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La Razón Poética Venezolana: Renacimiento y Resiliencia en Tiempos de Crisis

Ciencia inútil o El alquimista – Remedios Varo

La frase de H. Arendt del epígrafe pertenece a su texto Nosotros los refugiados, y aplica a quienes emigran, se exilian o son expulsados de su tierra. Continúa así: «De modo que nosotros somos muy optimistas. Nuestro optimismo, ciertamente, es admirable, aunque lo digamos nosotros mismos», constatación que aplica ampliamente a los venezolanos, con la salvedad de que no solo lo afirmamos nosotros. Sobre todo, lo expresan los otros que nos han conocido en los más diversos lugares.

Parte central de ese optimismo es saber convertir en destino lo que sobreviene (destiny vs fate, en inglés). Mantenernos atrapados en la crónica diaria, en la histeria de la alarma ante cada nuevo movimiento del poder autoritario o en el análisis geopolítico de corto plazo, es encerrarnos en la esfera del fate: lo que acontece, el hecho consumado que escapa a nuestro control y que genera un regodeo estéril en la derrota. Si, en cambio, elevamos la mirada para ver que en nuestra historia reciente —aunque no exclusivamente— ha habido mucho más que militarismo y tiranía, y rescatamos el valor inmenso de las respuestas que la sociedad ha dado frente a esas realidades, ingresamos al ámbito de lo que se crea, se elige y se propicia: el destino como creación.

Hemos enfrentado tiranos, y, por ello, hemos incorporado el ADN democrático, a pesar de quienes lo dudan arropados por el cinismo o la miopía. Regresar a esos modos de vida es el núcleo de nuestro presente, incluso cuando los protagonistas del desmembramiento del orden civilizado continúan en el poder bajo un tutelaje neocolonial, en plena acción.

Si rescatamos la noción de seres nacientes, acuñada por Hannah Arendt, encontraremos significativos ejemplos de cómo los venezolanos ya hemos nacido una y otra vez después de diversas muertes. La condición de ser naciente posibilita al ser humano salir de la repetición de su pasado e iniciar algo tan radicalmente impredecible que se constituye, precisamente, en el milagro de la acción política: aquella que encuentra cauces cuando todo parece clausurado.

Es preciso refrescar la memoria para el parto actual:

El renacimiento del voto frente al desencanto: 

Cuando el desmantelamiento institucional, los fraudes continuos y las muchas derrotas sumieron a la sociedad en una profunda apatía, nos enfrentamos a la sensación de muerte de la ruta electoral. El ser naciente se manifestó con creatividad y contundencia con la gesta de las primarias de octubre de 2023, seguida de la movilización masiva del 28 de julio de 2024. La organización de la sociedad civil, que incluyó la custodia física y pacífica de los votos, fue un acto de profunda natalidad surgido de las cenizas del escepticismo diseñado desde el poder.

El rescate del tejido social: 

La destrucción del aparato productivo y el intento estatal de centralizar la vida a través de mecanismos de control político —como el sistema de las bolsas CLAP, cuya trama internacional de corrupción quedó plenamente expuesta ante la justicia global— buscaron incrementar la dependencia absoluta del ciudadano hacia el Estado. La respuesta orgánica de la sociedad civil fue contundente: miles de comedores populares, redes de solidaridad entre vecinos y el microemprendimiento. Los venezolanos no nos resignamos a la mendicidad: frente al hambre supimos darnos nuevas formas de economía y, mejor aún, auxilio mutuo. Hubo, sigue habiendo, un daño inmenso, pero inmensas también han sido las respuestas.

La resistencia frente a la hegemonía comunicacional:

Mientras el régimen imponía la muerte de la verdad, la clausura del derecho la información y a la libertad de expresión mediante la censura masiva —cierre de cientos de estaciones de radio, canales de televisión y bloqueo de portales web informativos—, nació la información periférica: el periodismo digital, el de “a pie”, el trasfronterizo y el uso masivo de redes privadas virtuales (VPN). Miles de grietas escarbadas en el muro de censura impuesto a la fuerza.

La diáspora como una extensión de la patria: 

El abandono forzado del territorio nacional de ocho millones de venezolanos y la fractura familiar y demográfica inédita, que pudo haber significado la disolución de la identidad nacional, se ha convertido en fuerza política —la movilización durante las elecciones del 2024 fue una expresión deslumbrante de creatividad y conexión con las realidades domésticas— y en sustento económico vivo y activo. Hay una Venezuela global que desafía los límites geográficos y expande nuestra cultura en todo el planeta. El tejido afectivo entre los venezolanos no ha hecho sino fortalecerse en medio del padecimiento de la distancia y la ausencia forzada.

