Aunque los datos de Encovi muestran una reducción de la pobreza en el país durante el año pasado, en calles, barrios y espacios informales, historias de venezolanos revelan una realidad donde el ingreso no alcanza, la alimentación se reduce y la informalidad se impone como forma de supervivencia. La pobreza multidimensional se mantiene estancada en torno a 55%, debido a fallas persistenten en servicios públicos, educación y condiciones de vida.
Autoras: Luna Perdomo, María de los Ángeles Graterol | Fotos: María de los Ángeles Graterol
Es poco más de la 1:00 p.m. de un día cualquiera y en un container cercano al centro comercial El Recreo, en Sabana Grande (municipio Libertador), tres jóvenes sobreviven entre la basura. Separan cartón, plástico y metales para venderlos como reciclaje, revisan bolsas de desperdicios en busca de comida y reciben de algunos vecinos de la zona otros alimentos.
En ese espacio también duermen. Tienen algunas verduras, panes, unas cholas, pares de zapatos, desodorantes, perfumes casi vacíos y algunas prendas de ropa.
Aunque la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), registró una disminución de la pobreza en el país el año pasado, historias como las de Manuel*, Isabel Linares y María de la Trinidad Montilla son muestra de los millones de venezolanos que todavía viven golpeados por el hambre, la informalidad y la imposibilidad de cubrir necesidades básicas.
Manuel tiene 24 años de edad y 12 viviendo en las calles de Caracas, luego de que asesinaran a su madre, vendieran la casa donde vivían y quedara a la deriva. Allí pasa el día, recolectando material reciclable y buscando para alimentarse.
*Lea también: Encovi: La pobreza tiende «a la baja», pero 1 de cada 3 venezolanos sigue siendo pobre
Uno de sus compañeros, que prefiere resguardar su identidad para que su familia no conozca la situación en la que vive, afirma que apenas tiene siete meses en la calle. Tiene dos hijos, de 11 y 10 años en el oriente del país. Cuenta que perteneció a la brigada paracaidista antes de terminar viviendo entre la basura por no tener mayores oportunides.
Este joven de 33 años de edad se mantiene informado sobre la situación económica del país y cuestiona que las autoridades se concentren en aumentar bonos y no el salario mínimo, congelado desde 2022 en Bs 130, equivalentes para el 14 de mayo a unos $0,25.
Entre marzo y junio de 2025, Encovi estimó que 68,5% de los hogares venezolanos se encontraba en situación de pobreza de ingresos (recursos insuficientes para satisfacer las necesidades básicas), una reducción de 4,7% frente al 73,2% registrado el año anterior. Pese a la disminución, gran parte de la población sigue sin generar recursos suficientes para costear alimentación, vivienda y servicios.
La pobreza en el país tiene distintas caras y no siempre luce igual. A unos 20 kilómetros de Sabana Grande, en La Dolorita, en Petare (municipio Sucre), Isabel Linares enfrenta otra visión de las carencias.
«Cuando llueve, esto se moja, caen unas goteras. Se inunda», describe Linares. Dice que su techo no está dañado del todo, pero ha ido desmejorando con el paso del tiempo. Esta mujer de 49 años de edad es madre de morochos. Tienen 18 años de edad: el varón padece autismo y la hembra tiene cinco meses de embarazo. Ella es responsable de ambos.
Linares regresó de Colombia hace tres meses y aún no tiene empleo. Duerme en una cama improvisada sobre unas tablas, con un colchón que le regalaron, junto a sus hijos: «La situación para dormir está un poquito ruda. A mi hija le duele la columna. Yo siempre estoy a la defensiva para que Misael no le caiga encima a la barriga. No descanso».
Aunque Isabel Linares tiene un emprendimiento de yogures no ha logrado comenzar con esta actividad en el país para generar sus propios ingresos porque dice que necesita un impulso como un crédito o una donación para comprar la materia prima.
Anitza Freitez, coordinadora de Encovi, enfatiza que en el país es necesario promover el desarrollo, en especial de las mujeres, para que incluyan componentes de capacitación y financiamiento: «Habría que pensar que se dispone de una fuerza de trabajo femenina, muchas de ellas formadas, que estarían a la mano para cubrir algunas demandas del mercado laboral», destaca la investigadora.
La cifra de hogares en pobreza extrema, aquellos cuyos ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades alimentarias, también descendió a 31,7%, una reducción de 4,8% con respecto a 2024, de acuerdo con Encovi. Es decir, en uno de cada tres hogares venezolanos el dinero no alcanza ni siquiera para comer.
En la casa de Isabel Linares no siempre hay alimentos para cocinar ni las cantidades suficientes para alimentarse los tres. «Él (padre de sus hijos) trata de traernos lo que puede, lo más básico: arroz, harina, una bolsa de pollo como de 10 kilos. Cuando puede, compra chuleta ahumada. Si compra queso o jamón no puede comprar huevos», detalla entre lágrimas.
«Él compra una bolsa de pollo como cada 20 días. Yo tengo que rendirlo. Cada tres días hago dos muslos y ando improvisando para que alcance. Tratamos de comer poquito», confiesa.
La mujer expone que muchas veces se quita la comida de la boca para dársela a sus hijos. Dice que siente que «se muere» cuando su hija embarazada le confiesa que se queda con hambre.
«Si compramos cinco papitas es mucho», admite Linares. Recuerda que en Colombia podían alimentarse mejor y hacer todas las comidas y meriendas. «Podía comprar pollo, frutas, hortalizas. Comíamos balanceado». Ahora, asegura, ni siquiera sabe cuánto peso perdió su hijo porque hace años dejó de llevarlo a controles médicos.
