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Democracia y Desconfianza: La Necesidad de Hablar sobre las Divisiones Sociales en Venezuela

Recientemente, la periodista Carla Angola le preguntó al consultor político Pedro Betancourt si Delcy Rodríguez puede reinventarse lo suficiente para ganar unas elecciones contra María Corina Machado. La misma semana, la periodista Gladys Rodríguez analizó estadísticas de Bloomberg y se preguntó sorprendida cómo es posible que, después de todo lo vivido, el 50% de la población no esté claramente en contra del gobierno de Delcy Rodríguez. Angola y Rodríguez son dos de las periodistas más populares de Venezuela, y sus preguntas capturan el sentir de muchísimos venezolanos. En este caso, capturan un miedo que lleva años flotando entre quienes deseamos democracia en Venezuela.

Pero ¿quiénes son esos venezolanos cuyo voto tememos? Y ¿por qué no los nombramos? ¿Por miedo a generalizar, o tal vez por miedo a simplificar la realidad con diferencias sociales que el chavismo utilizó para contar el cuento de los buenos y de los malos? ¿Son aquellos que sentimos que el chavismo logró convencer a lo largo del tiempo, y tememos que Delcy logre hacerlo otra vez? Tememos que exista un número suficiente de venezolanos que, por sus necesidades materiales o su falta de acceso a la educación, no puedan ver la imposibilidad de desarrollo a mediano y largo plazo que representa el chavismo. Pero ¿y si ese temor dice más de nuestra desconexión social que de su ceguera cortoplacista? ¿Se puede construir democracia sobre esa desconfianza?

El chavismo utilizó la polarización como arma política con enorme efectividad. Por eso nadie quiere hablar de diferencias sociales. Nombrarlas se siente como hacerle el juego a la revolución. Durante el puntofijismo se popularizó la idea de que la distribución del petróleo en forma de educación, salud, transporte y servicios básicos proveía la base para una sociedad meritocrática. El petróleo se convertía en oportunidades iguales para todos y esa idea se volvió creíble y persuasiva porque generó movilidad social real y mensurable. Muchos queremos volver a una Venezuela donde las oportunidades estén disponibles para todos, independientemente del trasfondo socioeconómico. Pero el puntofijismo también generó la popular idea de que “el pobre es pobre porque quiere”. Y tal vez la realidad siempre fue más compleja y profunda de lo que esa frase permitía ver.

La sospecha y desconfianza que sentimos sobre un grupo considerable de venezolanos indica que la división tiene raíces profundas. Lo más probable es que esas divisiones sean precisamente las que sentaron las bases para que la revolución bolivariana surgiera en primer lugar. Mi miedo, y creo que el miedo detrás de las preguntas de Angola y de Rodríguez también, no es solo si Delcy puede ganar unas elecciones. El miedo es que esa desconexión con un grupo que no nos atrevemos a identificar –porque hacerlo nos obliga a nombrar diferencias que nos incomodan y que sentimos que reproducen la división que el chavismo utilizó– no sólo persista después de la transición a la democracia, sino que la imposibilite.

El historiador Carlos Lizarralde argumenta que la historia del poder en Venezuela se caracteriza por fluctuaciones entre proyectos políticos que dividen o unifican a la sociedad venezolana. El chavismo claramente dividió para dominar. Lizarralde observa en María Corina Machado una nueva fluctuación: ella ha logrado armar un discurso unificador enormemente valioso después de tantos años de polarización. Ha logrado darle forma a una identidad nacional post-chavista donde ya no somos ricos y pobres, blancos y no blancos, del este y del oeste, sino hijos de Dios, cristianos, venezolanos unidos por el mismo dolor del exilio de nuestros hijos, la destrucción de la familia venezolana. Machado se ha convertido en una figura casi mariana en una sociedad fracturada donde la fe ofrece un lenguaje comun donde las diferencias de clase y raza pasan a un segundo plano. Afortunadamente, el espíritu unificador de María Corina Machado ha logrado darnos una sola dirección, al menos mientras se restablece la institucionalidad y la democracia. Pero si debajo de esa unidad persisten las fracturas que no nos atrevemos a nombrar, es cuestión de tiempo para que esas diferencias generen nuevamente polarización y pongan en peligro la posibilidad de consenso, que es la base de la democracia.

En este artículo no pretendo abrir esa conversación difícil, pero sí algo más modesto: admitir que la necesitamos. Que hay algo que no estamos diciendo, diferencias entre venezolanos que no sabemos articular sin miedo, y que mientras no las nombremos, el temor al “otro” seguirá arrojando una sombra de desconfianza sobre nuestra muy anhelada y necesaria vuelta a la democracia.

Investigador de la Universidad de Oxford en Inglaterra. Actualmente investiga las tensiones sociales entre venezolanos en Estados Unidos.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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