La historia del descubrimiento del galeón San José es, en realidad, la narración de una obsesión de más de tres décadas que culminó en uno de los hallazgos arqueológicos submarinos más importantes en cuanto a patrimonio sumergido.
Detrás de esta hazaña está Roger Dooley, un arqueólogo marino cubano-norteamericano que dedicó media vida a rastrear mapas, bitácoras y archivos en Sevilla para cumplir un sueño que parecía imposible. El San José, hundido por los ingleses en 1708 frente a Cartagena, no solo cuenta con un tesoro valorado en más de 15 mil millones de dólares por sus 200 toneladas de oro, plata y esmeraldas, sino que representa un pilar del patrimonio sumergido de la era colonial.
La trayectoria de Dooley es en sí misma una aventura. Nació en New Jersey, Estados Unidos en 1944, como el segundo hijo que la cubana Isabel Caballero tuvo con el norteamericano Michael Dooley. Tras separarse de su marido, Isabel regresó a la isla a vivir con su madre y sus dos hijos, Michael y Roger.
Algún tiempo después, Isabel contrajo segundas nupcias con el cubano Armando Montañes, con quien regresó a Nueva York. Sin embargo, Montañes se sintió atraído por la entonces boyante industria turística de la Habana y, en 1957, convenció a la familia de retornar definitivamente a Cuba, donde consiguió trabajo como administrador nocturno del Havana Hilton, el hotel donde Fidel Castro instalaría su cuartel general tras el triunfo de la revolución cubana y al que rebautizó como Habana Libre.
Criado en la Cuba revolucionaria y el mar Caribe, Roger inició su camino hacia la arqueología submarina cuando en su juventud se convirtió en un experto buceador a pulmón libre, habilidad que lo llevó a formar parte de las tropas especiales de buceo que crearía el nuevo gobierno.
Su condición de norteamericano de nacimiento le complicó sus opciones laborales cuando ambos gobiernos se enfrentaron, pero participó en cuanto proyecto de submarinismo se realizaba en la isla, trabajó de guardia costero, dictó clases de natación y de buceo, además de escribir periódicamente para revistas como “Mar y Pesca”. Su trabajo de identificación de barcos hundidos en el departamento de investigación submarina lo convirtió en la persona que mejor conocía los secretos bajo las aguas de Cuba.
Estudió la carrera que más se relacionaba con sus intereses ofrecida por la Universidad de la Habana: Oceanografía Física. Allí aprendió sobre las fuerzas que afectan un barco cuando se hunde, sobre los vientos, las corrientes, la temperatura, la presión de vida marítima y la acción química del mar. Y, en 1975, obtuvo su maestría en arqueología en el Instituto de Arqueología y Antropología de la Habana; entre ambos programas adquirió los conocimientos que requería para la arqueología subacuática.
Fue durante estos años cuando consolidó su interés por la historia de las flotas españolas en el Caribe durante la época colonial, aquellas que se articulaban para garantizar el transporte de metales preciosos (oro y plata), mercancías y pasajeros entre España y América. Su interez eran los barcos naufragados, logrando identificar algunos posibles naufragios sumergidos en las costas cubanas, pero el gobierno no tuvo el dinero suficiente para acompañarlo en posibles exploraciones.
En medio del declive de la economía cubana, en 1979 aprovechó una oferta laboral que le permitía recibir un salario en dólares y vivir en la Florida como vicepresidente de la empresa cubana American Charter Airways, dedicada a ofrecer a exiliados viajes desde la Florida a Cuba. Sus condiciones económicas mejoraron hasta que el FBI visitó las oficinas acusándolos de ser agente de Castro, violar el embargo y llevar contrabando a Cuba, por lo que, en 1982, Dooley pasó a formar parte de la lista OFAC, comúnmente conocida como la Lista Clinton, que identifica a personas u organizaciones vinculadas al narcotráfico, terrorismo o lavado de activos.
De regreso a Cuba y con el Estado como única opción laboral, se vinculó a la recién creada Carisub, empresa cuya misión era extraer riqueza de las aguas cubanas en un esfuerzo para mejorar las desastrosas finanzas del país. En el otoño de 1984, Roger identificó, a pocas millas del puerto de la Habana, el lugar exacto del hundimiento del galeón Nuestra Señora de la Mercedes, que inicialmente encalló y poco después fue arrastrado al fondo del mar, cargado con un valioso cargamento de piezas de plata, por una imprevista tormenta.
