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Joseph Nieto: Superviviente del Terremoto en La Guaira que Enfrenta el Trauma y la Pérdida

Joseth Nieto sobrevivió más de 15 horas atrapado entre los escombros de las residencias Belo Horizonte, en La Guaira. Tras ser rescatado, luego de salirse por un balcón, se unió a las labores para recuperar los cuerpos de su madre y su hermana. Ahora se imagina yéndose lejos mientras ayuda a localizar a más y más cuerpos en el edificio.

Fotografías: Roison Figuera y Víctor Amaya

Delgado y vivaz, Joseth Nieto aprovechó lo aprendido bajo los escombros para ayudar en los trabajos de recuperación de cuerpos en los edificios Belo Horizonte, en Playa Grande, severamente afectados por los terremotos del 24 de junio en La Guaira. Él vivía en la Torre A.

La imagen de su rescate se hizo viral: un hombre, sin implementos de protección, escaló hasta lo más alto de la estructura para ayudarlo a salir por un balcón. Abajo, el vacío. Habían pasado más de 12 horas desde los sismos, y la búsqueda por los demás cuerpos apenas comenzaba.

«El edificio primero se compactó y luego se partió», detalla al ver lo que quedó en pie. En total, cada torre tenía 16 pisos. Del 11 hacia arriba cayeron a un lado de la estructura, mientras que del sexto hasta el décimo piso las estructuras se compactaron. Por escaleras todavía se puede subir hasta la cuarta planta, y a la quinta se accede por la fosa del ascensor. De allí hacia arriba, solo excavando.

La Torre B se comportó igual.

«Yo estaba acostado en mi cuarto porque acababa de almorzar. Empezó a temblar y fue cuando me paré para buscar a mi hermana y a mi mamá. Les grité que se quedaran tranquilas, que iba a pasar, como todo. Y bueno, sin exagerar, en unos cinco o siete segundos ya tenía el edificio encima mío», relata.

El derrumbe lo confinó a un pequeño espacio dentro de su propio cuarto. «Me di cuenta porque pude prender la linterna del teléfono». A su alrededor, escombros, paredes, polvo y oscuridad. «Ahí estaba todo compactado, pared, techo. El techo estaba súper cerca de mí, no me podía ni agachar. Tenía que estar acostado».

Entonces empezó a escuchar gritos, llantos, llamados. Eran decenas de vecinos atrapados, como él. «Intenté usar el teléfono para llamar pero no había señal porque la antena de Digitel estaba en el techo del edificio y se cayó. Lo que intenté fue buscar algo que sonara, pero fue en vano porque desde aquí abajo no se oía nada», dice ahora que está a ras de tierra.

«Toda la noche se escucharon los gritos, la gente pidiendo ayuda, y luego las sirenas. Así pasaron horas, hasta que personas comenzaron a gritarnos que si los escuchábamos, que diéramos sonido. Pero a mí no me oían. Luego supe que los vecinos que estaban aquí abajo decían que no escuchaban nada», detalla Joseth.

Nieto se mantuvo hidratado porque donde quedó atrapado encontró un refresco, que tomó de a poco mientras oraba para que el techo no terminara de aplastarlo. «Lo tenía así muy cerca, cerca, cerca. No sé qué hizo que no cediera. En la noche se sentían las réplicas y más temblor, y lo único que pensaba era que no se me fuera a caer el techo encima».

Antes de salir de los escombros, Joseth tuvo una certeza: su mamá y su hermana habían muerto. Las ubicó porque el teléfono de la primera alertó que estaba sin señal, dando pistas de su ubicación. «Cuando pude quitar un poco los escombros ahí por encimita, las vi. Las toqué. Las llamé. No me respondieron. Volví a poner las mismas piedras pequeñas donde estaban».

Llegó la ayuda

Los primeros rescatistas que llegaron al Belo Horizonte eran «civiles normales que decidieron entrar a buscar y ayudar», incluyendo a los familiares de Joseth Nieto, como su padre, que llegaron poco después del desastre.

Habían pasado ya unas 15 horas cuando el muchacho de 20 años decidió que no podía esperar a ser encontrado. «Salí por mi propia voluntad, entre 9 y 10 de la mañana del día siguiente. Escarbé por mi propia cuenta. Llegué al balconcito que tenía mi cuarto y me puse a hacerle un hueco a un murito que tenía».

De tanto rasgar y rasgar logró una abertura, y asomarse al vacío. Abajo, familiares y vecinos esperando encontrar a los suyos. «Ahí fue cuando pude salir y pegué gritos. Todo el mundo miró para arriba y me decían que no me fuera a lanzar».

Entonces ocurrió el momento que fue captado en video: una persona, con un casco de usar con motocicleta, escaló hasta lo más alto que quedó de la estructura y lo ayudó a salir. Sin cuerdas. Sin equipos. Sin miedo.

El viernes en la mañana, 26 de junio, finalmente bomberos y Protección Civil comenzaron labores. Lo hicieron sin equipamiento, y por eso desde el primer momento en que pudo, Nieto no dejó de pedir donaciones «de cascos, guantes, herramientas para picar el escombro y las cabillas, alcohol, gasa, insumos médicos…».

Desde que salió de los escombros, y reencontrado con su padre, Joseth se dedicó a guiar a rescatistas aprovechando lo que sabe de la distribución interna de los apartamentos. También, para poder recuperar los cuerpos de su madre y su hermana. «Pero cada persona que sube dice que es imposible, que ha cedido más, que está más compactado», decía el sábado 11 de julio.

La fe le dio respuestas el miércoles 15 de julio, cuando finalmente fueron extraídos los cuerpos de las dos mujeres. Como creyente, Joseth agradece. «Yo le pedí mucho a Dios, porque yo no tenía esperanzas. Le dije que me ayudara, que me diera una oportunidad, una señal».

Desde el 24 de junio pasado, la vida de Joseth Nieto cambió. «A veces uno siente que todavía está temblando. No es fácil después de lo vivido estar en un edificio. A veces uno no duerme pensando que va a volver a temblar o que puede pasar lo mismo. Además, con la impotencia de ver a mis familiares y no poder sacarlos, y que ningún cuerpo de seguridad vino a ayudar. Es algo que pega. Más, porque ese día compartí con mi mamá y mi hermana hasta tarde. Me da impotensia».

Joseth ahora vive en Caracas, con su papá. «Nosotros tomamos la decisión de intentar cerrar el ciclo. Suena feo, y me disculpo, pero es algo que ya se nos escapa de las manos. Es un cansancio tanto físico como emocional. Y se siente feo».

El joven, cadete de la Escuela Náutica de Venezuela en la Universidad Marítima del Caribe, en La Guaira, ha drenado llorando, pero sintiéndose acompañado por su papá y otros familiares, como su abuela. «Poco a poco se va llevando, pelo a pelo, por así decirlo».

Entretanto, admite que ya no quiere estar en La Guaira, aunque sabe que deberá volver a ese territorio «para cerrar un ciclo, por mi carrera». Le faltan dos años para graduarse «y quiero terminar de hacerlo para irme».

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.


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rpoleoZeta

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