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El béisbol venezolano: un respiro en tiempos difíciles y la lucha por el reconocimiento colectivo

Edmundo González Urrutia hizo una reflexión breve y acertada sobre el campeonato mundial que acaban de ganar nuestros peloteros: “El béisbol nos dio un respiro”, dijo. Fue así, exactamente. La hazaña de los jugadores nos sacó por un tiempo breve del purgatorio. Permitió el desentierro de un orgullo gregario que tenía tiempo sin manifestarse y nos acercó a las mieles de la victoria que no saboreábamos desde hace décadas, pero ese fue el límite del regocijo, porque no nos atrevimos a otras manifestaciones capaces de presentarnos como parte de un laurel que no podíamos considerar como propio, o como legítimo, sino apenas un poco. Conviene reflexionar sobre el asunto, después del día feriado que decretó la empleada de Miraflores para que disfrutáramos la rumba sin motivos afincados en la realidad.

Colmamos las calles de ciudades y aldeas para celebrar en sentido multitudinario, hasta el punto de que algunos pensaran en la posibilidad de aprovechar las glorias del diamante para mover las olas de la política, pero no sucedió. La alegría beisbolera pudo terminar en presiones para el interinato y en protestas por la permanencia casi plena del madurismo después de un bombardeo imperial, pero no fue así. Pese a que tal vez no hubiera una oportunidad más calva en el panorama, una ocasión tan estelar para aprovechar las aglomeraciones con el objeto de presionar a los manipuladores de la transición, nadie se salió del libreto deportivo. El béisbol se mantuvo en el estadio y las gradas fueron comedidas, quizas debido al temor de los aficionados, todavía frenados por la represión del madurismo, o también debido a la falta de un derecho o de un pretexto cabal para solicitar cambios.

¿De qué derechos y de cuáles pretextos se trata? Cualquier respuesta puede ser aventurada en medio del mar de banderas tricolores que ha batido el aire en estos días, pero hay una que salta a la vista y a la cual se puede acudir ahora para distinguir o clasificar los esfuerzos colectivos. Desde luego que estamos ante un triunfo venezolano y, además, que es habitual que los deportes, en especial uno tan popular en Venezuela como el béisbol, produzcan un fervor desenfrenado y una apasionada compenetración. Solo que, en la ocasión que ahora nos incumbe, no estamos ante una realización nacional ni ante una obra colectiva, sino frente a la empresa de un grupo excepcional o selecto de venezolanos. Es cierto que ganó Venezuela un campeonato mundial de béisbol, y eso debemos afirmar para justa vanagloria, pero también es cierto, súper cierto e irrebatible, que en realidad ganó un grupo de venezolanos. Un grupo numéricamente pequeño, pero lo suficientemente brillante y esforzado como para que, en medio de la festividad de rigor y del asueto absurdo obsequiado por el gobiernito, separemos el grano de la paja.

De esa separación se llega a una conclusión elocuente e irrebatible: en la actualidad existe un grupo de venezolanos que puede llegar a la cúspide debido a sus esfuerzos, a un empeño y a un compromiso excepcionales en torno al ejercicio de una profesión, gracias a cuyo ejercicio se convierten en figuras que trascienden lo privado para convertirse en ejemplo colectivo. Sería una necedad no asociarse a las hazañas que han llevado a cabo, desde luego, pero asumirse como parte de ese género singular sería no solo una exageración, sino también un abuso. Son criaturas del mismo vientre, pero no llegaron a la cima por una cuestión de maternidad, sino por esfuerzo propio. Si consideramos que la mayoría de ellos proviene de capas humildes de la sociedad, se hace más digno de aplauso y de paradigma el tramo que debieron hacer para que hoy nos aprovechemos de unas obras en las cuales solo invertimos el fanatismo deportivo y los billetes para aplaudirlos o para gritarles en el estadio.

El béisbol nos ha dado “un respiro” en medio de situaciones que cada vez se tornan más insoportables, como afirmó el presidente electo, pero también porque permite que sintamos, si tenemos un momento de lucidez, que sus protagonistas son incomparables frente a la inmensa mayoría de quienes no hemos podido atender el desafío de vivir con decoro frente a los tirones de una tiranía que debería estar en el cementerio, pero que sigue tan campante en las alturas debido a nuestra abulia, a nuestra indiferencia. De allí que no termine hoy pidiendo vivas para un deporte entrañable, sino únicamente para un grupo excepcional de venezolanos.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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