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Búsqueda Nocturna en La Guaira: La Dedicación de Voluntarios ante la Tragedia del Terremoto

Los terremotos del 24 de junio en Venezuela dejaron -hasta el 6 de julio- una cifra preliminar de 3.342 muertos y 16.840 heridos, con daños severos en el litoral central. A 13 días del sismo, brigadas de civiles y familiares asumen la búsqueda nocturna en los bloques colapsados de La Guaira ante la falta de maquinaria pesada y la retirada de los cuerpos de ayuda internacional. TalCual pasó 12 horas, durante la noche y hasta el amanecer, junto a los topos voluntarios documentando las labores de rescate.

“En cuestión de minutos se puede ir una vida”, dice un joven mientras se limpia las gotas de sudor que le ruedan desde la frente hacia los ojos. Acaba de ver cómo un grupo de rescatistas decide marcharse de una de las edificaciones conocidas como OPP -Obras Públicas Presidenciales-, con la promesa de retomar las labores a la mañana siguiente para “no poner en riesgo” su propia integridad. Son las 11:30 de la noche.

El joven es Diego Romero, un flautista oriundo de Barquisimeto que llegó al lugar para buscar animales con vida.

Desconoce cuántas horas lleva entre las ruinas. No busca a nadie en específico, su único propósito es sacar, “con o sin vida”, a todas las personas y mascotas que pueda.

Diego Romero llegó desde Barquisimeto a ayudar a rescatar personas de los escombros. Foto: Lucía Fernanda Ramírez

Para los “topos voluntarios” detenerse no es una opción. Son vecinos que buscan a sus parientes o civiles que viajaron desde otros estados para ayudar. Mientras los equipos de salvamento oficiales paran durante la noche, este grupo sigue frente a las placas de concreto. Insisten en que necesitan una guía que les diga qué hacer, dónde no tocar o cómo golpear sin correr peligro.

En medio de la oscuridad de la madrugada, Diego escucha dos golpes mientras excava dentro de la torre D de la OPP 27, en Caribe.

“¿Hola? Si hay alguien con vida, por favor, vuelve a golpear”. Tres impactos contra un metal suenan de nuevo. El ruido se repite dos veces más.

Al salir, Karina Martínez insiste en que se trata de su hija Ashley, de 17 años. Afirma que la adolescente se encontraba dentro de una bodega de la estructura.

Desde las 11:30 p.m en adelante ya se han sumado funcionarios de la Unidad Contra Secuestro y Extorsión del estado Aragua enviados por “una orden”. Trabajan “con todas las ganas”, pero acudieron sin apoyo logístico.

Los uniformados se integran y excavan sin descanso, pero chocan con la misma limitación que frena a los demás: la falta de maquinaria pesada. Critican la carencia hablando bajo. Saben que ser escuchados es un riesgo que puede costarles el cargo.

*Lea también: El aparato represivo no se frena en medio de la emergencia por los terremotos

En el sitio nunca hacen falta bebidas energizantes, hidratación y alimentos. También las risas, un insumo interminable que les hace tener más fuerzas.

“Hay quienes nos han dicho que por qué nos reímos, pero ¿Qué más vamos a hacer? Tenemos que darnos ánimo”, cuenta uno de ellos. “El venezolano es así”, complementa.

Diego no cuenta con presupuesto. Junto a sus compañeros solo tiene picos, palas e implementos básicos. Las herramientas pesadas para mover mampostería o cortar vigas siguen sin llegar, a pesar de haberlas solicitado.

El doblete sísmico del pasado 24 de junio fracturó a Venezuela. El balance oficial del Gobierno ya acumula 3.342 muertos y 16.840 heridos. En el litoral central el impacto de los dos terremotos destruyó zonas enteras en las que ahora se observan las ruinas de estructuras que colapsaron en segundos.

Este lunes 6 de julio se cumplen 13 días de búsqueda continua en La Guaira. Aunque los familiares ven cómo algunos cuerpos de rescate internacionales ya se marchan del país, la esperanza sigue intacta. Perderla no es una opción, mucho menos ahora, cuando todavía logran sacar a personas con vida de los escombros.

