Francis L. Donovan, el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, tiene una nueva tarea entre manos. La misma unidad que tuvo a su cargo la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero ha adquirido la responsabilidad de comandar una coalición de fuerzas de 18 países latinoamericanos con el fin de sincronizar capacidades militares para desmantelar redes criminales en la región.
De lo que se trata es de estructurar una eficiente cooperación militar integral entre países afines a Estados Unidos para desmontar las fuerzas que operan en la región al margen de la ley, en el terreno del narcoterrorismo, y que amenazan la seguridad estratégica del continente. Cuidar puertos, rutas comerciales y redes de infraestructura es parte clave de sus tareas, pero el fin último de la nueva alianza es compartir datos de inteligencia para realizar acciones combinadas entre fuerzas armadas y policiales de los países aliados.
Desde el primer mandato de Donald Trump, el presidente viene haciendo énfasis en la necesidad de detener los elementos que atentan de manera directa contra la vida y la salud de los norteamericanos y, por ende, contra su seguridad nacional. Ello justificó la acción militar Resolución Absoluta, con la que comenzó la intervención de Venezuela a raíz de la extracción de la pareja Maduro-Flores y que marcó el inicio de un proceso de tutelaje en el que el país se encuentra inmerso hoy.
La nueva alianza militar con países de la región, que estará dirigida por el general de división Kevin Jarrard, representa un paso estratégico de avance. Colombia forma parte de esta alianza, pero no así Venezuela. Nadie mejor que el Comando Sur tiene conciencia de la interacción que ha tenido lugar entre los grupos irregulares de Colombia y el gobierno y las fuerzas militares de Nicolás Maduro, que convirtieron al eje binacional en el mayor centro de narcoterrorismo del continente. La neutralización de sus actividades en el lado colombiano va a ser una tarea en la que contarán con el compromiso irrestricto y activo del nuevo gobierno de Abelardo De la Espriella; eso está por descontado. Pero otro tanto del lado venezolano debe ser una prioridad para producir resultados significativos.
En ese terreno, una reflexión: así como Washington ha ido avanzando con pasos lentos pero certeros en el proceso de reinstitucionalización de la Venezuela tutelada, en el terreno militar no se ha producido ningún reacomodo visible de importáncia. Inexplicablemente, el combate contra la criminalidad, el narcotráfico, la extorsión y el terrorismo no se ha hecho presente dentro de la estrategia prevista para la transición venezolana en marcha. No incorporar a las fuerzas del orden venezolanas en este derrotero vaciará de resultados lo que pueda avanzarse en Colombia y esterilizará cualquier esfuerzo por detener a los carteles del narcotráfico y al crimen organizado transnacional que se ha entronizado en el eje colombo-venezolano y que hoy en día lidera acciones en otros países de Suramérica y América Central. Sincronizar y coordinar las capacidades militares, las estrategias y los objetivos de los dos países se ha vuelto una tarea impostergable para los fines de la seguridad regional.
Para ello, la reforma integral de todo el estamento militar y del conjunto de las fuerzas del orden público venezolano será una condición imperativa, de manera que se posibilite una cooperación con las fuerzas militares colombianas y norteamericanas en una primera instancia y que su integración a los objetivos de la alianza liderada por el Comando Sur pueda tener lugar. Se requiere una depuración absoluta de los altos rangos militares venezolanos para eliminar los nexos con las economías ilícitas y el crimen organizado transnacional, que es el objetivo de la nueva alianza militar.
El Escudo de las Américas, anunciado por Trump en la Cumbre de Doral en marzo pasado, es la iniciativa multinacional de seguridad norteamericana, o el marco político dentro del cual se inserta la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental, que recién arranca. La coyuntura actual, caracterizada por un gobierno colombiano comprometido con Estados Unidos en asuntos de seguridad, no puede ser mejor.
Desde Washington se ha puesto en marcha una nueva iniciativa militar evolutiva para atender los objetivos de seguridad de Estados Unidos. Colombia y Venezuela han de trabajar mano a mano y en conjunción con el norte para conseguir que este nuevo brazo operativo funcione eficienciaamente para su propio beneficio, pero también para alcanzar la meta de construir la paz de la región, que se perdió hace ya varias décadas.
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