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La noche en que un terremoto sacudió a Venezuela: Desesperación y solidaridad en medio de la tragedia

La alerta de sismo de Google apareció en mi teléfono. Levanté la vista y, unos segundos después, el edificio comenzó a moverse.

Ni siquiera me levanté del sofá.

En Bogotá tiembla con frecuencia. Uno aprende a convivir con esos movimientos breves que interrumpen la rutina y luego desaparecen. Pero cuando vi el epicentro entendí que aquel no era un temblor cualquiera. Había ocurrido frente a las costas venezolanas.

Fue entonces cuando dejé de pensar en el sismo y comencé a pensar en mi familia.

Entré al grupo familiar. Nadie decía nada. Llamé. Nadie contestaba. Llamé a mi papá. Tampoco.

Las redes sociales empezaban a llenarse de una palabra que los venezolanos solo habíamos leído en los libros de historia: terremoto.

Recordé inmediatamente aquel de 1812 y la célebre frase atribuida a Bolívar: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.” Cuatro meses después caería la Primera República. La historia siempre encuentra formas extrañas de regresar.

Poco a poco comenzaron a responder los mensajes. Todos aparecieron… menos dos de mis hermanos.

Uno vive en El Junquito. El otro, en La Guaira.

Mi hermano que vive en Estados Unidos logró localizar a mi papá dos horas después. El del Junquito apareció sano y salvo.

Pero del de La Guaira no sabíamos absolutamente nada.

Mientras pasaban las horas empezaron a llegar imágenes aterradoras. Nos decían que estaban incomunicados, sin electricidad, con carreteras destruidas y una situación que muchos comparaban con la tragedia de Vargas, un episodio que dejó en 1999 cerca de 30.000 muertes.

Mi mamá entró en una desesperación imposible de describir.

Llamamos a conocidos. Ofrecimos ayuda. Le pedimos a cualquiera que intentara llegar hasta donde él estaba, entre Caraballeda y Naiguatá. Nadie podía hacerlo. No había paso.

Así comenzó una de las noches más largas que recuerdo.

Rezábamos mientras las redes sociales se convertían en el único lugar donde buscar respuestas. Dormir era imposible.

Del otro lado, el régimen anunciaba un “Estado Mayor de Emergencia” integrado por los mismos de siempre y encabezado por militares cuya experiencia en desastres naturales es comparable con mi experiencia en física cuántica.

Mientras tanto, los países vecinos comenzaban a ofrecer equipos de rescate y ayuda humanitaria. Me sorprendi que Colombia guardara silencio, siendo uno de los primeros países en pronunciarse meses atrás para condenar el “secuestro de un presidente”.

Pero, más allá de la política, había otra realidad mucho más dura.

Personas buscando sobrevivientes con la linterna del teléfono porque los cuerpos de rescate no tenían equipos suficientes. Familias excavando con sus propias manos. Voluntarios organizando centros de acopio porque el Estado simplemente no llegaba.

Al amanecer seguíamos sin noticias. Mi hermano decidió bajar desde Caracas como pudiera para buscarlo. Ya preparábamos la imagen para difundir su desaparición sin que mi mamá lo supiera. Su ansiedad había llegado a un punto que rozaba lo insoportable.

Publicamos la fotografía. Treinta minutos después llegó un mensaje. “Estoy bien. Logré salir. Estoy bien.” Hubo unos segundos de silencio absoluto. Después un grito colectivo que todavía retumba en mi memoria: ”¡Gloria a Dios!”

Nunca unas palabras tan cortas significaron tanto.

Han pasado pocas horas y ya sabemos que esta es una de las mayores tragedias que ha vivido Venezuela en décadas. Un terremoto golpeó a un país que llevaba demasiado tiempo viviendo otro terremoto, uno mucho más lento y prolongado: veintisiete años de deterioro institucional, pobreza, migración, corrupción y abandono.

Los desastres naturales no se pueden evitar. Pero sus consecuencias sí dependen, en gran medida, de la fortaleza de un Estado. Y esta tragedia dejó al descubierto lo que muchos venezolanos llevan años denunciando: construcciones sin controles reales, infraestructura debilitada, organismos de protección civil sin recursos, hospitales incapaces de responder a una emergencia masiva, telecomunicaciones frágiles y una institucionalidad que simplemente desaparece cuando más se necesita.

Lo que está sosteniendo al país no es el Estado. Es la gente, los vecinos. Los voluntarios.

Las iglesias.

Las redes sociales.

Los miles de venezolanos dentro y fuera del país intentando ayudar como pueden.

Hoy una amiga me escribió una frase que no he podido sacar de mi cabeza:

“Es agotador ser venezolano”. Y sí. Es agotador. Porque este pueblo parece no tener derecho al descanso. En muy poco tiempo hemos pasado de la esperanza a la frustración, de la ilusión al miedo, de creer que comenzaba una nueva etapa a enfrentarnos nuevamente con la tragedia.

Pero si algo volvió a demostrar este terremoto es que el venezolano sigue siendo infinitamente más grande que sus desgracias.

Vi una solidaridad que jamás podré olvidar. Más de 2.500 personas me escribieron preguntando por mi hermano, compartiendo su fotografía, ofreciendo ayuda, rezando con nosotros sin siquiera conocernos.

Eso también es Venezuela.

Quizá algún día recordemos este terremoto como hoy recordamos el de 1812: no solo por el dolor que dejó, sino porque marcó el comienzo de algo distinto. No lo sé.

Lo único que sé es que, después de vivir una noche como esta, sigo convencido de que el mayor patrimonio de nuestro país no es el petróleo, ni el oro, ni sus paisajes.

Es su gente.

Que Dios bendiga a quienes ya no están.

Que Dios proteja a quienes siguen buscando a los suyos.

Y que Dios siga bendiciendo el alma del pueblo venezolano.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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