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Trump: El Demonio de las Angustias en Venezuela y la Búsqueda de Cambio Político

Si un demonio hubiera tenido el encargo de escoger un personaje con el propósito de elevar al máximo la angustia de los venezolanos, habría sacado de su diabólico baúl a un muñeco llamado Donald Trump. “Este catire me sirve”, se hubiera dicho.

Buen cumplidor, Trump juega de maravillas su papel angustiante, como el demonio sabía que iba a hacerlo. Y así nos trae de aquí para allá y nos pone a devanarnos los sesos sobre cuáles serán sus verdaderos propósitos, si los mantendrá, si la interina logrará convencerlo —seducirlo— de que ella le garantiza todo lo que él quiera por los siglos de los siglos. Así, por ejemplo, escenifica el presidente un verdadero romance con la interina, divirtiéndose, como servidor del diablo que es, pensando en cómo le enreda la vida con cada declaración de amor. A los demás nos pone los nervios de punta, mientras nos preguntamos: “¿Será en serio? ¿Viste lo que dijo? Ya se olvidó de la premio Nobel, el muy bicho. Nos lo suponíamos: el petróleo es lo suyo. ¿No se acuerdan?: cuestión de azufre”.

Y la verdad es que no. El demonio escogió su muñeco, pero él tampoco sabe bien qué es lo que su títere, por su parte, quiere. Lo escogió porque nadie es más angustiante que él y puesto que ese era el encargo. Ya nuestro hipotético demonio hizo su trabajo y nos hizo la maldad: “Venezolano de mi alma, te vas a angustiar de lo lindo. Ahora ve tú cómo te las arreglas, porque yo tampoco sé lo que quiere”.

La historia de la angustia es larga: los barcos, el Iwo Jima, el portaaviones, los drones dando vueltas, las visitas al Caribe, los ejercicios en Puerto Rico. ¿Hará algo? ¿Cuándo? Qué va. Puro bluff. El 3 de enero. Allí empieza el siguiente capítulo de la telenovela de las angustias. La interina sustituye a Maduro como el nuevo foco de incertidumbre.

Es una ociosidad angustiarse tanto. Nunca, nunca, nunca hay que tomar lo que diga Trump como si fuera lo que de verdad piensa. Tengo para mí un axioma: en política nunca hay la última máscara. El político siempre está enmascarado, y cuando crees que —puesto que te habló con lágrimas en los ojos y te dijo “mi hermano”— ya se quitó la última máscara ante ti, te engañas. Le queda otra y, debajo de esa, otra más. Y si eso es así en general, cómo será con Trump, el hombre de las máscaras sin fin.

Trump siempre está enmascarado, siempre está haciendo jugadas. Todo lo que hace y dice es una jugada en un juego de ajedrez que solo él conoce. Y así como no hay la última máscara, tampoco hay la última jugada. Esa solo la conoce él… y, si acaso. Decir que adora a la interina es una jugada; decir que Machado lo impresionó, otra. Por eso hace y dice tanto disparate: son jugadas. A veces salen caro, eso sí. Pero allá —se dirá él— los que se las tomen tan en serio y se peleen por el hueso de una correcta interpretación, o los que crean saber que esta vez no se trata de jugadas. En verdad, el que eso ocurra forma parte esencial de la jugada misma.

Así que no nos devanemos los sesos tratando de saber si el catire ya no tiene más máscaras o si hizo su jugada final, o si la que hizo lo obliga a alguna otra como su secuela inevitalbe; tratando de saber si lo que dijo es en verdad síntoma de algo o si solo lo dijo, diabólicamente, para divertirse en los torneos de interpretación a los que se va a entregar el enjambre de politólogos, analistas y periodistas. Saben él y su demonio que esa es la receta infalible para una pena que ha de ser de las peores: la pena de la angustia eterna.

Mientras todo ello ocurre, mientras nos consumimos en la angustia y mientras el Gran Arlequín del Norte, “al recordar sus vastos planes / y recorrer sus puntos y sus comas”, como diría Rubén Darío, hace sus travesuras, dice sus provocadoras frases y cavila en su próxima jugada, nosotros los venezolanos corremos el mayor de los riesgos: olvidarnos de nosotros mismos.

Porque, en realidad, el primer actor de todo esto hemos de ser nosotros: la inmensa mayoría de los venezolanos que, partidarios del gobierno incluidos, queremos que en Venezuela haya un cambio político democrático.

Sean cuales sean el juego de máscaras que el hombre de Mar-a-Lago tenga en su cajón, el repertorio de jugadas que tenga dispuestas para su extenso tablero planetario y el número de piezas de recambio que tenga para cuando le “coman” un peón, los venezolanos tenemos unas tareas que cumplir, las que nos aseguran los mejores resultados hagan lo que hagan los demás.

Si las hacemos, las máscaras, las travesuras y las jugadas tendrán progresivamente menos ocasiones y menos espacios para decirse y desplegarse, y nosotros menos tiempo para devanarnos los sesos tratando de adivinar lo inadivinable. Es lo que está a nuestro alcance y es, a la vez, lo que no podemos dejar de hacer.

Una de esas tareas es la estelar, y mucho nos dará de qué hablar: la presión constante, activa, inconforme, impaciente para que, tan pronto como en verdad se pueda, se hagan unas elecciones capaces de producir un gobierno que responda a la soberanía popular y para que la marcha hacia ellas sea un dato visible e irreversible desde ahora mismo.

Periodistas

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