Tras el terremoto del pasado 24 de junio de 2026, parece que todos los planes y agendas políticas recientes se paralizaron.
El regreso de Dinorah Figuera, las giras políticas por el interior del país, el establecimiento de un cronograma electoral, las negociaciones del sector energético-minero e incluso la entrada de MCM a Venezuela quedaron en stand by. Todo ello podría hacernos pensar que el proceso de transición tendrá que esperar mientras nuestros hermano son rescatados de los escombros.
No obstante, en medio de la catástrofe hay un elemento que no se ha pausado y que, con cada jornada de trabajo entre los escombros, parece fortalecerse: el espíritu de rebelión de los venezolanos.
No es un afán poético ni romántico hablar de esto. Pensemos en que esta terrible tragedia nos hubiera tomado por sorpresa antes del 3 de enero. No solo estaríamos viendo a Maduro bailar sobre lo que dejó el terremoto; además, el contexto de emergencia habría servido de pretexto para incrementar la represion y, seguramente, la ayuda internacional habría sido proporcionalmente menor.
¿Era posible hace seis meses ver a personas gritarle a un guardia nacional? ¿Habrían sido capaces los ciudadanos de linchar a un policía tras encontrarlo saqueando un apartamento en ruinas? Las probabilidades eran limitadas. Pero lo cierto es que este espíritu de insurrección no solo ha sido alimentado por la extracción de Maduro y la presencia de Estados Unidos en Venezuela, sino también por las precarias condiciones de vida que golpean a los venezolanos.
Al venezolano que busca a un familiar entre los escombros y le grita a un militar por su inacción lo mueve la indignación frente a un Estado que lo dejó solo durante el terremoto, pero que también lo ha dejado solo ante los apagones, la falta de agua, la inflacion y la hambruna.
La capacidad de organizar y movilizar ayuda solidaria hacia La Guaira, Tucacas o Puerto Cabello no ha venido de los partidos, ni de las organizaciones no gubernamentales ni de las empresas privadas. Ha sido un movimiento espontáneo de auxilio protagonizado por venezolanos que han visto a sus hermanos morir o perder sus casas. Nuevamente, no hay un afán romántico en esta afirmación, ni pretendemos minimizar el trabajo de organizaciones sociales y empresas, pero lo ocurrido en Venezuela durante esta última semana ha rebasado cualquier capacidad de asombro.
El país no está del todo ausente de liderazgo, ni el tutelaje lo ha sometido. Los venezolanos han demostrado que tienen la capacidad de organizarse y movilizarse para convertir esa fuerza en una expectativa de cambio.
Que toneladas de ropa, comida e insumos médicos hayan salido en auxilio de las zonas afectadas no demuestra que «el país está mejor» o que una parte «se arregló». Demuestra exactamente lo contrario: que este país, incluso en sus peores momentos, ha mostrado la mayor solidaridad con quienes tienen hambre, frío o enfermedades.
Podríamos llamarlo una rebelión humanitaria. Una que se ha enfrentado a alcabalas y a autoridades regionales y municipales que han intentado paralizarla para apropiarse de ella y convertirla en parte de la narrativa autoritaria del chavismo, buscando protagonismo mediante la centralización de la ayuda.
Entonces, ¿qué se hace con esta rebelión? ¿Es esta la ventana de oportunidad que tienen los venezolanos para completar el dichoso plan de las tres fases? ¿Hay alguen esperando a que la rebelión estalle?
Bajo los escombros lo sabremos.
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