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La Trágica Búsqueda de Marcos Souza: Un Padre Enfrentando la Desolación tras el Terremoto en La Guaira

Marcos Souza, de 42 años, pasó semanas escarbando entre los escombros del edificio Belo Horizonte, en La Guaira, buscando a su hijo de 16 años. El viernes 17 de julio, el mecánico recuperó los cuerpos del joven y de su expareja, madre del joven, tras haber participado en la extracción de decenas de cadáveres más en esa misma labor.

Fotografías: Roison Figuera

Marcos Souza no se considera rescatista. Se define como mecánico, un hombre acostumbrado a piezas de carro rotas, no a cuerpos desmembrados. Pero desde el 24 de junio, cuando los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 derrumbaron parte de las residencias Belo Horizonte en Playa Grande, La Guaira, pasó sus días entre los escombros, buscando a su hijo de 16 años.

«Yo soy mecánico, yo estoy acostumbrado a ver piezas de carro rotas, no piernas ni orejas ni personas desmembradas», relata Souza, de 42 años. «Es fuerte. Yo después de esto voy a necesitar una buena terapia».

Lo dice mientras continúa moviéndose entre los restos del edificio, sin detenerse. Él mismo reconoce que el cansancio y la urgencia lo llevan, a veces, a olvidar por qué está ahí. «Tú me ves a mí ahorita que estoy en alta, para acá, para allá, y hasta se me olvida que estoy buscando a mi chamo», cuenta. «Y después caigo en cuenta de que yo soy parte de la tragedia».

Ambas torres de las residencias Belo Horizonte se partieron de manera similar: del piso 11 hasta el 16 cayeron a un lado de las respectivas estructuras, y en los pisos cinco y seis recibieron el peso de cinco plantas superiores cuando colapsaron y se plegaron sobre sí mismas. «El piso seis recibió lo que es 11, 10, nueve, ocho y siete. Todos esos aplastaron ese y quedaron comprimidos en el cuatro», explica sobre la torre B donde su hijo vivía con su madre, la expareja de Marcos Souza.

Souza dice haber entrado personalmente al apartamento, luego de abrirse paso con herramientas caseras, y desmantelado el cuarto de su hijo, el de su expareja y la sala, sin hallar los cuerpos. Su hipótesis era que, al momento del sismo, ambos pudieron haber sido lanzados hacia una ventana o haber quedado atrapados en el pasillo, una zona que describe como «sumamente fracturada» por el peso del ascensor caído sobre ella. «Es una lotería», dice sobre la incertidumbre de no saber con precisión dónde buscar, y agrega que la mayoría de los cuerpos recuperados en el edificio ha aparecido cerca de las puertas de los apartamentos o en los pasillos, entre quienes intentaban salir cuando ocurrió el colapso.

«Gracias a los civiles»

Souza atribuye buena parte de los avances en la búsqueda a los vecinos y civiles que se organizaron por cuenta propia, no a las autoridades. Relata que la primera persona rescatada con vida del edificio fue bajada con cables de internet, ante la ausencia de equipos especializados en los primeros momentos. «Fue la primera persona que sacamos viva de aquí y fue la única. Del resto ha sido con uñas, con palitos, con tubitos, con cadenitas», describe.

Su esposa lo ha acompañado en el sitio desde el primer día. Ella ayuda a organizar implementos, hidratación, comidas… y ha tenido que reconocer más de 50 cadáveres. Cuando él ya llevaba más de 20 cuerpos extraídos, todavía no llegaba al de su chamo.

«A los civiles, a los civiles, gracias a ellos. Sin ellos no se hubiera logrado», insiste. Cuenta que ha recibido donaciones espontáneas de herramientas —taladros, rotomartillos, linternas— de parte de personas que no tienen relación previa con las víctimas ni con sus familias. «Ayer llegó un pana con una camioneta queriéndome donar siete rotomartillos, 25 taladros, 50 linternas», relata como ejemplo de esa red de apoyo informal.

El mecánico es duro con la respuesta institucional. Marcos asegura que autoridades y cuerpos de rescate han exigido protocolos que, según él, llegan tarde. «Vienes después de una semana, de dos semanas de este desastre a decirme que tenemos que seguir un protocolo», cuestiona. Según su relato, equipos oficiales han llegado hasta lugares donde un civil ya había expuesto un cuerpo y se han negado a retirarlo de inmediato, alegando procedimientos: «Ya lo tienes ahí. Te hicimos el favor de escarbarlo, ¿por qué no lo retiras?».

Souza relata que, además de buscar en el edificio, recorrió morgues y centros de atención sin un protocolo claro de identificación. En un caso le mostraron fotografías de un cuerpo que pensaban podía ser el de su hijo; no lo era. También llegó a un campamento de desplazados tras un aviso de que su hijo había sido rescatado con vida y estaba allí; tampoco era él.

Cuenta que circularon en redes sociales videos de otros jóvenes con parecido físico a su hijo, lo que generó confusión entre familiares y vecinos, y que él mismo ha desmentido varios.

No se rindió

A pesar del desgaste, Marcos Souza nunca dejó de buscar. «No entro en duelo hasta que no encuentre a los míos», repetía, una frase que —según cuenta— comparte con otros familiares en la misma situación. «Me he ido abriendo paso y hemos conseguido 20, 30, 40 cadáveres y aún no llego a los míos. No puedo rendirme ahorita».

Describe a «Maquitos», de 16 años, como una figura conocida en el edificio. Según cuenta, más de 300 personas lo identificaban por su apodo. «Le mostraba la foto y me decían: ‘No puede ser, pana, este es el catire del (Belo) Horizonte’», relata. Esa misma red de vecinos que conocía a su hijo, dice, es la que sostuvo su búsqueda día a día, con mensajes de aliento sobre lo ágil y hábil que era el joven.

Souza sabe que en algún momento las labores de rescate darán paso a un cambio de fase. «Llegará el momento en que dirán: bueno, hay que empezar a retirar todo. Hay que estar preparado para eso», admite. Pero mientras ese momento no llegue, dice que seguirá en el lugar. «Yo voy a estar aquí dándolo todo, dándolo todo, hermano».

«No me rindo, no me voy a rendir, hermano. No me voy a rendir», repite antes de volver a los escombros.

El viernes 17 de julio, Marcos Souza recuperó los cuerpos de su hijo «Marquitos» y la madre de este. Entonces comenzó su luto.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.


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