Los esposos Byron López y María Paulina Espinosa movieron piezas desde la diplomacia para llevar los cóndores y colores del Caribe al edificio de la ONU en Manhattan
Recién llegó al imponente edificio de la ONU, diseñado por once arquitectos de talla mundial como Le Corbusier, María Paulina Espinosa, nombrada primera secretaria de la embajada de Colombia ante la ONU, se dio cuenta de que en ninguno de los treinta y ocho pisos que estaban decorados con obras de arte había presencia de artistas colombianos.
María Paulina, más conocida en su cículo social como «Pum Pum» por su explosivo carácter, no realizó requerimientos, ni escribió cartas formales de solicitud para cumplir su deseo de que un colombiano tuviera presencia en el edificio de la ONU: con su característica audacia, “Pum Pum” identificó la pieza que le permitiría lograr su objetivo y esperó el momento adecuado para atacar.
Lo primero que hizo fue aprovechar la visita del entonces presidente de Colombia, Julio César Turbay, a Nueva York y le organizó una fiesta privada en su casa, con ciento cincuenta invitados, entre ellos, Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU, con quien no había tratado personalmente.
Organizar una fiesta con el presidente es una muestra de que Espinosa y su esposo Byron López contaban con el capital social y económico que les permitía enterarse hasta de la movida de un alfiler en los círculos de poder. Según Fernando Salamanca, sociólogo y periodista, en los años ochenta, las decisiones más importantes del país no se tomaban en el Capitolio, sino en la galería El Museo, al norte de Bogotá, donde Byron tenía acceso a todas las personalidades importantes del momento.
Días después de la fiesta, “Pum Pum” abordó a Pérez de Cuéllar en la ONU cuando vio que se subiría solo a un ascensor. Su oportunidad había llegado. En ese momento, le planteó su inquietud de que Colombia no tuviera una obra de arte que la representara en el edificio. A Pérez de Cuéllar le sonó la idea y le dijo a “Pum Pum” que le presentara una propuesta formal.
En principio, la propuesta consistió en que Fernando Botero ocupara una de las paredes de la ONU, pero Botero no aceptó porque no había dinero de por medio. En los años ochenta, la carrera artística del maestro paisa se encontraba en un momento de gran crecimiento económico, pues era el artista más apetecido por los narcos. El segundo artista al que le propusieron representar a Colombia en la ONU fue al español nacionalizado colombiano Alejandro Obregón.
Al contrario de Botero, Obregón aceptó encantado. Entonces, López y Espinosa lo llevaron a Nueva York para que conociera el edificio. Allí presentaron al artista ante el peruano Pérez de Cuéllar y recorrieron los diferentes pasillos para escoger el lugar donde estaría la pintura. Obregón quería protagonismo; no quería una pared escondida. Cuando llegaron al Hall de Delegados, en el segundo piso, dijo que ese era su lugar.
Javier Pérez de Cuéllar le respondió que esa pared estaba reservada para Pablo Picasso y Georges Braque. Obregón respondió con un reclamo: “¡Pero ellos están muertos!”. Con esta declaración, se cuestionó entre risas nerviosas al secretario general, quien no se pudo resistir y terminó por conceder el espacio que quería Obregón.
El artista entregó un gigantesco óleo de 4 x 5 metros en el que resalta el cóndor de los Andes sobrepuesto en un paisaje de colores cálidos, que el artista describió como “un cordón que une a todas las Américas”. A la entrega de la obra asistieron el entonces presidente Belisario Betancur; los esposos López Espinosa; su hija Paula López; y el artista, por supuesto, junto a sus hijos.
Para ese momento, Alejandro Obregón ya era un artista hecho y derecho. Llevaba 40 años instalado en Colombia y se codeaba con grandes personalidades caribeñas como García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y Julio Mario Santo Domingo, quien le encargó al artista, entre otras cosas, pintar el simbolo de su inconica cerveza «Aguila».
Por esta razón, se instauró en el imaginario de toda Colombia que Obregón era barranquillero. Lo cual, en cierta medida, no es falso. Pues en La Arenosa tuvo su periodo artistico más destacado, de la mano del conocido Grupo de Barranquilla, una pandilla de artistas e intelectuales que tenian largas tertulias y parrandas en el bar La Cueva, el único establecimiento de este tipo considerado patrimonio de Colombia.
Finalmente, Obregón murió en brazos de su hija Silvana en Cartagena en 1992 de un tumor fulminante en el cerebelo, fue enterrado en un mausoleo del cementerio Universal en Barranquilla dada su legado y cercanía con la ciudad. Meses antes de morir, el artista perdió la vista, igual que su autorretrato, al que años atrás le había disparó tres veces en el ojo izquierdo. Su obra ocupa los grandes salones de importantes museos como el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y es altamente apetecida en las subastas de arte a nivel nacional e internacional. Asimismo, el artista es un icono en Barranquilla, donde se creó la Ruta Patrimonial Obregón, un recorrido que permite admirar seis de sus más importantes obras en la ciudad.
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