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El Estado Jardinero: Construyendo un Futuro Resiliente para Venezuela tras el 24J de 2026

Desde hace mucho tiempo sentí la necesidá de contar con un lente doctrinario para estudiar y analisar los fenómenos políticos, económicos y sociales. Las respuestas que buscaba, y todavía busco, debían tener un claro marco concepctual y un sistema de valores y principios predefinidos, los cuales estuviesen en sintonía con los que había desarrollado a lo largo de mi vida. Ese lente escogido es el ordoliberalismo. En este artículo me planteo el ejercicio de cómo un Estado ordoliberal hubiese hecho frente a la tragedia que nos tocó vivir el 24 de junio de 2026.

El doblete sísmico dejó expuesta la realidad del Estado venezolano. Los venezolanos trágicamente corroboramos que la función del que tenemos es controlar, expoliar, oprimir y reprimir. Se deja al bienestar y a la dignidad del ciudadano como algo accesorio, una disfuncionalidad que se vuelve mucho más destructiva en tiempos de desastres naturales. Nuestra relación con el Estado venezolano actual es un contrato social roto.

El colapso rentista

El arreglo institucional venezolano lleva décadas mandando un mensaje inequívoco: no era el adecuado, ni antes, ni ahora, ni lo será sin tener cambios profundos. Un Estado sano y funcional depende de los impuestos que pagan los ciudadanos, y por tanto, también rinde cuentas. El Estado venezolano, al contar con los ingresos directos producto de la renta petrolera, no considera al ciudadano como el objetivo de sus políticas. El ciudadano pasa a ser, en un primer momento, un cliente al que hay que complacer para obtener su respaldo al sistema, o en una versión más deformada, pasa a ser un elemento que desestabiliza al sistema extractivo, una vez este se da cuenta de la inutilidad de las instancias del Estado.

Franz Böhm y Walter Eucken, pensadores fundamentales de la corriente ordoliberal, caracterizaron esa ausencia de correspondencia fiscal entre el Estado y sus ciudadanos, y cómo el primero se transformaba en un ente opresor, sordo a la rendición de cuentas, concentrando todo el control del poder político y económico en muy pocas manos (Vermachtung). Por otro lado, este diseño institucional está lejos de premiar la productividad, el esfuerzo o el talento, por el contrario, premia la lealtad al sistema y la anulación del individuo-ciudadano.

Eucken también desarrolló el término Ordnungspolitik (política de orden), en el que concebía al Estado como uno fuerte, pero no bajo una figura interventora, controladora y coercitiva (Prozesspolitik), sino para establecer y hacer cumplir un marco jurídico e institucional que garantice la libre competencia, evite la concentración de poder económico y político, garantice los derechos de propiedad y proporcione los bienes públicos esenciales que los actores privados no pueden generar de manera eficiente por sí solos, y en el caso de una tragedia como la nuestra, esa provisión de bienes públicos, esas funciones de Estado descritas, eran mucho más esenciales.

El Estado disfuncional, controlador e ineficaz mostró su peor cara en los terremotos del 24J de 2026. Todo ello con un gran ausente: la asignación de responsabilidades tanto en la fase previa, como durante y después de los eventos.

La respuesta ideal

Según los principios de la Ordnungspolitik, el Estado, ante una emergencia natural como la que tuvimos, hubiese asumido un rol de árbitro imparcial, y al mismo tiempo hubiese tomado para sí la provisión de bienes públicos de gran escala y la macro-logística. Esta respuesta tendría que haber sido inmediata, y siguiendo manuales y protocolos previamente trabajados y elaborados. También la aplicación de esas acciones de emergencia tendría que haberse coordinado a través de una institución exclusivamente dedicada a la minimisación de los daños, humanos y materiales, por desastres naturales.

En una respuesta ideal, el esfuerzo central debió enfocarse en la remoción de macro-obstáculos físicos y legales. El Estado debió actuar como un facilitador, abriendo y promoviendo el protagonismo civil en lugar de militarizar y controlar la entrega de ayuda médica y de salvamento. Su deber era ayudar y coordinar la ayuda internacional y la interna, no entorpecerla.

