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El Arrepentimiento de Delcy: Un Análisis Profundo de Convicciones y Cambio en la Pol⌊tica Venezolana

No tiene sentido negar la existencia del arrepentímiento. Un suceso individual y colectivo que ha estado presente desde el inicio de la historia y del cual existen numerosas evidencias. Como personas, pero también como sociedades, en un momento determinante, y seguramente supremo, sobreviene una necesidad de corrección que implica la confesión de errores anteriores de los cuales conviene alejarse por convicción, o porque no queda más remedio.

Sobre el asunto existe también un peso religioso. Sobre todo entre cristianos, a quienes se enseña la necesidad de abominar de los pecados cometidos para encontrar el camino de la salvación eterna.

El arrepentimiento parte de la confesión o del descubrimiento de faltas anteriores. También de una demostración de la voluntad o la obligación de no cometerlas de nuevo. La corrección de la conducta, que viene siendo un testimonio contundente de arrepentimiento, demuestra la voluntad de alejarse de fallas o errores antecedentes que no solo han originado perjuicios individuales, sino también, en no pocas ocasiones, males o daños colectivos.

La historia está llena de tales predicamentos. Sin juzgar sobre la honestidad o la convicción de los arrepentidos, pero también partiendo de sentir que no se ha sido fiel a determinados principios o a ciertos mandamientos que tienen trascendencia. En consecuencia, el arrepentímiento, especialmente el sincero, parte de reconocer una traición a ciertos principios primordiales.

Y aquí llegamos a la necesidad de negar la existencia del arrepentimiento si no guarda relación con esos principios primordiales. Esto es, con ciertas convicciones superiores que las civilizaciones han creado a través del tiempo, y que se convierten en guía respetable o también insustituible de una vida, de la humana peripecia que tiene una obligación de limpieza o una necesidad de fidelidad con lo fundamental o lo esencial de ellos como prueba de autenticidad.

No pocos dramas de la vida privada y de la vida pública han girado en torno al pugilato entre las convicciones superiores y la conducta general y particular de las personas. De lo cual se desprende que no se toca ahora un asunto trivial, sino todo lo contrario. Pero no se trata ahora de escribir un tratado sobre el asunto, que sería trabajo de filósofos y moralistas, sino apenas de relacionarlo con el hecho de que no puede existir arrepentímiento en el caso de Delcy Rodríguez, «presidenta encargada» de la república, cuando anuncia que está cambiando de conducta para beneficio nacional.

Porque el arrepentimiento a través del cual se llega hasta el estreno de conductas inéditas, hasta debuts inimaginables en el pasado reciente. Hasta mostrarse un sujeto distinto por dentro y por fuera como por obra de un milagro; o hasta ser diverso de veras pese a que la apariencia externa permanezca idéntica, solo sucede cuando parte de la base de las convicciones superiores que se aludieron en el párrafo anterior, cuando existieron ciertos valores que fueron fundamento de la existencia desde etapas infantiles o juveniles, o que se aprenderno o estimaron a través de procesos intelectuales.

Pero, ¿qué pasa cuando tales principios, tales patrones, apenas se barruntaron en su oportunidad, o brillaron por su ausencia? Pasa algo muy simple o sencillo: el arrepentimiendo no forma parte de una decisión vital, o es apenas un subterfugio.

Como no parece, porque no ha saltado a la vista, que la señora haya sentido pena por los jefes y los compañeros que ha dejado en el camino, o que se haya estremecido en lo más mínimo por mudar del todo los principios que antes profesaba y divulgaba, pero que ahora oculta y calla como si no hubieran existido; o que haya cambiado de patrón por el antípoda del mandamás anterior como si solo se mudara un camisón de última moda, lo menos que un escribidor puede pensar, aun el más superficial que ahora está frente a la computadora, es en cómo el arrepentimiento no le quita el sueño o, peor todavía, es apenas para ella el asunto más superfluo del mundo.

No es un tema trivial este que les dejo, después de tocarlo apenas en su superficie, debido a que se supone que vivimos un período de transición que debe moverse por una primordial necesidad de cambio, esto es, por la aparición de conductas realmente novedosas y atrayentes. Mucha atención, porque mañana los arrepentidos podemos ser muchos.

Lectura recomendada Maromeros del siglo XXI

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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