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Nicolás Valencia: De niño que soñaba con la Fórmula 1 a ingeniero en Mercedes Benz

El bogotano Nicolás Valencia soñó con ser piloto, se graduó como ingeniero de Los Andes, llegó al deporte más veloz y desde la fábrica en Reino Unido crea piezas

Nicolás Valencia se levantaba, a sus seis años, a ver las carreras de la Fórmula 1. Por esos días, ver a Montoya cerrar con su carro, al mejor estilo bogotano, a su rival Schumacher era un ritual nacional. La emoción de ver al piloto colombiano subir al podio antes de que solo saliera en el país, era una emoción irremplazable.

Montoya en la F1 ganó compitió en 94 Grandes Premios, logrando 7 victorias, 30 podios y 13 poles

Al ver el agite en los pits y escuchar el rugido de las llantas en cada nueva vuelta, Valencia soñó con llegar a la Fórmula 1 algún día. Desde niño, además de amar las hazañas de Juan Pablo Montoya, seguía las proezas de Fernando Alonso y se emocionaba con cada uno de los siete títulos de Michael Schumacher.

La pasión de Nicolás Valencia

Ser piloto de la F1 ya no es tan riesgoso como antes. Desde 2014 no han vuelto a morir pilotos, el último fue Jules Bianchi.
@lewishamilton

El camino no fue fácil. Para llegar a los grandes premios del automovilismo, Valencia decidió convertirse en ingeniero. Quería ver de cerca las carreras que forman la denominada “Triple Corona”: el Gran Premio de Mónaco, las 500 Millas de Indianápolis y las 24 Horas de Le Mans.

La emoción de la F1, al ver a los mejores pilotos conduciendo los mejores carros, no la encontraba ni en el mejor partido de futbol. La velocidad y la presión que enfrentan los conductores no solo están relacionadas con la competencia y los premios. Los carros de la F1 alcanzan velocidades promedio de carrera entre 338 y 354 km/h, dependiendo del circuito. En las rectas, los pilotos superan a menudo los 370 km/h.

En consecuencia, conducir estos automóviles puede ser extremadamente riesgoso y exigente. Un dato lo demuestra: 42 pilotos de Fórmula 1 han muerto en competencia. Uno de los casos más recordados es el del brasileño Ayrton Senna, quien falleció a los 34 años en Italia. El trágico accidente ocurrió el 1 de mayo de 1994.

Valencia decidió estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad de los Andes. En la institución debía aprender ciencias exactas y aplicadas como física, matemáticas y termodinámica. A ese conocimiento se sumaba la aplicación práctica en el diseño de maquinaria, materiales y formas de optimizar la producción y el uso de energía. En su caso, tenía claro que era fundamental comprender el funcionamiento de los carros y hacerlos seguros sin sacrificar su capacidad de alcanzar altas velocidades.

En la Fórmula 1, después de registrar 42 muertes de pilotos entre 1950 y 1970, la seguridad comenzó a convertirse en una prioridad innegociable. En otras palabras, las tragedias obligaron a transformar los vehículos para reducir el riesgo de fallecimiento. Como respuesta, los nuevos carros incorporaron materiales compuestos avanzados como la fibra de carbono, estructuras de absorción progresiva de impactos, cabinas de supervivencia reforzadas y el dispositivo Halo, además de estrictas pruebas de choque exigidas por la FIA.

Gracias a estas medidas, la probabilidad de morir en la Fórmula 1 actual es extremadamente baja. Por eso, el ingeniero entendió que no bastaba con diseñar piezas funcionales, también debía encontrar la manera de alcanzar la máxima velocidad posible y reducir al mínimo la probabilidad de lesiones, accidentes graves o muertes de los pilotos.

De la Universidad de los Andes al Reino Unido

Mercedes es considerado uno de los equipos más exitosos en la historia de la Fórmula 1.
Crédito Mercedes Benz

Cuando se graduó de la Universidad de los Andes en 2018, Nicolás Valencia tenía claro que debía acercarse a la F1. La fórmula que encontró fue realizar un posgrado en el extranjero. El lugar que lo recibió fue la Universidad de Cranfield. La institución es reconocida por su especialización en ciencia, tecnología, ingeniería y gestión. De hecho, una de sus principales fortalezas es la ingeniería mecánica. En otras palabras, los conocimientos adquiridos deben aplicarse directamente a la industria y al sector empresarial.

Una vez llegó al Reino Unido, pensó que el camino estaba despejado. En sus palabras: “Yo me hacía la película perfecta: estudio, hago maestría y ya estoy en un equipo. Pero no es así.”

Llegar al mundo de la F1 no es sencillo. Se requiere una mezcla de velocidad, sincronía y valentía. Se estima que decenas de miles de ingenieros y creativos de todo el mundo intentan unirse cada año a los equipos de diseño y desarrollo de las escuderías. La competencia es tan feroz o incluso más que las de los autos en las pistas, especialmente porque compañías como Mercedes-Benz cuentan con redes globales de investigación y desarrollo donde muchos aceleran con el objetivo de ocupar las plazas disponibles.

A los rechazos iniciales se sumó la pandemia. Sin embargo, la suerte cambió. Mercedes le ofreció la posibilidad de ingresar a la multinacional alemana mediante un programa denominado “Academy”. En términos simples, la compañía le brindó la oportunidad de realizar una práctica profesional dirigida a recién graduados.

Desde el primer día fue puesto a prueba. A sus superiores no les importó que fuera el nuevo integrante del equipo. Debía soportar una presión constante, cumplir altos estándares y responder por exigentes fechas de entrega. En su primer día, su tarea fue nada menos que diseñar parte de un motor.

Además de cumplir con el encargo, como el resto de ingenieros, debía seleccionar materiales, estimar costos, diseñar herramientas y, quizas lo más difícil, defender sus propuestas ante otros especialistas. Profesionales que no tienen problema en señalar cualquier error y para quienes un trabajo bueno no siempre es suficiente si no alcanza la excelencia. En resumen, el colombiano tuvo que acostumbrarse rápidamente a la presión diaria.

Meses después surgió una oportunidad dentro de Mercedes-AMG Petronas Formula One Team. La persona encargada del puesto no podía continuar y, como respuesta, llamaron a Nicolás Valencia. Su trabajo había supera todas las pruebas. Sin embargo, no podía cantar victoria. De forma inesperada tuvo que asumir responsabilidades en el desarrollo del motor de los bólidos de la escudería Mercedes. La compañía le brindó una gran oportunidad, pero también una enorme responsabilidad. No había margen de error: debía diseñar culatas dignas de un carro de Fórmula 1.

En Mercedes, cada ingeniero es responsable de su pieza. En otras palabras, cada componente debe ser seguro, soportar condiciones extremas, ser liviano y superar a los de la competencia. El desarrollo puede tomar años completos. En su caso, dedicó más de dos años a garantizar que todo estuviera optimizado, adaptado a las necesidades del equipo y alineado con la normativa. Después de mucho trabajo, logró ver su pieza instalada en un carro compitiendo en una de las míticas pistas del calendario.

En la actualidad, Nicolás no se levanta de madrugada a ver a Juan Pablo Montoya. Tampoco lo hace el país amante de los deportes, tan ansioso de encontrar ídolos con los cuales identificarse. Sin embargo, el ingeniero que de niño soñaba con trabajar en la F1 es nuestro digno representante en el máximo escenario mundial del automovilismo. Que rujan los motores y rueden los bólidos.

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