un secuestro; la designación de Delcy Rodríguez como presidenta interina—. También la han llevado a dudar, a hacer preguntas.
—¿Era Maduro la mejor cara del proceso? ¿Será verdad lo de la droga, lo de la corrupción? ¿Por qué no salió el pueblo a defenderlo? Ya antes de que los gringos se lo llevaran, yo agarraba mis calenturas con Maduro. Porque uno como dirigente comunitario es el que se entiende con la base, y la gente está pasando roncha desde hace rato. La comida cara, ese dólar como loco, nada que aumentan la pensión y si a uno se le enferma un familiar tiene que correr con la suerte de que no le pidan insumos o exámenes fuera del hospital. Entonces es difícil decirles a los vecinos que sigan apoyando la revolución con tantas faltas y Maduro bailando y cantando con una guachafita en el canal 8. Por eso la gente cae en la trampa de la oposición, de esa mujer, María Corina Machado, que se vende como buena gente, pero odia a los pobres.
Ahora, con Maduro fuera de Venezuela y enfrentando un proceso judicial en Estados Unidos, y con Delcy Rodríguez asumiendo cargos de liderazgo en medio de tensiones políticas internas y diplomáticas, más preguntas y pocas respuestas la acechan.
—La verdad es que la alta dirigencia del partido no se ha sentado con uno para decirle qué pasó, qué vamos a hacer. Si uno pregunta, te salen los dirigentes con eso de que “dudar es traición”. Y yo más bien lo que veo es que a Maduro alguien lo traicionó por no dudar de nadie. Tengo como una lucha. No puedo aplaudir un ataque, pero ¿y si llevarse a Maduro es una oportunidad para que haya un cambio, para que la economía mejore, para que las cosas vuelvan a tomar su camino? Esto no lo digo en voz alta. Esto lo pienso y al rato me arrepiento.
Elvira, en fin, se confiesa confundida.
—Es que hasta la dirigencia habla una cosa y hace otra. La misma presidenta Delcy dice que va a rescatar a Maduro, pero saca a su equipo de los ministerios. Dice que le reclama a Trump, pero va a viajar a Washington. Por un lado dicen que vamos a rescatar a Maduro y a Cilia, y por el otro que se acuerdan cosas con quienes nos atacaron. Y el Trump sale diciendo hasta que Delcy es simpática y le colabora. En serio, me siento como en medio de una burla. Como cuando tu marido tiene otra, que te la niega hasta la muerte, pero pasea con ella por el mismo barrio.
Cuando Elvira camina por su zona en la Prolongación Soublette, el temblor de aquella noche aún le acompaña, ya no en forma de bombas que caen, sino como interrogantes sobre el futuro de Venezuela. Dice que mantiene su fe en una patria que siempre ha amado, pero que en estos momentos siente que ya no es tan fácil ser chavista, ahora que las bases ideológicas que creía firmes, se movieron después del bombardeo.
“¿Sabes lo único que me alegra?”
Perla recuerda bien la noche de 1999 en que Hugo Chávez llegó al poder. En su casa celebraron, brindaron con cervezas frías y se sentaron en familia a escuchar a ese hombre de verbo incendiario que ya admiraba. En aquel entonces, ella tenía 19 años y estaba en uno de los primeros semestres de trabajo social. No se le hizo difícil escoger esa carrera. Sus padres eran sociólogos y mantenían una línea de investigación sobre la pobreza en América Latina. Siempre le contaban a su única hija acerca de los artículos que escribían y sobre los proyectos que ejecutaban; le recomendaban lecturas y películas; y claro, la llevaban a comunidades pobres cuando les tocaba hacer trabajo de campo. Todo esto fue abono para su pensamiento y para su vocación: al recibirse de bachiller, estaba convencida de que quería continuar por la senda de sus padres.
Esa noche de diciembre de 1999, sentada frente al televisor, sintió que el mundo ideal —de igualdad, de equidad, de participación— dejaría de ser una fantasía intelectual para convertirse en una realidad. Y no lo pensó solo porque era su deseo, sino porque sabía que, además de ideas, Chávez tendría dinero para hacerlo posible: dinero del petróleo.
Y lo tuvo, ciertamente. El precio del barril de petróleo más alto de la historia, recuerda Perla.
Ella se graduó, trabajó en varias ONG, hizo un postgrado en el exterior, volvió a Venezuela, se casó, tuvo dos hijos. Pero en 2012, cuando Chávez murió, ella ya había comenzado a darse cuenta de que eso que dieron por llamar “revolución bolivariana”, ese proceso que ella había sentido como “fascinante y transformador”, era un castillo de naipes.
No quería —le dolía—, pero tenía que aceptar la realidad: hubo gente del gobierno que admitió que montos astronómicos de divisas habían desaparecido de las arcas de la Nación; y además le parecía evidente y preocupante que la separación de poderes fuera cada vez más una ficción.
Nicolás Maduro —el hombre por el que Chávez pidió que votaran en caso de que él no pudiera continuar al frente del Estado, luego de ser intervenido quirúrgicamente del cáncer que lo aquejaba— le resultaba alguien incapaz de llevar las riendas del país. Aun así, votó por él sin tener claro el porqué.
—Fue por lealtad, o porque quería convencerme de que este era un proceso a largo plazo y que había que ser pacientes, o por negación, o por el duelo que sentía, no por Chávez, sino por descubrirme equivocada.
Nunca más lo apoyó en las urnas, aunque siguió aparentando que sí lo hacía. ¿La razón? Perla tenía un “cargo de confianza” en una institución pública en la que ser críticos era un delito. Entonces hacía silencio, bajaba la cabeza, veía para otro lado.