El hogar de Isabel Linares no recibe bolsas CLAP ni bonos del Estado. «Yo prácticamente vengo llegando y es como si no existo acá», afirma. Cuenta que personas vinculadas al partido de gobierno visitaron su casa recientemente y revisaron las condiciones del techo de zinc, pero no le ofrecieron ningún tipo de ayuda.
María Trinidad Montilla es otra caraqueña afectada por la precariedad y la vulnerabilidad. Todos los días baja desde una pequeña barriada de Lídice, al oeste de la ciudad, hasta una acera cerca del mercado Cruz Verde, en el centro, donde extiende una sábana con carteras, bolsos y relojes usados para vender.
Con arrugas, canas y los pies cansados, a sus 60 años, trabaja como buhonera. Lo hace para buscar ingresos que le permitan saciar el hambre.
«Hace mucho…», responde cuando se le pregunta por la última vez que comió carne. A su lado, su vecina, una mujer de 40 años y madre soltera, se cuela en la conversación: dice que come pollo cada dos meses.
Hace un par de días, Montilla se compró un litro de leche, que ronda los $4. «Es un gusto». Aun así, dice que se lo dio porque «tenía tiempo que no la tomaba». Un día entero de trabajo por un litro de leche, a eso equivale su remuneración diaria.
«Me siento muy frustrada. No es lo que uno se imaginaba que iba a pasar en este país, pero sigo confiando en Dios en que esto también pasará (…) volveremos a como era antes, cuando uno tenía sus alimentos: carne, pollo, pescado», enumera María Montilla, sentada sobre un escalón irregular, frente a su casa en Lídice.
Encovi señala que el alcance de las bolsas CLAP también se redujo el año pasado. Unos 7,63 millones de familias —equivalentes a 81,7% de la población— reportaron recibirlas, lo que supone 540.000 beneficiarios menos que en 2024.
Ante este escenario, el estudio de la UCAB recomienda al Estado redefinir el sistema de protección social y replantear los programas de transferencias, asignaciones y distribución de alimentos para beneficiar a quienes más lo necesitan.
Aunque parezca contradictorio, Manuel y sus dos compañeros, quienes viven en un basurero, afirman que no pasan necesidades por la comida: «Yo no me mato por la comida. Aquí la comida me la regalan», afirma Manuel.
Cerca del container, los jóvenes tenían una bolsa de papas en buen estado, que les regalaron de una feria de hortalizas, un hombre les llevó cuatro pedazos de torta y dicen que de un restaurante cercano también les mandan comida a diario porque son «buena conducta».
De extremo a extremo, Caracas está atravesada por la precariedad. María Trinidad Montilla lo sabe y lo vive. Día a día instala su tarantín, pero admite que muchas veces regresa a casa sin vender nada: «Es fuerte porque a veces uno sale con la buena fe de que va a vender y muchas veces se viene uno sin nada porque las ventas están muy flojas. En un día hago $5, si mucho $10 o $15».
La fe es lo que la mantiene en pie. Sus ingresos la ubican dentro de los parámetros de pobreza establecidos por el Banco Mundial, que considera en esa condición a quienes sobreviven con entre $3 y $5,5 diarios. Pero ella lo resume de forma más simple: «Ya antes de que llegue fin de mes, estamos sin alimentos».
En promedio, logra reunir unos $50 mensuales por las ventas en la calle. Antes alcanzaba los $100, cuando recibía un bono del Estado de $50 a través del Sistema Patria. Hace semanas perdió ese beneficio y su economía se redujo a la mitad.
En Venezuela, el trabajo por cuenta propia sigue siendo la principal forma de ocupación, con 41,9% del mercado laboral, mientras el empleo formal apenas alcanza el 27,2%, según Encovi. En ese contexto, llegar a la vejez suele significar quedar atrapado entre la informalidad y la ausencia de protección social.
Montilla nunca imaginó que su tercera edad transcurriría así. Detrás de ella, Caracas se levanta entre ranchos de ladrillo sin frisar, techos de zinc, cuerdas con ropa guindada, ollas vacías y antenas viejas que sobreviven como restos de otros tiempos.
La coordinadora de Encovi, Anitza Freitez, advierte que «decir que hay mejoras porque disminuyó la pobreza sería subestimar el estudio». Explica que, aunque hubo un incremento de los ingresos, la pobreza multidimensional se mantiene estancada en torno a 55%, debido a fallas persistenten en servicios públicos, educación y condiciones de vida.
El coordinador humanitario de Naciones Unidas en Venezuela, Gianluca Rampolla, estima que entre nueve y 10 millones de personas están en situación de necesidad. Enfatiza: «Necesidad significa que si no les das ayuda no van a alcanzar a llegar al final del día».
Manuel y sus compañeros desean dejar de vivir en las calles. Isabel Linares sueña con reactivar su emprendimiento de yogures y María Trinidad Montilla mantiene las esperanzas de tener estabilidad para que no le falte la comida. En medio de sus esperanzas, la Encuesta de Condiciones de Vida insiste en que la recuperación del bienestar en el país no solo depende del incremento en los ingresos, sino también de políticas públicas con enfoque en fortalecer el empleo, ampliar la protección social, garantizar educación de calidad y recuperar servicios como el agua y la electricidad.
Manuel*, seudónimo utilizado para proteger la identidad del joven.
*Lea también: Gianluca Rampolla afirma que 10 millones de venezolanos están en situación de necesidad
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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