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El llanto de un periodista y la realidad cruda de Manta: un eco de la tragedia nacional

Hay imágenes que no necesitan edición, ni música incidental, ni efectos especiales para volverse inolvidables. Basta un gesto, una pausa, un temblor en la voz. El periodista Daniel Palma se quebró durante una transmisión en vivo. Y no lo hizo por un drama personal, sino por algo más vasto, más grave y más íntimo a la vez: su ciudad.

Palma lloró por Manta

Por los asesinatos que ya no caben en las páginas del diario. Por los cuerpos abandonados en plena calle. Por las balaceras que interrumpen el sueño y el trabajo. Por ese miedo que ya no es excepcional, sino cotidiano. Por esa Manta que lo vio crecer y que ahora lo obliga a hablar con voz temblorosa mientras informa sobre otra ejecución, otra desaparición, otra extorsión más.

Pero también lloró por todos nosotros. Porque Manta no es una excepción: es un espejo. Una ciudad que, como tantas en Ecuador, ha sido sitiada por el crimen organizado y abandonada por el Estado. Una ciudad donde los periodistas tienen que informar desde trincheras, y los ciudadanos viven entre la resignación y la rabia.

¿Dónde está el Presidente mientras los periodistas lloran?

Quizás afinando su estrategia digital. Tal vez inaugurando algún nuevo decreto de “mano dura” que no se aplica ni en papel. O persiguiendo medios y periodistas por “difamación”, mientras los sicarios se pasean por la Costanera como en desfile.

El llanto de Daniel Palma no es debilidad. Es valentía pura. Porque en un ecosistema de periodistas autoexiliados, acosados, precarizados o asesinados, conmoverse al aire es un acto de resistencia. De humanidad. De decencia. Algo que escasea tanto en el periodismo como en la política.

Y sin embargo, algunos se burlarán. Dirán que “no se puede perder la compostura”. Que “eso no es profesional”. Como si lo profesional fuera leer impávidamente el parte diario del horror. Como si se esperara que los periodistas sean robocops informativos: con corbata, sin alma.

La verdad es que el país también llora, aunque no siempre se note. Llora la madre que no encuentra a su hijo. El hermano que no pudo denunciar porque nadie le hizo caso. La comunidad que enterró a otro joven con tres tiros en la espalda. Llora incluso el policía honesto que ya no sabe si obedece a la ley o a la mafia. Pero nadie los filma. Nadie les da 40 segundos de prime time.

El periodista lloró en vivo. Y su llanto fue, en ese momento, lo más veraz que se ha dicho en la televisión nacional en mucho tiempo.

Porque cuando Manta llora, llora el país entero.

Artículo publicado originalmente en el Blog: Segundas Temporadas

rpoleoZeta

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