Varios articulistas han acudido en nuestros días a las páginas de El gatopardo, famosa novela del siglo pasado en cuyas páginas se describen las maniobras de cierta nobleza italiana para mantenerse en la cima frente al ascenso del movimiento de cuño popular encabezado por Garibaldi. Se ha insistido en la referencia para llamar la atención sobre cómo, pese a una intervención armada de los Estados Unidos para acabar con una tiranía delincuencial y demencial que amenazaba su seguridad desde Venezuela, los protagonistas estelares del establecimiento supuestamente derribado después de un fulminante ataque se mantienen en las alturas como si cual cosa, felices de la vida. Un primer vistazo desde cualquier atalaya tiene la obligación de destacar una conducta tan escandalosa, por desdicha y por fortuna.
Con la excepción de Nicolás Maduro y de su esposa, quienes fueron sacados a la fuerza del país después del bombardeo de un importante cuartel, los funcionarios fundamentales de su elenco mantienen el poder y la influencia ejercidos en el pasado inmediato. Ninguno de los miembros del gabinete madurista fue removido de su cargo sino con el correr de los días, con más pachorra que prisa. No se lanzó contra ninguno la amenaza de una cercana reprimenda, ni siquiera la posibilidad de unos palmetazos. Pese a que se llevó a cabo una acción militar, los mandos que eran en teoría unos enemigos susceptibles de espionaje severo, o quizá candidatos al fusilamiento o a un colosal encierro en Guantánamo, no fueron conminados con amenazas o expulsiones. Al contrario, todo quedó en remociones y en desplazamientos renuentes, en pasos lentos y sinuosos. No solo reinó la calma chicha en la cancha de los derrotados, sino también una supeditación mecánica a las órdenes del conquistador.
Porque algo particular sucede con los «derrotados» que han continuado en las alturas. Eran voceros furibundos del anti imperialismo, comeyanquis insaciables, subversivos irredentos, fidelistas de uña en el rabo, soldados del Che Guevara, trotskistas de última generación, hijos legítimos de Lenin, seminaristas de Camilo Torres, teólogos de la revolución y futuros reconstructores del muro de Berlín. Si recuerda usted a la Delcy Rodríguez de hace tres meses se puede reir de Rosa Luxemburgo, de tan aguerrida y machacona que se exhibía en sus parloteos sobre el proletariado urbano y sobre las víctimas del latifundio mientras trabajaba de acolita del presidente obrero. Y ni hablar de su hermano Jorge, prolífico en las artes de la charlatanería anti capitalista y de la batalla contra Wall Street desde la tribuna de la AN, o desde las pasarelas de la vanguardia enchufada. Tal vez no sea el caso del capitán Cabello, más cuartelero que letrado y menos amigo de libretos según el uso de los de bakunines autóctonos; o más aficionado al folleto castrense que a las excursiones de sus compañeros de caravana por los predios del pueblo soberano. Quizá le gustara más Zamora que La Pasionaria, o más Pérez Jiménez que Velasco Alvarado, pero sin pasarse de la raya ni descuidar la atención de la nomenklatura.
Lo importante de la descripción radica en el hecho de que ahora son todo lo contrario. No solo se presentan como voceros de un entendimiento democrático de la vida, de una convivencia comprensiva del adversario y de la diversidad de las ideas, de la tolerancia que escondían en recóndito lugar en espera de un rapto de aparición. Por si fuera poco, o para mayor escándalo, niegan sin vacilación la trayectoria ejercida con ahínco en la imposión de un autoritarismo grosero para convertirse en peones del sistema y de los hombres que eran antes como el infierno y como Satanás. No solo actúan como socios del presidente de los Estados Unidos, el antiguo monstruo de las tinieblas, el anticristo de los parias del mundo, sino que también trabajan sin protestar como sus mucamos del servicio doméstico. En la historia de Venezuela, desde el período colonial o desde tiempos prehispánicos, no se había visto una maroma tan grosera. Aquí no cabe la analogía con los protagonistas de ElGatopardo mencionados al principio, debido a que se ocuparon de guardar las formas a través de actitudes relativamente decorosas para que no se los llevara el viento. Los saltimbanquis de aquí son de circo pueblerino, sin maquillaje ni red de protección, entusiastas del chapuzón que borra la dignidad mientras les permite seguir en el candelero.
Es una fortuna que los veamos así porque la situación los desnuda en materia de decoro y predicamento, es decir, porque los expulsa necesariamente de la parcela de la civilización conocida y apreciada desde tiempos antiguos para que terminen, ojalá más temprano que tarde, en el interior del basurero que se han ganado con creces como meta. Pero también es una desdicha debido a que, por numerosos motivos, la sociedad venezolana no solo los toleró sino que, además, les dio calor para que crecieran hasta la robustez. Por acción y por omisión son nuestra hechura colectiva, una responsabilidad que debemos asumir antes de que descendamos a sótanos más lóbregos. La cercanía de Trump con ellos se explica con facilidad por aquello de cada oveja con su pareja, pero la nuestra debe terminar cuanto antes para alivio de la concienci y para realizar una rectificación histórica.
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