Trataré de escribir sin que me tiemblen las manos. Hay un silencio extraño en Caracas esta mañana. Es como si todos estuviésemos esperando lo peor. Por eso decido escribir esto tan rapido como pueda. Desde ayer soy una grieta andante y no quiero derrumbarme.
A las 6:00 pm del 24 de junio encendí el televisor de la sala. Me acompañaban mis padres y mis tíos. La idea era ver la transmisión del Mundial de fútbol. El olor al café y a las cotufas recién hechas acompañaba la escena. De pronto, una alarma atípica llegó a mi celular. Era una notificación de terremoto, con letras blancas sobre un fondo rojo de alerta. Dos segundos más tarde, toda la casa empezó a tambalearse. Eran las 6:04 pm.
—¡Está temblando! —gritó mi mamá.
No dio chance de correr. Nos refugiamos en la cocina, donde hay duras columnas de concreto. Vi la cara de mi papá al escuchar el estruendo de los techos del barrio. Afuera, los gritos de los vecinos eran de pánico. En ese momento supe que estábamos cerca de la muerte. Mi mente me dibujó la casa cayendo sobre nosotros. El miedo se apoderó de mí. Pensé en mi hija, que no estaba conmigo.
Por la ventana distinguí nubes de polvo amarillo elevándose sobre El Silencio, El Paraíso y La Vega. ¿Eran edificios que acababan de caer? ¿Eran casas derrumbándose? No podía ser cierto. Imaginé que era mi propio terror proyectando aquello. Mientras tanto, el terremoto prosiguió castigándonos con todo el poder de una criatura indomable.
—¿No va a terminar esto, Dios? —soltó mi papá.
La casa rebotaba de un sitio a otro. Mis tíos se agacharon y nos abrazamos. En ese preciso instante, la memoria me devolvió los episodios en los que los fenómenos naturales y el miedo se han cruzado en nuestra historia. Al temblar, supe que yo encarnaba ese terror no tan lejano. ¿Sobreviviría para contarlo?
Cuando la tierra se detuvo, mi mamá dijo que aquello había sido una eternidad. Todos salimos a la calle principal del barrio para prevenir cualquier réplica. Los vecinos comentaban la magnitud del cataclismo. Vi el terror en los rostros de la gente. Varias señoras elevaban plegarias a Dios, arrodilladas sobre el asfalto. Algo había sucedido en todos nosotros. Algo tan grande que no podíamos medir en ese instante.
Luego mi hermano me llamó desde Alemania. Se había enterado del terremoto y, preocupado, me preguntó cómo estábamos. Le dije que habíamos sobrevivido, que la casa y el barrio estaban bien.
—Hermano, La Guaira está mal. Todo se vino abajo —me soltó con angustia.
Han pasado apenas dos días desde el doble terremoto de 7.2 y 7.5 que sacudió al país y aún no salgo del shock. Un amigo que está en Lima me invitó a reflexionar sobre el miedo colectivo que experimenta hoy el venezolano, alejándome de lo que suelo estudiar desde hace años: el protagonismo del miedo y el temor en la sociedad colonial o durante la guerra de Independencia.
Debo confesar que no esperaba terminar convirtiéndome en mi propio sujeto de estudio, dejando de lado por un momento los archivos y las fuentes historiográficas. Es un camino complejo. Intento descifrar mi propio miedo mientras trato de procesar la devastación social que arrastramos, al menos, desde 1999. Es decir, una ruina que se suma a crisis políticas y existenciales de todo tipo. ¿Cómo se vive bajo semejante asedio, tras décadas marcadas por el hambre, el éxodo y la persecución? Quizás entender las emociones de nuestros antepasados nos ayude a comprender nuestra propia fragilidad actual.
Ese agotamiento profundo que se advierte en el rostro de los venezolanos tiene un nombre: el miedo. Lo ocurrido hace unas horas nos recordó, de manera cruda, cuán frágil es la existencia humana frente a las fuerzas de la naturaleza. Nuestro proceso histórico ha sido particularmente crítico y, como sostiene Rogelio Altez, se ha desarrollado sobre una estructura de vulnerabilidad histórica y material. En ese contexto, el miedo se enlaza con la vulnerabilidad, el riesgo, la inseguridad y la amenaza, formando un escenario en el que lo emocional adquiere un peso decisivo.
¿Cómo enfrenta el ciudadano un sismo en un contexto tan desolador? Han pasado apenas seis meses desde que la intervención estadounidense en Fuerte Tiuna sacó a Nicolás Maduro sin resistencia alguna, y ya la tierra nos recuerda otra vez nuestra debilidad institucional, social y material. Parece ser la constante de nuestra historia: vernos expuestos, de repente y sin defensas, a amenazas que nos sobrepasan.
Yo me siento a la deriva; tal vez sea el caso de la mayoría. Este terremoto ha sido la sacudida final para terminar de quebrar una identidad que ya estaba fragmentada. Lo vi hoy en las calles del oeste de la ciudad. La gente está somentida a un asedio brutal. Y así seguimos.
