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Moisés: El niño que perdió la vida en el terremoto al intentar salvar a su perro en La Guaira

En La Guaira, donde la falta de equipos especializados obligó a muchos a trabajar prácticamente a ciegas, el hedor empezaba a convertirse en la única brújula para orientar las búsquedas. No los guiaba un geófono. Nunca fue así. Se necesitaba más equipos, más personal y más manos buscando. Porque mientras no aparece un hijo, un hermano o un padre, para quienes esperan el desastre no termina.

Moisés tenía el pelo castaño, los ojos marrones y la piel clara. Tenía 10 años. Era el hermano del medio. Quienes lo conocieron lo describen como un niño dulce, divertido y de un corazón noble. Vivió apenas una década. El doble terremoto que sacudió a Venezuela -y muy duro a Vargas- el 24 de junio lo sepultó bajo los escombros de la casa donde vivía con sus padres, en Playa Verde.

Su mamá alcanzó a agarrar de la mano a sus tres hijos mientras intentaban salir: Eyber, el mayor; Moisés; y Junior, el menor. Pero, de pronto, Moisés se soltó. Había alguien más dentro: Tobby, su perro. Se devolvió a buscarlo. No alcanzó a regresar. Una pared se desplomó.

«Él se regresó», dice su padre, René Ramírez, capitán de marina. «Se regresó», repite, en un intento por reconstruir una escena que él no vivió. Estaba a bordo de una embarcación en Miranda. Pero su esposa se lo contó.

Eyber, que al igual que Moisés tiene discapacidad auditiva, fue testigo de todo. Levanta la mano derecha y la pasa lentamente por el cuello. No necesita palabras. Es la seña con la que explica que su hermano murió.

Pero René siguió buscándolo. Su esposa sigue hospitalizada. Sus otros dos hijos sobrevivieron. Aun así, él cada mañana volvía al mismo lugar con la esperanza de encontrar a Moisés.

Era el séptimo día de búsqueda. Las probabilidades de hallar sobrevivientes eran prácticamente inexistentes. De esas pequeñas casas levantadas una sobre otra solo lograron rescatar con vida a cinco personas: un pastor evangélico y su esposa, además de la de René y sus dos niños. Todos fueron sacados durante las primeras horas después de los terremotos.

Y no, no fue un operativo oficial. Fueron los propios vecinos. Entre ellos estaba Daniel, uno de los sobrevivientes que ahora duerme en una colchoneta bajo los kioscos del Paseo de las Arepas de Margaret, junto a cientos de familias desplazadas.

Desde allí recuerda cómo, junto con otros habitantes del sector, removió piedras y concreto con las manos para sacar a quienes aún vivían, y viven hoy.

Seis días después, la maquinaria pesada finalmente llegó. Pero era insuficiente. La respuesta necesitaba más personal, más equipos, más búsqueda. Porque mientras no aparezca un hijo, un hermano o un padre, para quienes siguen esperando el desastre todavía no termina.

¡Si se viene la pared, se vino! ¡Hay que descartar!, gritó uno de los civiles que dirigía el rescate.

Dos camionetas machito quedaron frente a la vivienda. Una jalaba hacia la izquierda; la otra, hacia la derecha. Entre ambas tensaban un mecate amarrado a una viga que amenazaba con venirse abajo. Antes de eso, una hilera de vecinos, policías y voluntarios había intentado moverla a fuerza. No funcionó.

Pasadas las nueve de la noche, cuando ya no había electricidad y la única luz era la de las linternas sujetadas a los cascos, apareció una retroexcavadora. Mientras la máquina avanzaba, familiares de Moisés y vecinos seguían trabajando con picos, palas y cinceles para romper una piedra enorme que bloqueaba el acceso al sitio donde creían que estaba.

No los guiaba un geófono (dispositivo de desplazamiento). Nunca fue así. Los guiaba el olor.

A las nueve de la mañana del octavo día la esperanza seguía intacta. Apenas cuatro horas antes habían encontrado algo entre los escombros. Era una nevera. Dentro había alimentos descompuestos. Por un instante respiraron aliviados. Pensaron que el olor venía de allí. Que todavía no era Moisés.

Hacia el mediodía llegó el mensaje que temía. Lo envió una vecina que vivía en el edificio construido justo sobre la casa de la familia Ramírez. Su colapso terminó aplastando las viviendas de abajo.

La primera línea decía: «Los encontraron». La segunda fue suficiente para terminar de enterrar cualquier esperanza: «Están muertos».

Moisés apareció junto a Tobby, el perrito por el que regresó. «Tristemente, Tobby tuvo la misma suerte de Moisés», dice uno de sus primos.

Ese mismo día ambos fueron despedidos. La familia Ramírez sobrevivió, pero ¿cómo se restaura el espíritu de quienes quedo vivos? ¿Cómo se sana el dolor que no es físico?

El menor de sus hermanos salió con un yeso en un pie. El mayor, con una sutura en la rodilla. Su mamá sigue hospitalizada con lesiones en un brazo y una pierna. Los médicos lograron estabilizarla.

De la casa no quedó prácticamente nada. Seguramente habrá paredes que volverán a levantarse; techos nuevos; ventanas nuevas. Pero en ellos hay una ausencia para la que no existe reconstrucción, porque lo único que no regresará será él… Moisés.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.


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rpoleoZeta

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