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El Cristo Mutilado de Bojayá: Símbolo de Resiliencia y Patrimonio Nacional

Además de simbolizar el dolor del pueblo chocoano, que perdió a 102 personas inocentes en un cobarde combate, su valor como talla en madera lo elevo a esa categoría.

Cuando el sacerdote Antún Ramos, un negro de casi dos metros de estatura, abrió los ojos, los pedazos de brazos y piernas de sus feligreses se confundían con los escombros de su pequeña iglesia.

Apenas se recuperó de la breve sordera provocada por la explosión, se puso a sacar a los heridos y a enterrar a los muertos que se descomponían con fogosa brevedad. Un hilo de su propia sangre le bajaba por la frente.

Sin las piernas y sin los brazos de yeso -pero con el rostro y el torso intactos- se tropezó con el Cristo al que los habitantes de Bellavista, cabecera municipal de Bojayá, le habían susurrado sus plegarias durante años.

La figura tenía puesta su mirada en el Inmaculado Corazón de María, el cual sostenía una pared del templo. Ramos tomó al Cristo Mutilado y le puso un pedazo de teja para protegerlo del torrencial aguacero que caía sobre esa tierra olvidada por Dios.

Ante la llegada de 200 paramilitares a Bellavista, los llamados desesperados de la ONU y la Iglesia Católica no se hicieron esperar, pero las fuerzas militares nunca enviaron tropas para proteger a los civiles.

Como un pastor que dirige un rebaño de ovejas, el sacerdote sacó a 119 heridos en una panga usada para transportar bananos. El combate no se detuvo ni ante los macabros estragos que dejó la explosión de la pipeta de gas lanzada fallidamente por los guerrilleros de las FARC a los paramilitares que, cobardemente, usaron como escudo a la población civil.

El Cristo quedó abandonado en la mitad del fuego cruzado junto a Minelia, la mujer que se encargó de organizar las partes dispersas de los cuerpos para facilitar su reconocimiento.

La comunidad decidió no restaurar la imagen para que sus heridas reflejen de forma permanente la mutilación física y psicológica que sufrió el pueblo de Bojayá.

A los pocos días, el sacerdote regresó a Bellavista. Apenas vio al Cristo tal cual como lo había dejado, pensó en llevárselo para su casa, pero consideró que eso era algo demasiado egoísta de su parte. Entonces, lo llevó hasta Vigía del Fuerte, donde los heridos recibían atención y lo entregó a la Agustinas Misioneras, quienes le brindaron primeros auxilios.

Tras lo sucedido, el general Mario Montoya, quien años después se vio forzado a renunciar a la Embajada de República Dominicana luego que el jefe paramilitar Don Berna lo señala como responsable de la Operación Orión, dijo que la masacre de Bojayá era un atentado terrorista de las FARC contra la comunidad, versión que el sacerdote Ramos se dedicó a desmentir con la misma entereza con la que salvó a su gente herida y al Cristo mutilado.

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Por su parte, el gobierno del entonces presidente, Álvaro Uribe, gestionó la reconstrucción del pueblo que fue rebautizado como Nueva Bellavista y se encuentra a dos kilómetros del antiguo Bellavista. El nuevo pueblo también estrenó la parroquia San Pablo Apóstol, el mismo nombre que la que quedó destrozada por la explosión de la pipeta de gas.

En la parroquia del nuevo pueblo se hizo un nuevo altar para el Cristo mutilado. La comunidad bojayaseña atesoró las dos figuras como la memoria viva de su tragedia y su dolor.

El Cristo ha sido custodiado, sanado y cuidado de forma colectiva por la propia comunidad de Bojayá, con un rol fundamental de las mujeres sabedoras, cantadoras de alabaos y tejedoras del municipio.

Desde entonces, son pocas las veces que el Cristo mutilado ha salido de su nueva casa. Cada 2 de mayo, las víctimas de Nueva Bellavista lo bajan de su altar para que se una a la conmemoración de la tragedia. En 2017, lo llevaron hasta Villavicencio para que se encontrara con el papa Francisco, quien hizo una oración frente a la figura.

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Más allá de la explosión, un camino de cuidados

Pese a los cuidados de la comunidad de Bellavista, el Cristo que sobrevivió a la masacre empezó a ser devorado por la humedad del Pacífico. Las hermanas Agustinas contrataron a Fernando Cuellar, el único que se le midió a la restauración de la figura religiosa, con la única condición de que no debía reconstruir la pieza, sino hacerle un tratamiento para su conservación.

Tras la restauración, el Cristo fue guardado en una urna de cristal. Hasta hace poco regresó a Bogotá. Esta vez no al taller de Cuellar, sino a los laboratorios de la Universidad de Los Andes. El motivo del viaje fue que el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural emitió concepto favorable para que el Ministerio de Culturas declare al Cristo Mutilado y al Inmaculado Corazón de María de Bellavista como Bienes de Interés Cultural.

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El proceso fue apoyado por el Laboratorio de Estudios de Artes y Patrimonio (LEAP), a cargo del profesor e investigador Mario Omar, quienes realizaron el análisis científico sobre los materiales y el estado de conservación de las imágenes religiosas.

Las radiografías aportaron información clave sobre los materiales, uniones y afectaciones de las imágenes.

El estudio recogió la historia material del Cristo. De ese modo, se descubrió que tenía recubrimientos orgánicos de consistencia cerosa y los investigadores encontraron que los creyentes y las guardianas del Cristo le han aplicado al objeto religioso diferentes aceites.

Declarar al Cristo y al Inmaculado Corazón de María como Bienes de Interés Cultural les darían unos estatutos de protección legal que, entre otras cosas, los convierte en bienes inalienables, imprescriptibles e inembargables. Además, se garantiza que se respeten sus marcas o deterioros de origen (como la mutilación).

De esta manera, dichos objetos religiosos continuarán siendo un par de testigos mudos de la masacre, cuya memoria sostiene la dignidad y la memoria del pueblo de Bellavista, Bojayá.

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