Durante seis años, entre 1888 y 1894, Cartagena dejó de ser una ciudad portuaria para convertirse en el lugar desde donde se gobernaba el país. Mientras Bogotá conservaba el título de capital de la República, las decisiones del presidente Rafael Núñez eran tomadas en una casa de madera rodeada de jardines, frente al mar Caribe, en el barrio El Cabrero.
Allí no solo estaba instalado el jefe de Estado, sino también Soledad Román, la mujer que cambió su vida y por la que Núñez decidió permanecer en Cartagena, aunque le significaba ejercer el poder a más de mil kilómetros de la sede oficial del Gobierno.
La explicación tradicional ha señalado que los problemas de salud le impedían soportar el frío clima bogotano. Eso también era cierto. Desde finales de la década de 1880, sufría frecuentes quebrantos físicos y sus médicos le habían insistido en permanecer en el clima cálido de Cartagena.
Sin embargo, esa razón médica fortalecía otra mucho más personal: no quería alejarse de Soledad Román, la mujer que se había convertido en su amor, su compañera y, además, principal apoyo político.
Permanecer en Cartagena significaba para él conservar la estabilidad personal sin renunciar al ejercicio del poder. El telégrafo, una de las grandes innovaciones tecnológicas del siglo XIX, hizo posible esa fórmula inédita. Los mensajes viajaban entre Bogotá y Cartagena en cuestión de horas, permitiendo que ministros, gobernadores y altos funcionarios consultaran permanentemente al presidente.
El mandatario que describió Nicolás del Castillo Mathieu —uno de sus principales biógrafos— como un hombre de buena presencia que explicaba el éxito con las mujeres, era el anfitrión elegante, refinado y culto de quienes llegaban por barco al puerto de Cartagena o descendían del vapor que remontaba el río Magdalena, con destino obligado: la casa de El Cabrero.
Allí, Núñez continuaba despachando los asuntos de Estado acompañado por Soledad Román, cariñosamente llamada “misiá Sola” por lo cartageneros. Años antes, en 1885, Núñez había pronunciado la frase que marcaría la historia política colombiana: «Regeneración o catástrofe«.
De ese modo, defendía la necesidad de desmontar el federalismo de la Constitución de Rionegro de 1863, fortalecer el poder central, restablecer la alianza con la Iglesia Católica y construir un Estado fuerte que pusiera fin a las guerras civiles. La catástrofe era continuar con las confrontaciones, la fragmentación política y la inestabilidad que, según Núñez, había provocado el federalismo radical.
La victoria del Gobierno sobre la rebelión liberal abrió el camino para la Constitución de 1886, redactada en una constituyente por Miguel Antonio Caro y promulgada en Bogotá. Sin embargo, sería Cartagena el lugar donde ese nuevo modelo de Estado terminaría consolidándose durante los años siguientes.
Desde allí, Núñez dirigió la aplicación de la nueva Carta del 86, orientó las principales reformas administrativas y mantuvo el liderazgo del proyecto regenerador.
La mujer del presidente
En esa historia no es posible separar la figura de Soledad Román de las decisiones de Rafael Núñez. Perteneciente a una de las familias más influyentes de Cartagena, desafió los prejuicios de su tiempo para construir una relación con el presidente.
El romance generó enormes controversias porque Núñez seguía unido civilmente a Dolores Gallego, una mujer de extraordinaria belleza con quien se había casado en Panamá, en 1861. Durante años, la relación fue blanco de críticas políticas y religiosas hasta que la reconciliación entre el Estado colombiano y la Iglesia, impulsada precisamente por la Regeneración, permitió regularizar el matrimonio mediante una ceremonia católica.
Los cartageneros conocían bien a misiá Sola, que era hija del farmacéutico español Manuel Román Picón, fundador de la célebre Botica Román, y de Rafaela Polanco. Fue la mayor de una familia numerosa y, tras la muerte de su madre, asumió buena parte de la educación de sus hermanos.
Entre ellos, estaba Henrique Luis Román, un importante empresario y dirigente cívico de Cartagena, impulsor de obras de modernización como el acueducto, la energía eléctrica y el hoy conocido Puente Román.
En la ciudad también reconocían su enorme influencia. Historiadores coinciden en que mantenía comunicación permanente con ministros, parlamentarios, obispos y dirigentes conservadores, convirtiéndose en una interlocutora constante entre el Presidente y quienes acudían a s casa para discutir asuntos de Estado.
Sus detractores sostenían que participaba incluso en nombramientos y decisiones administrativas. La prensa liberal llegó a bautizarla como la «Presidenta» o la «Vicepresidenta» de Colombia, reflejando tanto el peso político que le atribuían como la polarización que caracterizó aquellos años.
Gobernar desde el amor
Más allá de las exageraciones de sus opositores, lo cierto es que Soledad Román fue una figura decisiva en la vida de Núñez. Su influencia no solo se manifestó en el ámbito político, sino que también fue una de las razones de la mayor paradoja de quien fue elegido en cuatro oportunidades como presidente: fue el hombre que diseñó el Estado más centralista de la historia republicana y terminó gobernándolo desde la periferia.
Esa aparente contradicción demuestra que el verdadero poder de Núñez no dependía del lugar donde se encontrara físicamente, sino de la autoridad política que había construido tras derrotar militarmente a los sectores radicales del liberalismo e impulsar la Regeneración, junto con dirigentes conservadores como Miguel Antonio Caro, redactor de la Constitución del 86.
Mientras Caro asumía cada vez mayores responsabilidades en Bogotá, especialmente durante el último período presidencial iniciado en 1892, Núñez conservaba la autoridad política desde Cartagena. Las grandes decisiones seguían consultándose telegráficamente, mientras el Vicepresidente administraba el funcionamiento cotidiano del Ejecutivo.
Aquella fórmula permitió preservar la estabilidad institucional, pero también dejó una enseñanza poco común en la historia política colombiana: el amor también puede modificar la geografía del poder.
La salud explicó parte de la permanencia de Núñez en Cartagena. Su vínculo inseparable con Soledad Román terminó de convertir a El Cabrero en la verdadera residencia presidencial de una época en la que Colombia realizó una de las transformaciones políticas más profundas de su historia.
PS: Soledad Román es la tía abuela de Raimundo Emiliani Román, autor de la ley que trasladó las fiestas a los lunes creando los Puentes Emlliani.
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