Vinieron años ruinosos: 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2019. Apagones, escasez, inflación, migración, hambre. Depresión: una mañana de 2021, Perla sencillamente no logró levantarse de la cama. Quería hacerlo, tenía que entregar un informe a primera hora, pero no pudo. Estaba en blanco, ida, como desconectada de sí misma. Su esposo la rescató. La abrazó largo y después la llevó a un psiquiatra que le diagnosticó depresión mayor y ansiedad. Con el tratamiento médico, y con meses de terapia, se sintió mejor.
Y se atrevió a hacer lo que quería desde hacía tiempo: renunció.
Desde entonces no trabaja. Se ha dedicado a cuidar a sus hijos y a hacer labor social en su comunidad. Apoya a la “jefa de calle”, se ha encargado del CLAP, de gestionar la compra de bombonas de gas, de organizar jornadas de atención para los viejos, de arreglar la cancha para que los niños jueguen.
—Yo estoy con la gente de a pie. Porque eso está en mí, me interesan las personas, el bienestar común. Me he convertido en vocera, me muevo para conseguir recursos, para que lleguen mejoras. Sé como funciona el monstruo por dentro, y lo domo. Me meto por aquí, me meto por allá. Es frustrante, no te creas. Yo voté por Edmundo con mucha ilusión, otra vez con mucha ilusión, y se robaron las elecciones. Debo admitir que María Corina me convenció. Siento que la oposición, finalmente, ha hecho las cosas bien, después de muchos tropiezos. Es que este es un país enfermo. La corrupción es un cáncer. El narcotráfico, otro cáncer. El desmontaje de las instituciones, otro cáncer. Pero bueno, ¿qué podemos hacer? Yo, obviamente, estas cosas no las digo. ¿Sí me entiendes por qué prefiero estar en silencio? Bueno, en mi familia hay quien me critica. No me importa. Uno debe cuidarse porque esta gente no cree en nadie. Además, me da miedo parecer una infiltrada. Porque no lo soy.
Han pasado 26 años de aquel diciembre de 1999 y Perla está de nuevo frente a una pantalla.
—No de un televisor, como cuando Chávez ganó, porque ahora los canales no pasan noticias, están censurados.
Desde el 3 de enero —cuando funcionarios de la Fuerza Delta de Estados Unidos se llevaron a Maduro y a su esposa Cilia Flores, luego de bombardear Caracas y zonas aledañas—, Perla no se despega de las noticias.
Que Donald Trump se va a encargar de Venezuela; que Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro, va a cooperar con él; que van a reformar la ley de hidrocarburos…
—Es absurdo. Yo, que hace años sé la clase de gente que son los que están en el poder, estoy confundida. Sobre todo por el nivel de desfachatez. Perdieron la capacidad de armar una narrativa para al menos quedar bien parados ante el pueblo. Es como si se quitaron la careta.
“¿Sabes lo único que me alegra?”, pregunta.
Y ella misma se responde:
—Que están saliendo los presos políticos. Quizá, ojalá, ese sea uno de los cánceres que podamos sanar pronto.
“Ahí hubo un acuerdo”
El hijo de Piña Piña migró tan pronto se graduó de ingeniero ferroviario en una universidad pública. Vive en Italia como refugiado político. No puede volver a Venezuela, pero espera, en un futuro no muy lejano, reunirse con su esposa y su hija, quienes quedaron aquí.
—A él no le gustaba Maduro, y yo siempre he sido revolucionario —dice Piña Piña, un profesor jubilado de 72 años que ahora estudia fisioterapia. Así deja claro que entre ellos ha habido fricción por sus posturas políticas. La última vez que hablaron, de hecho, la conversación se tornó intensa.
—Antes de caer bajo el dominio de un gobierno de los Estados Unidos, prefiero batirme hasta la muerte. No estoy dispuesto. No estoy dispuesto porque es mi país —le dijo Piña Piña.
La madrugada del 3 de enero, el hijo llamó desde Europa, ansioso de saber si su gente en Caracas estaba a salvo. En realidad, Piña Piña tenía rato escuchando aviones y le había parecido extraño, pero no supo lo que pasaba hasta que su hijo le contó a su mamá y esta le informó a él. Lo lamentó. “Cuando las bombas caen, no discriminan entre chavistas u opositores. Sencillamente caen y matan, acaban con las personas”.

¿Cómo era posible que esto estuviera ocurriendo?, se preguntó.
Para él fue muy claro que alguien había traicionado a Maduro.
—Se lo dije a mi esposa: “Mami, aquí hubo un traidor”. Porque no puede ser que, si como dicen, Maduro tenía siete lugares donde dormir, ¿cómo dieron tan exacto con el sitio y cómo fue que todo ocurrió de esa manera?
¿Pero quién fue? ¿Cómo dieron con él?
Piña Piña no se atreve a pensar en alguien, no sabe cómo, pero insiste en su punto:
—Creo que se hicieron algunos acuerdos. En la historia siempre van a existir traidores. Y eso no es de ahora. A Maduro prácticamente lo vendieron, lo entregaron. Su captura es como un trofeo para Donald Trump. La gente no entiende el mensaje de ese bombardeo. Es triste, es triste. Yo digo que allí hubo un acuerdo.
No cree que con Delcy Rodríguez, encargada de la presidencia, la soberanía esté en riesgo:
—Tengo fe en esta señora vicepresidenta, ella va a lograr un buen trayecto de independencia, y no de dependencia de los Estados Unidos. Porque Donald Trump en este momento es un líder que está en bancarrota. Es prepotente, es narciso. Y eso me enorgullece y me hace sentir tranquilo con mi conciencia fresca de que mis ideales nunca los cambié.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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