Aprovecharse de la crisis

El avance se frena al intentar sacar una nevera que bloquea el local comercial. Más de diez hombres jalan con una cuerda, sin éxito. Prueban amarrándola a una camioneta, pero tampoco lo logran. Necesitan herramientas mayores y solo tienen sus manos.

En el lugar, el dolor convive con la miseria. Varias familias reclaman que hay personas cobrando hasta 1.000 dólares por el uso de maquinaria.

A las 3:03 de la madrugada del 3 de julio se acerca Enzo González, un rescatista independiente. Tras inspeccionar la escena, les advierte que si intentan tumbar una de las bases cercanas a donde creen que hay vida, toda la estructura puede colapsar. Promete ubicar equipos al día siguiente para sacar el aparato, pero el grupo no quiere esperar.

Dos horas después, un tío de la adolescente se mete a relevar a los voluntarios. La hermana de Ashley entra en crisis al creer que la edificación va a caer y que su esposo puede morir adentro. Se desmaya. El hombre se ve obligado a salir.

A las 6:30 a.m. llega la Unidad Militar de Emergencia (UME) de España con sus perros. Piden silencio total. “A partir de ahora, nadie habla. No pueden dar ni un paso”, vociferan para evitar que el ruido interfiera con el rastro. Una hora después, salen: “No se detectó nada”.

Diego se niega a detenerse. “Yo sé lo que escuché. Yo no estoy loco. Yo dormí bien”, dice tras buscar por siete horas seguidas.

Karina García, mamá de la adolescente, observa a los especialistas españoles que intentan consolarla antes de despedirse. Ella no se mueve ni dice nada. Solo mira la entrada donde los hombres trabajaron toda la noche.

“Con vida o sin vida, vamos a sacarla”, le dice un funcionario.

“Yo sé que mi hija está viva. Tengo mucha fe en Dios porque todas las veces que me he rendido, él me ha dicho que no lo haga. Eso es algo que ni mi familia me entiende. Dicen que aquí me voy a enfermar, pero lo que está allá dentro es mi hija. Yo la parí. Dios me la regaló y no me la va a quitar”, expresa entre lágrimas, aferrada a un Nuevo Testamento.

Seguir el instinto

“Vamos a seguir nuestro instinto porque los españoles dijeron que no detectaron nada, mas no que no había vida. Nos dijeron que corremos el riesgo de que colapse la estructura, pero en nombre de Dios”, dice Diego.

Cada vez que un equipo pide silencio, la esperanza aparece y se disuelve minutos después. Las noches en el litoral mezclan la ilusión con los llantos de quienes ya no aguantan el dolor en los campamentos improvisados, interrumpiéndose solo cuando sacan un cadáver.

En la torre A, también colapsada, Angello Gómez busca a su papá, a su madrastra y a su hermanastro, quienes estaban en el piso 3.

“Tenemos aquí como tres días. Estábamos desde abajo buscando, pero estaba muy difícil. Ya con ellos aquí que nos están apoyando con los taladros, plantas y luces, lo vamos a hacer”, dice. No se detiene durante las noches; solo sube a su casa a asearse y regresa.

Desde arriba, donde los voluntarios abren túneles, la desesperacion domina el ambiente. Las posibilidades disminuyen con los días, pero todos quieren encontrar a los suyos con vida.

Otras personas reconocen que sus parientes están muertos, pero se niegan a dejarlos sepultados entre los escombros.

Alrededor solo quedan la destrucción y las siluetas de las personas que no paran. Muchos rescatistas usan los mismos escombros para recostarse a dormir un par de horas antes de continuar.

Allá arriba nadie se baja. Mientras las plantas eléctricas sigan encendidas, los topos continuarán excavando en la oscuridad de La Guaira, “hasta que el cuerpo aguante”.

*Lea también: Escuelas afectadas esperan inspecciones y MinEducación guarda silencio sobre los daños

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

rpoleoZeta

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