Tanto La Guaira como Caracas presentan suelos sedimentarios que provienen de la erosión del Ávila. Sin embargo, el alto nivel freático, la humedad de los sedimentos y los prolongados períodos de oscilación pudieron haber contribuido a la destrucción.
Lorena Meléndez | Runrunes
Horas después del doblete sísmico de San Juan, las imágenes aéreas de La Guaira reflejaban la ruina y la desolación. En tierra, se encaraba la tragedia con miles de personas excavando entre los escombros, intentando salvar a los suyos de la muerte apenas con sus manos desnudas. Pero bajo los suelos, quizás se encontraban algunas de las respuestas que tantos buscaban a la desgracia.
La tragedia provoca la búsqueda de similitudes. Si se traza una línea por encima del Ávila entre Caraballeda, en La Guaira, y Los Palos Grandes, en Caracas, el resultado será una recta vertical. Ambos sectores, en diferentes estados, están separados solo por el gran cerro capitalino. Por eso, no es casual que los dos estén entre los lugares más afectados por los terremotos de San Juan el pasado 24 de junio. Comparten un suelo parecido.
“Son dos zonas con comportamiento sísmico muy similar porque tienen un gran espesor de sedimentos provenientes del mismo origen, es la misma montaña que descarga hacia el sur, hacia Caracas, o descarga hacia el norte, hacia Caraballeda y Macuto”, afirmó el ingeniero civil especializado en geotécnica, César Disilvestro.
Como dijo el experto, los suelos de Los Palos Grandes y Caraballeda están constituidos por cientos de metros de sedimentos que se han acumulado durante siglos. El cerro Ávila, el coloso que custodia el norte de Caracas y el sur de La Guaira, ha provocado este fenómeno por la erosión. Mediciones geotécnicas apuntan que en Caraballeda hay más de 400 metros de sedimentos antes de llegar a la roca sólida. En Los Palos Grandes se calculan unos 300 metros de profundidad. Esa gran capa obliga a que las bases de las edificaciones tengan características distintas a las que se erigen en otras superficies.
«Con un espesor grande de sedimentos, en caso de un sismo, ese suelo actúa como un lente y amplifica la magnitud de la onda. Los efectos del sismo se sienten más en este tipo de suelo que sobre la roca. La roca en sí disminuye la amplitud y tiende a atenuar el movimiento», indicó Disilvestro.
Aunque los sismos del 24 de junio pasado hayan tenido la misma magnitud (7.2 y 7.5) y duración (39 segundos) en todo el país, se sintió diferente en sectores que estaban uno al lado del otro. En conversación con Runrun.es, el ingeniero recordó que una de las formas de medir un terremoto es la intensidad, que es como se percibe el movimiento en distintos lugares.
«La intensidad no es la misma para el mismo terremoto y depende de la distancia del epicentro o la característica del suelo en el sector al que llega la onda sísmica», recalca. Por eso, durante el doblete sísmico de San Juan, quienes estaban en Los Palos Grandes, Caraballeda y otras zonas de La Guaira sintieron más cómo se estremeció el terreno bajo las capas de sedimento que los sustentaban.
En el mapa del estado La Guaira, entre Catia La Mar y Tanaguarena, cada uno de los asentamientos poblacionales de la franja costera está sobre costas redondeadas o, en palabras de José Luis López, profesor-investigador del Instituto de Mecánica de Fluidos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela (UCV) e individuo de Número de la Academia Nacional de la Ingeniería y el Hábitat, sobre «protuberancias».
La forma de estos sitios se debe a que son zonas de deposición de sedimentos que desde hace miles de años la montaña descarga hacia el mar. La ciencia las define como conos o abanicos aluviales, por la manera en la que se abren al océano, explicó a Runrun.es el experto.
López señaló que, cuando la carga sólida de sedimentos –compuesta por arena, grava y hasta peñones– sale de la parte alta de la montaña y corre hacia abajo a través de torrentes y ríos, en ocasiones obstruye el cauce y abre otro más para poder seguir hasta llegar a la costa.
El ingeniero hidráulico explicó que, cuando ocurrieron los deslaves de Vargas en 1999, se depositaron entre dos y tres metros de altura de sedimentos en estos abanicos. Miles de personas murieron enterradas bajo el barro, las piedras y las grandes rocas que se desprendieron del Ávila y arrasaron con viviendas, escuelas, centros de salud, vehículos, sitios patrimoniales y borraron las postales del Litoral Central.
