El triunvirato del chavismo que usurpa la Presidencia de la República ha demostrado que no tiene las competencias necesarias para conducir la reconstrucción de un país que destruyeron mucho antes de los terremotos del pasado 24 de junio. La emergencia humanitaria compleja que sufrimos desde hace más de diez años fue una decisión política ejecutada por Nicolás Maduro y Cilia Flores junto a las personas que pactaron para luego traicionarlos y quedarse al mando. Ese grupo político ha surfeado de la captura a la catástrofe, dejando en evidencia las consecuencias de mantener un Estado desmantelado, la corrupción como elemento cohesionador del poder, unas Fuerzas Armadas tan corruptas como inútiles, y el uso de recursos públicos para crear un aparato represivo y un sistema de propaganda que no sirven para la vida de ningún ciudadano: todas las armas y sistemas que tienen la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim), el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y los colectivos, se traducen en menos ambulancias, camiones de bomberos, camillas, sismógrafos y un largo etcétera de elementos que pudieron ayudar en esta tragedia.
Cuando afirmo que el triunvirato de Jorge y Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello está constituido por personas con psicopatía, los describo. Todos los días después de los terremotos, el sistema de propaganda del chavismo ha emitido cuñas de muy baja calidad, a pesar de los equipos sofisticados para la puesta en escena y las grabaciones. Cada pieza emitida resume qué le pasa a un grupo incapaz de planificar, pensar con prospectiva, optimizar los recursos de los que dispone, obrar con transparencia y proyectar el impacto de sus decisiones. Estas semanas nos han legado otras rudas lecciones de lo que ocurre con personas tan acostumbradas a su impunidad que privilegian la gestión de material POP (medallas, gigantografías, vallas, cuñas, franelas), antes que proveer a la ciudadanía de la información necesaria que les permita darle dimensión a esta catástrofe, y con base en eso hacer planes y trazar el tiempo que tomará la recuperación. Es un vacío de contenido útil con tal de mantener el status quo de una dictadura tan cruel como incapaz.
“Los miserables quedarán enterrados en su perversidad, en su indolencia, en no tener misericordia para aquel que lo necesita, mientras que ustedes estarán en el altar de la historia sembrando un nuevo nombre y sembrando una nueva conducta recta”, dijo Delcy Eloína en un show para fingir apoyo a las FF.AA. Estaba improvisando en sus palabras una agresión contra la mayoría de los venezolanos, porque somos conscientes de que son responsables en las políticas públicas que nos trajeron a este nivel de miseria e indefensión.
Mientras en el estado Vargas miles de venezolanos permanecen enterrados bajo los escombros, y familiares, vecinos y voluntarios se han ido acostumbrando al olor de la descomposición con tal de poder rescatar sus cadáveres para sepultarlos con dignidad, la dictadora de facto luce franelas nuevas con el logo y el nombre de una misión sin planes ni presupuestos, Venezuela Renace, y demuestra su obsesión por la propaganda ante un país que permanece en la incertidumbre, aguantando en igual proporción cortes del servicio eléctrico, del agua y de la tranquilidad con réplicas sísmicas que no dejan de recordarnos la intensidad de los terremotos consecutivos.
Jorge Rodríguez es poder, pero no por presidir una Asamblea Nacional sin legitimidad e inútil en esta coyuntura. Ahora es básicamente el vocero de la catástrofe, no el ministro de comunicación, no una autoridad para la emergencia, no una persona creíble. Centra la atención en él, mientras que a su hermana le ha dejado el rol de parecer ‘la salvadora’. Juegan a la dualidad indefinida como el Barón Ashler, en Mazinger Z.