No dudo de que hayamos superado momentos atroces en el pasado y reconozco la fuerza que aún nos queda. Sin embargo, como investigador del miedo colectivo, tengo la obligación de mirar tanto la oscuridad como la esperanza. El problema es que hoy, cuando me preguntan si alcanzo a ver una luz al final del túnel, la respuesta me resulta difícil y, sobre todo, profundamente incómoda.
Esta tarde, de camino a casa, pasé frente a la iglesia de La Coromoto, en El Paraíso. Un cordón amarillo bloqueaba el paso hacia la entrada principal y los restos de escombros aún cubrían el suelo. La imponente cúpula central muestra los daños del sismo. Sus vitrales están resquebrajados. A escasos cincuenta metros, un edificio se desplomó por completo, dejando fallecidos y heridos. En toda la cuadra, las fachadas de las residencias dan cuenta del sismo.
Al notar que las personas se congregaban en el estacionamiento de la iglesia, entré en silencio, con la cabeza gacha, y me ubiqué a un costado. Los fieles entonaban cánticos acompañados de guitarra y pandereta. Calculé unas trescientas personas reunidas allí. Sin sillas ni butacas. Cada asistente parecía enfrentarse a su propia soledad bajo el cielo crepuscular de Caracas.
A mi lado, una señora rompió en llanto y, poco después, otra hizo lo mismo. Se arrodillaron y comenzaron a clamar a Dios, elevando sus velas hacia el cielo. Bajo ese desamparo se percibía el miedo, el verdadero e indudable protagonista desde el 24 de junio.
La voz del sacerdote, cargada de una tristeza indescriptible, rezaba el Padre Nuestro:
—Ten piedad, Señor, por el pueblo venezolano. Piedad para nuestros hermanos y para nuestra nación.
Nos instó a entregarnos a la voluntad del Señor, enfatizando que no existe la soledad para quien está con Él.
Al mirar al cielo sentí el corazón arrugado. El miedo te obliga a evaluar lo infinito, lo fugaz y lo sagrado. Me pregunté si no era esta la misma reacción de mis antepasados en la Colonia: buscar en las alturas la seguridad necesaria para contener el trauma social generado por la naturaleza. En un instante de empatía comprendí que las creencias de aquel pasado —no tan remoto— latían con fuerza en este dolor compartido. Es la memoria colectiva la que vuelve contemporáneos los grandes padecimientos.
El sacerdote cerró la misa, una escena que evocaba las liturgias improvisadas entre las ruinas y los cadáveres tras el terremoto del 26 de marzo de 1812. Comprendí entonces que el temor a Dios no solo tiene un carácter moral o religioso, sino que complementa nuestra naturaleza como sujetos racionales y emocionales.
Ya sea por fe en Dios o en otros credos, el miedo pierde fuerza cuando se comparte y se acepta. Al menos eso sentí allí, junto a aquellas personas. Me sentí un hermano más, buscando refugio. Al dividir la carga y asumirla colectivamente, la angustia y la culpa que nos atormentan terminan por disiparse, al menos un poco. Sin las amenazas o reproches de antaño hacia el pueblo «pecador», el sacerdote concluyó la misa y todos nos fundimos en un abrazo. La existencia, a pesar del temor, prosigue y se abre paso.
Me cuesta estar de pie. Luego del terremoto, doy traspiés. Sufro una desorientación que refleja las edificaciones caídas y aquellas que aún agonizan. De hecho, si estoy sentado o acostado, mi cuerpo tiembla. Yo mismo proyecto el brutal cataclismo que veo afuera. Lo individual y lo colectivo coinciden en mi propio cuerpo, en el tiempo y el espacio. Es un compás orquestal trágico que acerca el pasado y lo condensa en el presente. El miedo y el temor no saben del olvido.
Ya sea el alud, la sequía, la tormenta o el sismo, la naturaleza siempre aparece para quebrar nuestro orgullo civilizatorio. Es un patrón antiguo: tanto en la Colonia como en el violento siglo XIX, a la catástrofe física le sucedían siempre la culpa y el juicio moral. El señalamiento mutuo y el encono político postergan la madurez colectiva, condenándonos a una eterna reconstrucción entre los mismos escombros. El terremoto del 24 de junio no hizo más que encontrarnos atrapados en esa misma e histórica vulnerabilidad.
Robert Peckham, autor de Miedo. Una historia alternativa del mundo, afirma:
«…el miedo puede ser un catalizador para un cambio positivo. Este es el miedo que puede motivarnos e incentivarnos a actuar. Hoy en día, puede ayudarnos a centrarnos en los desafíos que enfrentamos. Si se quiere, es la fuerza que nos motiva a actuar con un propósito. Un miedo que nos prepare para los desafíos sin pasar por alto las posibilidades de cambio en el presente; un miedo que vea motivos para la esperanza, no para la desesperación, en la incertidumbre».
Continuará.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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