Lamentablemente, la vocación centralizadora del régimen generó cuellos de botella en sitios como el Poliedro de Caracas o en diversas alcabalas. El rol principal debió ser ayudar, coordinar y facilitar la primera línea de rescate que nació como iniciativa local, para que trabajaran conjuntamente con los rescatistas, con la Cruz Roja y otras agencias internacionales, con cuerpos de bomberos locales y de otras zonas del país, y con otros cuerpos de seguridad, para el rescate del mayor número de personas durante las primeras 72 horas.

Algo similar debió ocurrir con todo lo relacionado con los centros de acopio, maquinarias, información de víctimas y heridos. En muchos casos, los centros de acopio no oficiales fueron acechados y hasta confiscados, el envío de maquinarias tanto públicas y privadas fue deficiente y muy tardía, y las cifras oficiales lucen rezagadas e incompletas.

La ruta a seguir

El Estado venezolano, tal y como está planteado, es inviable. No estuvo ni está diseñado para lidiar con los problemas cotidianos de la sociedad, ni para facilitar su florecimiento, sino para todo lo contrario. Su diseño es para controlarlo, y dejarlo a su suerte a la hora de eventos naturales. Es un Estado para oprimir, no para apoyar y salvaguardar.

La reconstrucción de La Guaira y de Venezuela como nación, no puede reducirse a una simple restauración de columnas, vigas o paredes, debe ser una refundación institucional, que además de considerar la inviabilidad actual, también tome en cuenta que somos un país petrolero, con todo lo que ello implica. La transición hacia un Estado viable, pasa por abandonar definitivamente nuestra condición de Estado rentista, opresor, controlador y extractor que hoy tenemos. Es imperioso que vayamos de un arreglo tipo Prozesspolitik (esa intervención caprichosa que militariza la tragedia, confisca la ayuda y ve al ciudadano como un súbdito o un obstáculo) por una verdadera y funcional Ordnungspolitik. El liderazgo político que lleve adelante esos cambios debe reconocer que la sociedad venezolana no es una red clientelar que se manda o manipula a discreción, sino un grupo de ciudadanos que necesita libertad para sanar, para desarrollarse como ser humano, para vivir con dignidad.

Aquí es donde cobra valor trabajar con la figura del “Estado jardinero” del desarrollo teórico del ordoliberalismo (no a la que utilizaron Friedrich Hayek o Zygmunt Bauman). Bajo este concepto, el Estado fuerte no es el que pretende sustituir a la sociedad civil o a la iniciativa privada, sino el que asume el rol de cultivar y proteger “el jardín” para que la sociedad misma pueda florecer. El Estado jardinero abona el terreno y quita el monte de los obstáculos burocráticos, dejando que cada flor crezca como ella desee.

Del mismo modo, el jardinero debe ser muy estricto en la asignación de responsabilidades por parte de los actores del país. Debemos reformular la normativa actual, y las instituciones que la hacen cumplir, para no permitir en las décadas futuras que la negligencia en construcción siga cobrando vidas. En un Estado sano, este no construye viviendas de dudosa calidad para el reparto clientelar, su deber es diseñar, imponer y fiscalizar los debidos códigos de sismorresistencia e ingeniería de primer nivel, obligando así a los constructores, privados y públicos, a asumir civil, penal y financieramente el riesgo de las obras que ejecuten.

La tragedia del 24J de 2026 dejó al descubierto nuestro contrato social roto por un arreglo institucional inadecuado, lleno de incentivos perversos, que llevaron a nuestro país a la destrucción de las capacidades funcionales del Estado. Las graves consecuencias de ese proceso destructor deben transformarse en energía y lecciones para transitar hacia la concepción e implementación de ese Estado jardinero que sea lo suficientemente fuerte para dar paso a un orden justo, subsidiario y responsable, y que propicie que la ciudadanía sea la fuerza motriz del florecimiento y la reconstrucción.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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