La guerra en Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz impactarían el mercado mundial del petróleo y del gas del que depende el país.
Las tensiones en Medio Oriente han puesto al mercado energético global en un estado de alerta. No solo por su efecto directo en los precios del petróleo y el gas, sino porque también reconfiguran las oportunidades para otros productores fuera de la región.
La clave está en una ruta estratégica: el Estrecho de Ormuz, por donde circula una parte fundamental del suministro global.
“Por el estrecho de Ormuz pasa aproximadamente el 20% de todo el petróleo que consume el mundo… y cerca de un 35% del gas natural licuado. Si se llegara a interrumpir —aunque sea parcialmente— la logística, el impacto sobre los precios y la disponibilidad energética sería enorme”, explica el ingeniero petrolero Jorge Miroslav Jara Salas, quien tiene más de 30 años de experiencia en la industria a nivel global.
Una crisis prolongada no solo encarece la energía, sino que puede desatar efectos macroeconómicos y presiones inflacionarias globales si los altos precios persisten durante años.
Medio Oriente concentra casi el 50% de las reservas petroleras globales, lo que lo convierte en un actor estructural del sistema energético. Su menor participación en el mercado solo se compensaría si otros productores pueden ampliar su oferta de manera confiable.
Según Jara Salas, “los países importadores se ven perjudicados, mientras que los exportadores fuera de la región pueden beneficiarse por el aumento de precios o por mayores volúmenes exportables”.
Eso abre oportunidades importantes para varios países latinoamericanos.
Venezuela tiene uno de los mayores volúmenes de reservas probadas del mundo —más de 303 mil millones de barriles, en su mayoría crudo pesado y extrapesado— y una posición geográfica favorable para exportar al mercado norteamericano. Esto podría reforzar su rol como proveedor estratégico en el corto y mediano plazo, según la visión de Jara Salas.
Aunque la producción actual está lejor de su máximo potencial, el experto proyecta que en 2027‑2028 Venezuela podría consolidarse como un actor energético relevante si se aprovecha la ventana de oportunidad.
Para Colombia, la situación es diferente. El país es exportador neto de petróleo, con reservas probadas equivalentes a unos 7,2 años de consumo interno, gracias a los recientes incrementos y a la reposición de reservas a través de proyectos de recobro mejorado.
Sin embargo, en gas natural la realidad es más compleja. El país ha presentado una tendencia de producción menor a la demanda, y se ha visto obligado a importarlo para atender su consumo —inclusive desde Estados Unidos—, lo que ha aumentado su exposición a los precios internacionales del gas.
Durante la conversación, Jara Salas señala que Colombia podría enfrentar efectos mixtos:
Menos impacto del petróleo: los cambios de precio del crudo podrían tener un efecto menor en los combustibles al consumidor, dado que Colombia ya produce y exporta una parte de su petróleo.
Mayor impacto del gas: el país depende de importaciones de gas para cubrir entre el 20% y el 25% de su demanda, lo que puede traducirse en mayores costos domésticos si los precios globales suben. Esta situación se refleja en el aumento de tarifas y la pérdida de autosuficiencia.
Además, existe un potecial de cooperación energética entre ambos países: Colombia cuenta con un gasoducto binacional (Antonio Ricaurte) que, si se readecuara, permitiría importar gas venezolano y aliviar presiones de oferta. Aunque ese proyecto todavía requiere inversiones, aprobaciones de cumplimiento y acuerdos técnicos, podría transformar el panorama energético colombiano.
Los movimientos de precios no son el único efecto de la crisis en Medio Oriente. La presión actual recuerda que ningún país es completamente autosuficiente en todos los pilares energéticos, y que las fuentes fósiles siguen siendo esenciales para industrias estratégicas.
La evolución reciente del mercado —con aumentos de precio del crudo y del gas tras los eventos regionales— refleja la fragilidad del equilibrio entre oferta y demanda, así como la interdependencia de mercados globales. Esto ofrece una señal clara para países importadores: diversificar proveedores, fortalecer la producción interna y construir infraestructuras resilientes puede mitigar riesgos futuros.
Como resume Jara Salas, el conflicto revela que “la energía es política, economía y geografía al mismo tiempo”. Entender esa triple dimensión —y adaptar políticas energéticas coherentes— será crítico para que países como Colombia no solo absorban los shocks externos, sino que encuentren oportunidades dentro de los cambios globales.
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