Que Stinkfish, uno de los grafiteros más importantes de Colombia, esté a medio día pintando la pared de un edificio olvidado y dos policías lo miren desprevenidamente mientras se comen una empanada, no es un hecho fortuito.
La vida de los grafiteros se partió en dos la madrugada en la que el patrullero Wilmer Alarcón, ahora prófugo de la justicia, le pegó dos tiros por la espalda al joven grafitero Diego Felipe Becerra el 19 de agosto de 2011.
El patrullero salió a toda velocidad en su motocicleta, consiguió un arma ilegal y la puso al lado del cadáver del joven que yacía tibio sobre el andén de la avenida Boyacá con calle 116. Alarcón intentó encubrir el asesinato asegurando que Diego Felipe estaba robando un bus con el arma que tenía junto a su cuerpo.
Jahir, el guía del tour, nos advierte que el mexicano Stinkfish no es amigo de los periodistas. Continuamos el recorrido. Tras el asesinato de Diego Becerra, los padres del joven y los más de 8 mil grafiteros de la ciudad se movilizaron en rechazo a lo sucedido y lograron la despenalización de pintar muros.
Por eso, ahora rayan las paredes sin miedo a que se los vayan a llevar para la Unidad Permanente de Justicia (UPJ) o que les vayan a disparar.
En 2016, la alcaldía de Enrique Peñalosa reconoció el grafiti como un medio para la democratización del espacio público. De la mano del reconocimiento nació Distrito Grafiti, una iniciativa que llenó de color el sector industrial de Puente Aranda con más de 100 murales pintados, a gran escala, por artistas locales e internacionales.
Al mismo tiempo, en el barrio de La Candelaria, la misma alcaldía de Peñalosa hablaba de restaurar 4.000 inmuebles, reparando las humedades, tapando las grietas y borrando los característicos grafitis del sector. Además, retiró los permisos para realizar nuevos murales, contradiciendo su iniciativa de democratización del espacio público.
Con su afanado español acentuado por el inglés -su idioma natál-, Jahir cuenta que solo lograron borrar 15 grafitis. Una perdida no menor, pero que pudo ser mucho peor. Los vecinos del sector también se opusieron a las medidas de blanqueamiento de sus paredes, pues algunos murales, como el de la chamana en el tradicional Chorro de Quevedo, se ha convertido en uno de los mayores atractivos turísticos para los visitantes nacionales y extranjeros, que son quienes mueven, en mayor medida, la economía del sector.
Pues, se estima que Bogotá recibe anualmente alrededor de 1,9 millones de turistas extranjeros. De estos viajeros, el 56 % declara que su principal motivación para visitar la ciudad es el arte urbano de La Candelaria, una galería de arte a cielo abierto.
A un paso tan apurado como sus mismas palabras, Jahir conduce el recorrido hasta el muro que está a espaldas del edificio de la Procuraduría. El guía cuenta con orgullo que ese mural fue uno de los que realizaron con la Comisión de la Verdad.
Con esmero, se detiene a contar cada uno de los detalles, que poco a poco van develando la lucha de los lideres sociales y contextualizando a las dos mujeres españolas presentes, que se enteraron de la violencia en Colombia y las luchas campesinas a través de esos brochazos. Mostrando que los grafitis, cada vez más coloridos y sofisticados, se han convertido en una atracción turística poderosa.
Poco a poco, al empezar a subir en sentido contrario a la carrera 4, las miradas se van deteniendo en los rayones, las firmas que únicamente entiende su autor y las declaraciones de amor: ‘Te amo John’.
Jahir hace la precisión: “Eso no es grafiti. Son solo rayones. Pero esa fue la escuela de los grandes artistas”. Antes de cruzar la calle 19, sorprendimos a ‘Beek’, un respetado grafitero de la zona, pintando sobre las latas que protegen la fachada del edificio en construcción.
Ese edificio, cuenta Jahir, fue pintado miles de veces. En esa esquina, cayó Dilan Cruz, cuando lo alcanzó la bala disparada por el capitán Manuel Cubillos. Cada vez que pintaban el nombre del joven asesinado en la fachada del edificio, lo tapaban.
“¿Qué intentan esconder?”, se preguntaba la hermana de Cruz. La disputa por la pared se solucionó solo cuando tumbaron la estructura.
Al cruzar la calle 19 en sentido sur – norte, escondido se encuentra el pequeño monumento a Dilan Cruz. Es una lápida destruida, posiblemente, por los mismos que taparon su nombre pintado en el edificio. El tallo de un árbol muerto que fue testigo del tragico suceso, se niega a caerse. Al lado, hay un puesto que dice comprar y vender las láminas de todos los albumes de los Mundiales.
Aunque la costumbre de rayar las paredes se remonta a épocas milenarias, como lo muestran las cuevas de Chiribiquete, el grafiti tuvo su gran auge entre las comunidades afroamericanas de Norte América en los años 70 y 80. Allí, fue usado como un mecanismo de resistencia y expresión ante las problemáticas socioeconómicas que se vivían.
Poco a poco, el fenómeno de las letras grandes, con estilos llamativos hechos con aerosol, se fue regando por toda Latinoamérica. Con el paso de los años y las pintadas, se volvió el estilo de vida de muchos que no temen arriesgar sus vidas para poner sus firmas en lugares donde ningún otro llegaría.
Tal es el caso de Inkdoor y Soul, dos atrevidos grafiteros que no desaprovecharon la oportunidad de estampar sus firmas en la terraza del edificio Bacatá, el más alto de Colombia (67 pisos y 216 metros de altura), sin ningún tipo protección y, obviamente, sin ningún permiso legal. De ese modo, se ganaron el reconocimiento y el respeto de toda la escena grafitera global con el grafiti más alto de Latinoamérica.
“El grafiti es una pasión de miles de personas en el mundo” dice Jahir, justificando la temeraria actuación de los artistas.
También hay otras hazañas menos arriesgadas, como es el caso de Stinkfish, quien es el único grafitero de Colombia que hizo una alianza con la costosa firma italiana Prada, para hacer un único y exclusivo vestido con su firma estampada. firmado por el grafitero.
Sobre el puente de la Carrera 5 con Calle 26, de cara a la firma de Soul en el Bacatá, Jahir cierra el recorrido mostrando que Bogotá es la única ciudad del mundo que tuvo una maratón de grafiti en la que participaron más de 300 artistas pagos por la Alcaldía. Allí, le pusieron color a los muros grises de la 26.
Además, la ciudad se consolida como uno de los epicentros de arte urbano a nivel mundial, ocupando constantemente el séptimo lugar en rankings mundiales especializados como el de Bombing Science, por encima de ciudades Berlín o Nueva York, la cuna de los grafiteros.
Sin embargo, aunque esta ciudad parezca una selva de cemento pintoreteada a la que ya no le cabe un rayón más, los artistas seguirán encontrando alguna pared en la que aún no haya corrido pintura de las latas de aerosol.
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