La cantidad de desaparecidos por la tragedia de Vargas aun es incierta. Foto: Web Costa de Venezuela
López apuntó que estos sedimentos fueron removidos «casi en su totalidad» cuando se hicieron las labores de recuperación. Aunque la tragedia cambió la línea de costa, no modificó sustancialmente el suelo de La Guaira. Eso, sin embargo, no es lo que ha sucedido con otros aludes torrenciales.
«Los deslaves que han ocurrido en la Cordillera de La Costa han desplazado millones de metros cúbicos de suelos, rocas y material vegetal de las laderas de las montañas, pero solo una parte de ese volumen, transportado por los aludes torrenciales, debe haber alcanzado los abanicos aluviales y planicies donde se encuentran los asentamientos humanos», detalló López en el documento «Aprendiendo del desastre de Vargas. Una visión crítica y constructiva sobre las medidas adoptadas para la mitigación del riesgo de aludes torrenciales», publicado en mayo de 2020.
En este escrito también lanzó una advertencia que hoy cobra más sentido en medio de la vulnerabilidad. «Los asentamientos urbanos han usurpado el territorio del río ocupando las gargantas y abanicos aluviales de los cursos torrenciales que drenan el macizo Ávila. Las altas pendientes de la montaña y los efectos de la actividad sísmica, que resquebrajan las laderas de los cerros, aumentan la fragilidad de la región», se lee en el documento.
Un documento de Funvisis titulado «Caracterización de suelos con métodos geofísicos, estado Vargas (La Guaira, Macuto, Caraballeda y Tanaguarena)», de Marcos Romero y otros autores, publicado en 2002, muestra un estudio de microzonificación de un área del Litoral Central en el que distintos tipos de mediciones evaluaron, luego de la tragedia de 1999, cómo era «la respuesta dinámica del suelo», es decir, cómo el terreno se comporta, deforma y transmite energía cuando se somete a un terremoto.
«Esto facilita al ingeniero estructural diseñar adecuadamente las edificaciones a fin de soportar satisfactoriamente un terremoto, así como implementar las normas convenientes y regulatorias del ejercicio profesional», señaló el ingeniero civil Fernando Méndez, al ser consultado sobre este estudio.
Una de las informaciones clave derivadas del estudio es que, debajo de todas las capas de sedimentos, La Guaira tiene un «basamento rocoso» (roca sólida) que no es plano sino que tiene una inclinación de entre 17 y 21 grados hacia el mar. Así se pudo saber que en el pueblo de La Guaira, este basamento está a 180 metros de profundidad, mientras que en Macuto, específicamente en Punta El Cojo, está a 290 metros. Al este de Caraballeda, en cambio, está a 450 metros de profundidad.
No todos los sedimentos son igules. El estudio determinó que estos se componen de tres capas distintas: una de sedimentos sueltos, otra de sedimentos más compactados (aluvión) y, finalmente, la roca sedimentaria, que es la que se encuentra antes de llegar a la roca sólida.
Hay otros elementos que ayudan a comprender cómo estos suelos sedimentarios se comportan cuando la tierra se sacude con tanta fuerza. Y que son también los que explican por qué hay tantos edificios que se hundieron parcialmente, como si el terreno se hubiese tragado sus primeros niveles.
Uno de estos factores es la cantidad de agua subterránea (nivel freático) de estos suelos. La investigación reveló que en La Guaira el agua está bastante cerca de la superficie, apenas a una profundidad de entre 5 y 10 metros, y esto se debe a la cercanía de la costa, pero también a la de las quebradas y torrentes que bajan de la montaña. Debajo de esto, el terreno se compone de «sedimentos saturados»: allí, la tierra está completamente empapada, como una esponja llena de agua.
Pero esto no quiere decir que el suelo no sea firme. Los autores también estudiaron la dureza del suelo y descubrieron que la tierra es bastante compacta aunque no es igual en cada zona y es muy húmeda por dentro.
Por ejemplo, entre Macuto y Quebrada Seca, el suelo se define como duro o denso, es decir, bastante firme. Mientras, en el cono de Caraballeda y parte de Quebrada Seca, el suelo es muy duro o muy denso. Allí, la tierra está todavía más apretada y segura.
A lo largo de la franja costera, en dirección a la montaña, hay roca blanda, lo que significa que ya se empieza a tocar piedra sólida.
El otro elemento que ayuda a comprender el fenómeno de los edificios hundidos es el «período fundamental de vibración», que es el tiempo de oscilación del suelo cuando tiembla.
Para explicar este factor, los expertos suelen citar el ejemplo de un plato de gelatina. Cuando este se sacude, la gelatina tarda un tiempo específico en ir y volver (oscilar). Los suelos también hacen esto cuando tiembla y, en algunos sectores de La Guaira este tiempo fue de casi dos segundos.
