Consuelo Araújo logró que el vallenato entrara a los salones bogotanos y regresara a la plaza Francisco El Hombre como un festival que convoca al poder
Mientras el cañón frío del fusil le apuntaba en la sien, Consuelo Araújo se dio cuenta que Toño, su chofer, tenía razón: no había que parar a saludar a ese retén de falsos soldados. Encañonados los bajaron de la camioneta blindada. Consuelo reconoció que habían sido retenidos por el frente 59 de las FARC, comandado por su antiguo vecino Juvenal Ovidio Ricardo Palmera Pineda alias “Simón Trinidad”.
Consuelo Araújo nació el 1 de agosto de 1940. Fue la menor de los nueve hijos del matrimonio entre Santander Araújo y Blanca Noguera.
Como acostumbraba durante las jornadas del segundo Festival Vallenato, Consuelo Araújo se destacó por su carácter y su inmenso liderazgo al frente del evento que ella había fundado en 1968 para reemplazar las fiestas de la Virgen del Rosario. Ese valor inspiró al periodista Hernando Giraldo, quien la bautizó como “La Cacica” y así se quedó para siempre.
Cuando los secuestradores se dieron cuenta de que justamente se habían topado con ella y no con cualquiera, le dieron la orden de que siguiera su camino, pero sin los escoltas. Araújo se negó rotundamente a irse sin los hombres que fielmente le habían cuidado la espalda durante años.
Ante la resistencia de “La Cacica”, los guerrilleros le pasaron un uniforme camuflado para disimular el vistoso vestido color mandarina que ella se había puesto ese día para asistir a la misa de la Virgen de las Mercedes, su patrona. El único que se libró del secuestro fue José Antonio “Toño” Ortiz, quien en cuestión de horas regó la noticia de que Consuelo Araújo había sido retenida en la carretera entre Patillal y Valledupar.
El entonces presidente Andrés Pastrana, amigo cercano de “La Cacica”, quien además la había nombrado ministra de Cultura en el año 2000, inició una operación de rescate a gran escala que incluyó desembarcos aéreos y un cerco terrestre en las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. El primer día, los guerrilleros se llevaron a los secuestrados a orillas del río Guatapurí, donde pasaron la noche ingenuamente, sin sospechar que al otro día el Ejército les iba a estar respirando en la nuca.
La huída desesperada
Con los militares pisándoles los talones, los guerrilleros caminaron en sentido opuesto al cauce del río, en dirección a la Sierra Nevada. Caminaron todo el día. El miedo hizo que los guerrilleros persistieran por quince horas en el desesperado ascenso que ya le había ampollado los pies a “La Cacica”. Mientras tanto le pusieron precio al rescate: cinco millones de dólares para liberar a la mujer. La familia Araújo se negó.
Como era de esperarse, Consuelo Araújo, acostumbrada desde niña a desobedecer las normas que le imponían, se enfrentó a los guerrilleros. El panorama se contrajo, estaban encerrados por los militares. Los días desgranaron todas las horas y los guerrilleros se dieron cuenta que secuestrar a una de las mujeres más importantes del pais había sido un error monumental.
El secuestro de Consuelo Araújo agotaba la paciencia de Andrés Pastrana, quien desde que empezó su gobierno estuvo intentando dialogar con las FARC, accediendo a algunos deseos de los guerrilleros, liderados por Manuel Marulanda Vélez alias “Tirofijo”, como la zona de distensión en El Caguán, un territorio igual de grande a Suiza donde no había ni un solo militar.
Los últimos minutos de vida
En su corto cautiverio, Consuelo Araújo escribió en una agenda: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. El desasosiego aumentó con los largos peregrinajes a través de la selva espesa de la Sierra. Al quinto día llegaron a La Nevadita, un caserío con chozas de techo de paja y paredes de barro que dejaban ver por la entrada sin puerta que allí no vivía nadie.
Entra la inquietante quietud del lugar, los guerrilleros le pegaron dos tiros a Consuelo Araújo con los que le destrozaron el cráneo. Según declararon en la JEP, 18 años después del asesinato, los subversivos no tenían ninguna orden de dispararle a “La Cacica».
A los dos días del asesinato, el 2 de octubre de 2001, la familia Araújo recibió el cuerpo de Consuelo. Su mano derecha aferraba un mechón de pelo que no era de ella. María Mercedes, la única hija mujer de Araújo, recibió el cuerpo de su madre y lo arregló para llevarlo hasta su última morada en el Cementerio Central de Valledupar, donde reposa actualmente con el epitafio que ella irónicamente dejó escrito en vida meses antes de su partida: “Aquí yace Araújo Noguera, de pie, como vivió su vida”.
Un legado que no muere
Los organizadores del Festival de la Leyenda Vallenata dicen que el evento sigue funcionando como si aún recibiera las órdenes de su matrona. Y no es para menos: Consuelo Araújo no solo fundó en 1968, junto al expresidente Alfonso López Michelsen y el maestro Rafael Escalona, uno de los eventos más importantes del país, donde se han tejido poderosas alianzas políticas entre whisky y acordeones, sino que también logró que el vallenato, esa música de campesinos de la Sierra, se convirtiera en un símbolo nacional que hoy escuchan todas las clases sociales, desde los más jóvenes hasta los más viejos.
Otra de sus múltiples hazañas fue cuando, aliada con la entonces directora de Colcultura, Aura Lucía Mera, durante el gobierno de Belisario Betancur, conquistaron con cumbia y vallenatos de los Hermanos Zuleta el imponente palacio en Estocolmo donde Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura el 10 de diciembre de 1982, rompiendo todos los estándares acartonados de aquel evento.
La paz nunca alcanzada
A raíz del asesinato de La Cacica, el entonces presidente Andrés Pastrana anunció mayor vigilancia en la zona de distención y prorrogó hasta el 20 de enero de 2002 la vigencia del área neutral. Todos los intentos de una negociación con el grupo armado ilegal se acabaron el 20 de febrero de 2002 con el secuestro del senador Jorge Eduardo Gechem.
Finalmente, alias “Simón Trinidad”, uno de los intelectuales de Valledupar, profesor de Economía de la Universidad Popular del Cesar, y quien que se había unido a las filas de las FARC a raíz del exterminio de la Unión Patriótica, partido donde militaba, fue capturado y extraditado a Estados Unidos en 2004 por múltiples delitos, entre ellos el magnicidio de su vecina, “La Cacica” Consuelo Araújo Noguera.
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