Ambos tienen que cumplir las órdenes de sus tutores en la administración Trump, que incluyen la lectura de partes diarios con cifras que nadie puede verificar, gestionar algunas declaraciones a la prensa extranjera, tratar de editorializar la realidad (que por la emergencia ha sido narrada más allá de su absurda propaganda), y prometer soluciones sin planes ni transparensia. Los testimonios de los equipos de rescate y de la prensa extranjera coinciden en tres puntos clave: la absoluta falta de coordinación y gerencia para atender esta catástrofe, el rol represivo de los funcionarios armados (civiles y militares), y las muchas vulnerabilidades acumuladas en los ciudadanos, esos que aprovechan ahora los hospitales móviles para atender condiciones imposibles de evaluar por años en nuestro mermado sistema hospitalario. El desastre no fue natural, sino político.
Preservemos la propaganda emitida por el chavismo durante estos días. Los funcionarios que desaparecieron por 48 horas, de pronto aparecen disfrazados con franelas, chalecos y cascos nuevos, sin tierra; los ministros se graban señalando alguna obra en la que fingen revisiones; el Ministro de Transporte intenta usar un cincel contra una columna, salvo que por ser ficción, usó el martillo al revés. Eso puede pasarle a cualquiera, pero que no hayan repetido la toma o editado ese trozo, también prueba la dimensión de la impunidad: al chavismo no le importa que la ciudadanía no les crea, más bien entienden las denuncias de sus errores como un logro para su difusión.
Preservemos que el sistema de propaganda chavista intenta vender en sus redes las hazañas en Vargas, para no presentar la devastación, no lidiar con los videos del lanzamiento de escombros al mar, ni con las denuncias de las pésimas condiciones de los refugios temporales. Por ejemplo, una información tan sencilla como ubicar los presuntos 92 refugios con el nombre y la dirección de cada uno, aún no está disponible en ninguna página oficial. Tampoco los nombres de los deportados que mantenían presos en un hotel que se derrumbó. Sus mentiras hay que guardarlas junto a las imágenes grabadas por los reporteros nacionales independientes y de otros países, que han permitido develar cada engaño.
La ONG Transparencia Venezuela ha propuesto y operativizado una plataforma para la contraloría de la ayuda humanitaria internacional, Ruta de la Ayuda, de manera que la administración de insumos y recursos financieros esté separada de su escrutinio futuro. El chavismo y sus aliados quieren más cargos ficticios, centralizar todos los fondos sin informar sobre su administración, y quieren que además les descongelen fondos retenidos por su corrupción o que les levanten sanciones a pesar de seguir siendo una dictadura sin legitimidad de origen. Usan el terremoto para seguir considerando que el país es una piñata de la que pueden sacar recursos.
Sus aliados intentan convencernos de la hipótesis de que ahora mismo se sienten “guapos y apoyados”, pero en la práctica son los cachorros del imperio, un imperio que produce contenido sobre las muchas esferas que han atendido estos días, incluyendo a militares venezolanos cargando cajas de ayuda con la bandera de 50 estrellas. Es lamentable que la oficina humanitaria de la ONU en Caracas entienda en esta contingencia una oportunidad para capturar renta para su enorme estructura burocrática. La misma gente que ha hecho tan poco por los venezolanos a pesar de ser conscientes de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el chavismo, ahora suspira por la dimensión que la catástrofe ofrece para su permanencia en el país.
Hagamos que la acción pública frente a la catástrofe nos acerque al modelo de gerencia que necesitamos para reconstruir nuestro país, sanando en simultáneo las muchas heridas de todas las emergencias que nos han impuesto por 27 años a fuerza de desinstitucionalización, autoritarismo, represión, corrupción y un empeño por repetir políticas públicas que solo han generado más pobreza. No vamos a normalizar a esta dictadura de facto. Sus acciones ante la catástrofe han ratificado que no pueden conducir la reconstrucción, el chavismo es incapaz de generar bienestar a la población. Del otro lado está la gente, convirtiendo su dolor y su incertidumbre en energía para ayudar con lo que puede, es una ayuda que vamos a necesitar por mucho tiempo, y por eso es mejor distribuirla, para que sea rentable, para que la desesperación no nos gane. Para reconstruir hay que reinstitucionalizar. Tenemos que poder. Sigamos.
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