En Macuto, ese tiempo de oscilación va entre 0,9 y 1,5 segundos. En El Cojo, hacia los conos de Macuto y Camurí Chico, la medición registró entre 0,1 y 0,6 segundos.
En Tanaguarena, ese período está entre 0,3 y 0,6 segundos, mientras que en su zona costera va entre 0,9 y 1,2 segundos.
En Caraballeda también se midieron dos sectores: entre Punta Caraballeda y Quebrada Seca, está entre 0,6–1,2 segundos. El tiempo es significativamente mayor en Punta Caribe, donde la oscilación está entre 1,5 y 1,8 segundos.
Estas diferencias se deben a que la capa de tierra suelta, arena y sedimentos acumulados sobre la roca firme es sumamente gruesa. Esta es la muestra de que, cuando hay tanta tierra blanda acumulada encima de la roca, el suelo vibra de una manera que puede amplificar las ondas de un terremoto.
Cuando la vibración de la superficie se combina con sedimentos sueltos y un alto nivel freático se produce el fenómeno de licuefacción del suelo, el mismo que hizo posible que los terrenos arenosos y saturados de agua perdieran su firmeza, que se volvieran arenas movedizas y que decenas de edificios en La Guaira se hundieran, colapsaran y agravaran la devastación.
Disilvestro comentó que, aunque para cada edificación se hace un estudio de suelo individual, el informe de 2002 es útil tanto para ingenieros geotécnicos (que trabajan directamente con el comportamiento de suelos y rocas) como estructurales (quienes calculan y diseñan el «esqueleto» de las construcciones).
Los geotécnicos trabajan, principalmente, con la información relacionada con los primeros 30 metros del subsuelo, ya que ese es el estrato donde se apoyan las estructuras que sirven de base a las edificaciones.
Sin embargo, el experto detalló que la normativa que rige el diseño de estructuras sismorresistentes (Norma Venezolana para Construcciones Sismorresistentes COVENIN 1756-1:2019) exige que todos los estudios geotécnicos contengan la caracterización del riesgo geológico, las propiedades de los terrenos de fundación y nivel freático, la clasificación del perfil geotécnico y el análisis potencial de licuación u otros factores que puedan afectar el desempeño sísmico de manera adversa. Pero casi todas las edificaciones son anteriores a esta actualización.
Para suelos con grandes capas de sedimentos como el de Caraballeda, Disilvestro dijo que pueden usarse fundaciones profundas, es decir, pilotes con longitudes entre los 12 y 30 metros, y con un diámetro que varía entre los 80 centímetros y un metro, dependiendo de las características y niveles de la construcción. También se pueden implementar losas de fundación, apoyadas a profundidades promedio de dos metros, como las que se usaron para erigir las torres de Parque Central.
Aunque los expertos consultados coinciden en que los terremotos de San Juan fueron tan intensos, superficiales y largos que pudieron derribar cualquier buena construcción, queda en duda si todos los edificios que cayeron cumplieron con la norma Covenin vigente en su momento y tuvieron en cuentas todas las consideraciones que se deben tener con suelos como los de La Guaira.
El doblete sísmico dejó en ruinas a buena parte de La Guaira y, lo peor, es que el riesgo continúa. López recordó que después de los deslaves de 1999 se construyeron, montaña adentro, 63 presas de retención de sedimentos para evitar que las lluvias provocaran un nuevo desastre en las zonas habitadas del estado. El problema es que, según el ingeniero hidráulico que durante años ha estudiado los efectos y soluciones de esa tragedia, estas no han recibido el mantemiento debido.
«Con los terremotos, esos muros pueden haber sufrido daños y hay que inspeccionarlos», indicó el académico. Además, subrayó que hay que averiguar cuál es el estado de sedimentación de las presas porque, de acuerdo con sus cálculos, ya deben estar al 70% de su capacidad.
Las lluvias actuales pueden ser una nueva alarma para La Guaira. «Si llega un alud torrencial, y están llenas de sedimentos, no van a cumplir su función de proteger a la población», destacó.
En medio de ese panorama, Disilvestro comentó que, tras los sismos, se abre una etapa de estudio y análisis de las estructuras que colapsaron: diseño estructural, tipo de suelo, tipo de fundación, para tratar de establecer un patrón que permita identificar mejor cuáles fueron las vulnerabilidades de las edificaciones. Todo ello podrá conducir a criterios de zonificación segura para los sectores afectados y hablar de la posibilidad de reconstruir La Guaira.
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