Hoy, una persona ajena a la causa venezolana me cuestionó por qué apoyo que le den el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado. Mi primer impulso fue decir que no quería hablar del tema y, en retrospectiva, fue un gran error.
Esta mujer, de unos 30 años y de nacionalidad colombiana, me ha repetido durante dos semanas que los venezolanos somos “de derecha” (como si eso fuera algo malo). Y hoy profundizaba en el hecho de que, según ella, alguien que “vende a su país a los Estados Unidos” no merecía el premio. Viendo la ceremonia por la pantalla de mi computadora, en mitad de una clase y aguantando las lágrimas, pude finalmente desarrollar la respuesta.
Esta mujer a la que señalan de extrema derecha es la única que, con el pasar de los años, se ha mantenido firme con la causa venezolana. Aguantando insultos de un presidente irreverente, golpes como diputada, defendiendo el voto por encima de sus ideales al crear Súmate, resistiendo el rechazo por ser mujer… y así, una infinidad de situaciones. Se preparó, estudió y, sí, viene de una familia pudiente, pero eso no la define ni la hace más que nadie.
Vivió en carne propia la expropiación de la empresa de su padre —mejor dicho, cómo le robaron la empresa familiar—. Fundó Atenea, una fundación para atender a niños en situación de calle, cuando lo tenía todo y podía simplemente decidir hacer otra cosa.
Desde hace un año vive en clandestinidad, sin ver a su familia, sin poder atender a su madre y sin poder abrazar a sus tres hijos, que, por cierto, siempre destacan lo buena madre que es.
¿Que si se merecía el premio? No lo sé. La escogió un comité especial que se ha caracterizado por la defensa de los derechos humanos y la democracia.
Pero, repitiendo sus palabras de aquella llamada a las cinco de la mañana: “el premio es del pueblo venezolano”. Y ahí, con el permiso de muchos, me incluyo.
Sé lo que es vivir en carne propia la dictadura venezolana; sé lo que es ver irse a tu familia y a tus amigos por falta de oportunidades, hambre y desesperación. Sé lo que se siente ir a un hospital y que no haya medicamentos. Vi comer a familias completas de la basura. Fui a todas las marchas que pude, incluso sabiendo que ese camino no era la manera adecuada.
Voté y me robaron mi voto. He visto a más de uno creerse un líder opositor y luego tirar la toalla o unirse a los torturadores.
NADIE ME LO CONTÓ: yo lo vivi.
Entonces, sí. Esa mujer que tiene aliados de la derecha internacional y que se ha definido como liberal me representa. Pero no por ser de derecha, sino porque, a pesar de todo, sigue estando ahí. Somos muchos los que intentamos, todos los días de nuestras vidas, resaltar la importancia de defender a la sociedad venezolana, y sin duda es agotador. Nadie tiene la certeza de si esto algún día va a terminar. En lo personal, tengo años diciendo que perdí la esperanza, pero jamás he dejado de luchar por cambiar la realidad de mi país y de los míos.
Mi historia y la de María Corina no es solo de nosotras: es de más de 30 millones de personas que, estando afuera o adentro, deseamos con desesperación un cambio.
Volviendo al inicio, mi respuesta a esa pregunta es: sí, se lo merece. Venezuela sí se merece el Premio Nobel de la Paz 2025, y no por tener un ideal político, sino por la lucha incansable que cada uno de nosotros, desde nuestro propio terreno, realizamos todos los días para recuperar la libertad.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Se cumple un mes de la reclusión de Nicolás Maduro Moros y Cilia Flores en…
TEMORES DE SOBREOFERTA MITIGADOS POR TENSIÓN GEOPOLÍTICAEl mercado petrolero concluyó enero de 2026 con un…
Chevron produce actualmente alrededor de 250.000 barriles de petróleo diarios (bpd) en empresas conjuntas con…
Durante un año, Trump castigó a Petro ignorándolo y la puerta que se abre este…
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdónSan Juan Pablo II El pasado…
Le jugó al Petro-Santismo en un plan de choque diseñado por dos españoles que estuvieron…