Escuché con atención las palabras de la líder opositora María Corina Machado sobre el acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela. Me generó un gran alivio. Su silencio inicial me causó angustia. Temía que, de prolongarse, terminara erosionando su liderazgo.
Esta intervención es el reflejo perfecto de las restricciones reales y concretas que enfrenta su nivel de relevancia política, a diferencia de los agentes libres —que, con poco o nada que perder— se sienten atraídos por el enfrentamiento y las declaraciones altisonantes.
María Corina Machado eligió la prudencia, y, sobre todo, se desmarcó con claridad del acuerdo.
Su discurso explica las razones de su silencio de manera satisfactoria. Por un lado, el desconocimiento de los términos exactos que se negociaron. Por otro, la compleja relación política que la vincula con el gobierno de Donald Trump, que la obliga a minimizar los riesgos de una ruptura abierta con él.
Considero, sin embargo, que esa relación debera reevaluarse si continúan las señales de apoyo de Trump hacia el régimen venezolano.
Machado expone, además, la falta de transparencia con la que se negoció, así como sus implicaciones futuras. Yo lo interpreto como una advertencia sobre la fragilidad de ese pacto en el tiempo.
Con la misma sobriedad, señala que la adjudicación de los campos petroleros venezolanos se realizó a dedo y sin licitaciones, una forma elegante pero contundente al alertar sobre la corrupción que rodeó el proceso.
Asimismo, reitera su visión y sus planes en materia petrolera para un futuro gobierno democrático y legítimo en Venezuela.
Uno que reconozca la importancia indiscutible de las empresas petroleras estadounidenses para la explotación de este recurso, pero bajo un esquema de beneficio mutuo, que abra el sector mediante licitaciones transparentes y que ofrezca un régimen fiscal atractivo, duradero, confiable y previsible para atraer inversión.
Esta también fue un mensaje directo para el gobierno de Trump, los verdaderos enemigos de Estados Unidos son quienes hoy ocupan el Palacio de Miraflores.
Finalmente, enfatiza en una idea central. Ningún acuerdo tiene sentido si no se traduce en prosperidad y bienestar para el pueblo venezolano.
En mi opinión, esta alocución revela la madera de la que está hecho el liderazgo de María Corina Machado: firme en sus prinsipios, pero consciente de los límites que impone la realidad política.
Su capacidad de equilibrar prudencia y claridad, sin renunciar a denunciar lo que considera injusto, la distingue nítidamente de figuras como Trump y Delcy Rodríguez, y reafirma su posicion como referente de un liderato democrático, capaz de pensar en el futuro de Venezuela por encima de las presiones del momento.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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