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Vacaciones de Verano en Caracas: Reflexiones sobre Terremotos y la Existencia según Albert Camus

Empiezo cometiendo, y confesando, una equivocación. Resulta que estamos en pleno invierno y yo pensaba, o más bien sentía, que nos estábamos adentrando en el más intenso y dramático de nuestros veranos. Mi excusa para semejante despiste es que estoy marcado por las veneradas «vacaciones de verano», ese largo receso que nos permitía olvidarnos del colegio.

El terremoto del 29 de julio de 1967, anterior al que acabamos de sufrir, también fue parte de nuestras vacaciones de verano. Esa noche estaba con unos amigos acampando en una playa salvaje, más allá de Chuspa, donde no había ni siquiera una choza. Sin radio ni teléfonos, y rodeados solo de mar, arena, cielo y cocoteros, creímos que el origen de aquellos aterradores rugidos y temblores era una bomba atómica. Fue una valiente locura regresar de noche a Tanaguarena, en un bote pequeño con un motor fuera de borda y envueltos por unas olas inmensas.

Cuando llegamos a un muelle, los bellos edificios de Laguna Beach y Bahía del Mar estaban intactos. Esa misma noche subimos a Caracas sin llegar a ver los efectos del sismo, pero ya escuchábamos en la radio del carro la larga lista de víctimas. Escuché el nombre de un querido amigo, Luis Rodríguez, un par de veces, o quizás más. Luego supe que estaba bien. Esa fue, a mis diecisiete años, mi primera medida de la intensidad de una tragedia.

La tarde del reciente 24 de junio me encontraba en el piso 12 de un edificio al borde del Ávila. Estábamos celebrando la reunión familiar más exhaustiva que recuerdo. Entre abuelos, padres y hordas de nietos, éramos más de cincuenta. Cuando el temblor llegó a su máxima intensidad, mi primer pensamiento fue: «Esto no puede ser contra los niños», y había más de treinta. Tuvimos una de esas suertes absolutas, o absolutorias. Bajamos por una escalera interminable y, ya en la calle, resultaba tan incongruente observar aquel edificio impertérrito, inmóvil, intacto.

Van pasando los días y no logro asumir esta nueva tragedia, comprenderla, medirla. Sus proporciones van más allá de una lección, de un propósito, de un final o de un comienzo. En mi primera visita hacia el oeste de Catia La Mar entré en un estado de ensimismamiento e irrealidad, hasta sumergirme en una angustia que me inmovilizó y cerró mis ojos.

Ahora comienzo a abrirlos y espero aportar algo a la tarea de comprender las lecciones que nos ha impuesto este estremecimiento, tan natural como perverso, y así prepararnos para otro sismo que, según nos cuenta la historia de Caracas, volverá a ocurrir dentro de algo más de medio siglo.

Hoy solo quiero compartir y comentar un ensayo de Albert Camus titulado El verano en Argel. Algunas de sus reflexiones me recuerdan sensaciones que he vivido en Caracas:

Argel se abre al cielo como una boca o una herida. Lo que en Argel se puede amar es aquello de lo que todo el mundo vive: el mar a la vuelta de cada calle, un cierto peso del sol, la belleza de la raza. Y, como siempre, en este impudor y en esta ofrenda se reconoce un perfume más secreto.

Creo que Camus nos está hablando del efecto en nuestra historia íntima y pública de una geografía grandiosa. Y ciertamente Caracas está ambientada en un asombroso valle diseñado por algún Dios para ofrecernos la mejor luz y las mejores brisas. Además, la acompaña su vital y cercana expansión hasta el mar, donde pueden nutrirse las fuentes de nuestros amores más secretos.

Pasemos ahora a frases cada vez más fuertes del texto que nos ofrece Camus. Voy a separar sus pensamientos en una suerte de listado para facilitar el análisis de algunas analogías con nuestra ciudad.

Sin duda se precisa largo tiempo en Argel para comprender lo que puede tener de esterilizante un exceso de bienes naturales.

Nada hay aquí para quien quisiese aprender, educarse o mejorarse. Este país no tiene lección que dar. Ni promete ni deja entrever.

Se contenta con dar, pero profusamente. Se entrega del todo a los ojos y se le conoce desde el momento en que se le goza.

Sus placeres no tienen remedio, ni esperanza sus alegrías.

Lo que exige son almas clarividentes, es decir, inconsolables.

Pide que se haga un acto de lucidez como se hace un acto de fe.

¡Singular país que, al mismo tiempo, da al hombre que nutre su esplendor y su miseria!

Si me atrevo a compartir esta intensa e incluso despiadada descripción de Camus es para intentar asomarnos a la profundidad —tan telúrica y terrestre como espiritual e histórica— de lo que estamos viviendo, y también a la íntima y colectiva revisión a la que nos obliga.

Lo que ahora intento hacer es asomarme a dos letales sacudidas: la del terremoto del 24 de junio y otra que ya tiene más de un cuarto de siglo y ha logrado convertirse en una maldición.

Por maldición me refiero a un mal con ínfulas de eternidad. Su capacidad de destrucción ha sido muchísimo más lenta que la de un terremoto —o dos, de unos cincuenta segundos—, pero ciertamente continúa siendo más efectiva y más profunda, pues ha acabado con estructuras, métodos, compromisos, recursos, la dignidad de ser, con la idea de un futuro y con la capacidad de cambiar. Ha logrado también que la palabra democracia nos suene cómica, ramplona, caduca. De 54 partidos, solo 4 incluyen la palabra democracia en su nombre.

Insisto en que es una maldición con ínfulas bíblicas, pues en la Biblia la maldición se da cuando Dios deja a las personas a merced de las consecuencias de tomar decisiones a su antojo, al punto de creerse bendecidas por su propia destrucción.

La pregunta que debemos hacernos, si partimos del listado de Camus sobre Argel, es la siguiente: ¿Estamos entonces condenados por una geografía tan sensual que nos anestesia y además nos asegura un par de terremotos por siglo?

No existe otra respuesta que el amor profundo a la deliciosa y riquísima tierra donde nos ha tocado vivir. Solo siendo conscientes de nuestro drama podremos encontrar una solución.

¿Puede Camus realmente ayudarnos? Recuerden que su alma es trágica y se centra en el absurdo. No tiene fe en la política, ni en la religión; creo que ni siquiera en la filosofía. Se centra en vivir plenamente el conflicto entre la búsqueda de significado y la fría —yo diría que helada— indiferencia del universo, principal culpable de nuestros terremotos, pero ciertamente no del gobierno, que insiste en su afán de rapiña y eternidad.

La propuesta final de Camus es enfrentar esta falta de sentido mediante la rebelión, la libertad, la solidaridad y la conciencia de que habrá de ser una lucha eterna.

Para terminar, ofrezco el final de su ensayo:

He aquí, al menos, la áspera lección de los veranos argelinos. Pero ya la estación vacila y el estío baja. Las primeras lluvias de septiembre, tras de tantas violencias y rigideces, son como las primeras lágrimas de la tierra liberada, como si por unos días la ternura se mezclase a estas comarcas. Por la misma época, los algarrobos ponen un olor de amor sobre toda Argelia. De noche, o después de la lluvia, la tierra entera, mojado el vientre por un semen con perfume de almendra amarga, reposa de haberse dado todo el verano al sol. Y he aquí que de nuevo este olor consagra las bodas del hombre con la tierra, y hace surgir en nosotros el único amor verdaderamente viril de este mundo: perecedero y generoso.

rpoleoZeta

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