La solidaridad masiva e inmediata tras el terremoto: 

Frente a la apatía oficial ante la catástrofe del doble terremoto del 24 de junio pasado, la sociedad supo organizarse para rescatar, alimentar y amparar a los suyos. Lejos de paralizarse, la respuesta de los venezolanos puso de manifiesto la capacidad para activar la acción compasiva frente a nuevas formas de abandono gubernamental.

Dignidad frente al pragmatismo: 

Ante una supuesta paz económica sin libertad verdadera, vía acuerdos energéticos entre el régimen y el mundo corporativo, emerge el sujeto político, que se niega a ser mero espectador o peón de un ajedrez espurio. Nuevo reto, nuevas amenazas, nuevos partos.

No solo somos seres profundamente nacientes, sino que hemos convertido la fatalidad en propósito: sí, florecemos en un abismo, en cuantos abismos surjan, como el saber poético de nuestro maestro Cadenas lo constató antes de los nuevos precipicios que vendrían. Y lo seguimos haciendo, con todo el camino recorrido y los aprendizajes en nuestro haber, en medio de este híbrido perverso que atestiguamos, pero que también rechazamos con contundencia. Años, larguísimos años de chavismo, han requerido un proceso hondo para salir del aletargamiento, de la hipnosis, de la comodidad, de la confusión o de la furia estéril. En ese despertar, en ese despojarnos de consignas trasnochadas y falsas, andamos. El camino de rescate del ser —que es de lo que verdaderamente se trata— nunca es corto ni fácil ni exento de peligros, pero es el único camino.

Además de valernos de la lucidez de Arendt, en estos tiempos en los que estamos, tan necesitados de nodrizas que cuidan y nutren con firme sabiduría, acudamos a otra filósofa. A María Zambrano y su razón poética: un saber que viene de adentro, de las entrañas, un saber del corazón capaz de convertir la herida en revelación. Si nos limitamos a explicar nuestra situación actual o pasada únicamente desde la razón tradicional, no solamente nos quedaremos cortos e incurriremos en injusticias, sino que caeremos, inevitablemente, en la explicación determinista.

Desde esa óptica, solo veremos tragedia y desgarro definitivos e inútiles, elementos que teñirán de negro lo que pudiera ser nuevo destino. La razón poética, por el contrario, desciende hasta las entrañas del sufrimiento; sabe que allí se oculta un saber, lo nombra —mediante la palabra poética— y transmuta la herida en revelación. Esa mirada fue la que otorgó sentido y propósito a los largos y penosos años de Zambrano fuera de España, patria de la cual huyó a pie en los últimos días de la Guerra Civil.

En su artículo Amo mi exilio, de 1961, escribió: «Hay ciertos viajes de los que sólo a la vuelta se comienza a saber. Para mí, desde esa mirada del regreso, el exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida, pero que una vez que se conoce es irrenunciable» El nombre mismo que escoge para su texto ya anuncia lo que le ha sido revelado.

En El sueño creador, amplía: «creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios porque yo querría que no volviese a haber exiliados, que no se conociera el exilio» Lo que Zambrano dice del exilio, podemos los venezolanos extenderlo a la dictadura: nuestro exilio —literal y simbólico— duele demasiado y se nos quemarían los labios si quisiéramos que alguien más padeciera lo que nosotros hemos padecido. Y, sin embargo, los venezolanos de hoy hemos renacido, sí, tras ser arrojados al inframundo, sabiendo que la experiencia ha sido esencial: haber sido desterrados, por la diáspora o por el insilio y haber hecho patria de ello, nos ha transformado, no a pesar del dolor, sino por el dolor, en el dolor, usado como materia prima.

No hay mayor razón poética para confiar en que sabremos habitar la tierra —nuestra tierra—, nuevamente, después de expulsar a cualquier tiranía: no con la prisa que la indignación y el hartazgo exigen, sino en los tiempos que parirnos otra vez requiera. Y lo haremos porque poseemos un corazón con capacidad infinita de asombro. «El corazón es el órgano que se asombra y que se duele; en él las ruinas se vuelven milagro», nos dijo esta sabia nodriza que supo usar la palabra para revelar lo que permanecía oculto. Sepamos usar la palabra para crear milagros de ruinas, y la otra razón, para que nos revele lo que nuestro renacimiento actual necesita saber. Para ello, evitemos, como quien se aparta de un veneno, la propia tiranía de creernos perdidos y derrotados de manera permanente: dejemos el camino abierto al saber del corazón.

Periodistas

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