Sin embargo, aunque Dooley propuso un plan de excavación arqueológica, el gobierno cubano priorizó la extracción rápida de las monedas, debido a la urgencia financiera del país. La utilización de técnicas de extracción destructivas llevó a Dooley a renunciar al proyecto por razones éticas en 1985, abandonando un descubrimiento al que le había dedicado varios años, pero que le abrió las puertas a documentos sobre el Galeón San José cuando viajó a investigar al Archivo General de Indias en Sevilla.
La filmación submarina y el turismo de sitios arqueológicos submarinos se convirtió en su alternativa de vida. El gobierno le había encargado realizar filmaciones subacuáticas para exhibir las maravillas de la vida submarina de Cuba y atraer turistas, y gracias a ello, en 1988, participó en la grabación debajo del agua de una serie de videos con guiones escritos por Gabriel García Márquez. También colaboró con el renombrado oceanógrafo francés Jacques-Yves Cousteau cuando este viajó a Cuba para realizar un documental llamado “Las Aguas Prohibidas”.
Tras años de limitaciones por aparecer en la lista OFAC y sin poder realizar arqueología submarina en la isla, un millonario norteamericano al que le ayudó en un proyecto le ofreció trabajo y ayuda legal para ser retirado de la lista OFAC. Durante algunos años trabajó para él en diversos temas, pero siempre continuó con su pasión y en ese periodo publicó el libro “Coral Reefs of the Caribbean, the Bahamas and Florida”.
Dooley retomó la arqueología marina a principios de siglo dirigiendo el rescate del remanente del Santa Margarita, un barco que formaba parte de la flota de Manila, hundido en 1602 en las islas Marianas con un cargamento que iba desde las Filipinas hasta Acapulco. Sin embargo, su mente siempre regresaba al Caribe colombiano.
El giro definitivo hacia el San José ocurrió gracias a su matrimonio con la colombiana Adriana González, quien fue el puente clave para conectarlo con el gobierno de Juan Manuel Santos en el momento político oportuno.
En julio de 2013, el Congreso de la República aprobó la Ley 1675 que permitía al Ministerio de Cultura aliarse con contratistas privados para salvar naufragios históricos, remunerándolos con hasta el 50 % del valor de los objetos que no constituyeran patrimonio cultural de la nación. Dooley vio su oportunidad, pero primero debía conseguir un financiador. Luego de intentos fallidos con la familia Santo Domingo y Richard Branson, finalmente convenció a Anthony Clake, un exitoso financiero inglés a quien le interesaba la riqueza hundida en náufragios. Clake creó la compañía “Maritime Archeology Consultants – MAC” con el único objetivo de recuperar el San José, y Dooley, nombrado director, se dedicó a definir el polígono de área donde podría ubicarse el galeón.
A principios de 2014, Dooley se acercó a Ernesto Montenegro, en ese momento el director del ICANH (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), pero la Ley 1675 todavía no estaba estructurada. Y aquí entró Adriana; gracias a sus relaciones, consiguió que Roger fuera invitado a una recepción en la Embajada de Colombia en Nueva York en septiembre de ese año, a la que asistió el entonces presidente Juan Manuel Santos. Allí, en minutos, le hizo una breve explicación que convenció a Santos de escucharlo con más detalle, sobre todo porque ubicaba el San José por fuera del área reclamada desde hacía dos décadas por la norteamericana Sea Search Armada, lo que abría la puerta a terminar de una vez por todas con esta reclamación.
En mayo de 2015, MAC firmó un acuerdo con el gobierno colombiano, específicamente con la entonces ministra de Cultura, Mariana Garcés, para encontrar el San José, a cambio del 20 % del tesoro recobrado. La operación debía ser llevada a cabo desde un navío colombiano donde al menos el 50 % del personal involucrado fuera colombiano para garantizar la transferencia de tecnología.
La búsqueda final fue una operación de alta tecnología que utilizó el REMUS 6000 (Remote Environmental Monitorin Units), propiedad del prestigioso WHOI (Woods Hole Oceanographic Institute), un vehículo autónomo capaz de explorar el lecho marino a la profundidad a la que Dooodley creía que se encontraba el San José.
Tras un primer intento fallido en un área limitada por el gobierno, Dooley logró que esta fuera ampliada a su versión inicial basándose en sus propios cálculos sobre las corrientes y vientos de 1708. En noviembre de 2015, a sus 71 años, Dooley finalmente dio con el San José.
Fue un sueño cumplido, el ejemplo perfecto de que nunca es tarde para alcanzar una meta. Ahora, desde Cartagena, a donde trasladó su residencia, Roger Dooley solo aspira a poder continuar con su excavación, algo que ha intentado sin éxito con los gobiernos de Iván Duque y Gustavo Petro.
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