Cada riesgo trae consigo una oportunidad, y Venezuela no es la exepción. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de este año abrió un escenario que para muchos parecía imposible (me incluyo): recuperar la democracia.
El estruendoso sonido de los bombardeos en la capital venezolana no solo sorprendió a la cúpula de la dictadura y a la decena de soldados cubanos que servían como anillo de seguridad de Nicolás Maduro, sino a toda una región (y, por qué no, al mundo) que vio caer en cuestión de minutos a la cabecilla de una de las dictaduras más longevas de la región.
Desde entonces, la pregunta es obvia, pero no por ello menos relevante: ¿ahora qué?, especialmente cuando el chavismo sigue controlando el poder, aunque bajo supervisión directa de Washington.
Sé que como venezolanos estamos acostumbrados a escuchar siempre las malas noticias primero. Por eso hoy, en esta pequeña nota de reflexión, quiero partir por las buenas. Y no solo porque sean un bálsamo reconfortante entre tanta miseria e incertidumbre, sino porque, para poder aprovechar la oportunidad que hoy tenemos por delante, debemos cambiar nuestra perspectiva y ejercer como ciudadanos nuestro deber: presionar para así recuperar la democracia.
Los riesgos y las oportunidades que abre un evento político como el sucedido son infinitos, pero hoy me gustaría concentrarme en tres de cada uno.
Hoy, como nunca, el petróleo y el gas habían sido tan demandados en el mundo. La exigencia casi inagotable de recursos que trae consigo la reconfiguración del orden geopolítico transforma a Venezuela en un jugador clave a nivel energético. Con una reserva comprobada de 303 mil millones de barriles de petróleo, las mayores reservas de gas natural de Latinoamérica y una posición geográfica privilegiada dentro del hemisferio, el país tiene la oportunidad de ser un hub energético y aliado clave para Estados Unidos y Latinoamérica, con el plus de poder facilitar la transición hacia energías más sustentables.
La eventual caída del chavismo y el regreso de la libertad en Venezuela serían un mensaje tremendo a nivel político para Latinoamérica y el mundo. Venezuela, desafortunadamente, no solo ha padecido los horrores (represión, tortura y miseria) de una dictadura, sino que además ha fungido como base de operaciones para organizaciones terroristas y santuario para organizaciones criminales, como bien han señalado numerosas investigaciones de Insight Crime. Nicolás Maduro se aseguró de construir una relación con el crimen a través de las rentas del narcotráfico y la minería ilegal; la idea era simple: comprar lealtades con actores que garantizaran control territorial y poblacional.
Su caída, además, debilitaría enormemente (como ya está sucediendo) a las otras dictaduras de la región, pues la renta petrolera sirvió de cheque en blanco para la diplomacia ideológica en Latinoamérica (Cuba y Nicaragua). Pero, sobre todo, nos permitirá como país y como región reafirmar nuestro compromiso con los principios democráticos en un contexto donde el autoritarismo sigue ganando terreno.
En palabras del mandatario argentino Javier Milei: “América será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente”. Y yo me atrevería a agregar que Venezuela será el comienzo.
Pero, sobre todo, la oportunidad más grande que tenemos como país no es material: es moral y espiritual. Es volver a abrazar genuinamente a los nuestros. Podremos ser testigos de familias que se reencuentran, amistades y lazos que se recuperan y, sobre todo, justicia para quienes vieron vulnerados sus derechos humanos.
Esas son solo algunas de las oportunidades, y de solo pensar en ellas se dibuja una sonrisa en mi rostro. Sin embargo, los riesgos son igual de grandes y requieren de nuestra atención.
Seamos honestos: el chavismo nunca ha sido democrático ni ha pretendido serlo; simplemente no está en la esencia de su proyecto político. Por eso, el riesgo de una fractura interna, además de probable, es un gran peligro para la transición democrática. Hoy la tensión es más que evidente y el trabajo encargado por Washington a Delcy Rodríguez no es fácil —y ellos lo saben—; por eso tienen un plan B. Para Jorge Sahd, director del CEI UC, el rol del chavismo hoy se limita a contener la violencia, impedir fracturas militares, frenar el colapso económico y mitigar el impacto regional.
En consecuencia, el riesgo de una fractura interna dentro del chavismo existe: la posibilidad de que se imponga el sector que prefiere echar todo por tierra al sentir que esto no le favorece. Juan Pablo Guanipa lo hecho evidente.
Que hoy el liderazgo hacia la transición esté acompañado por Trump es igual de riesgoso que oportuno. Por un lado, que nuestra ambición democrática sea reconocida y apreciada por Estados Unidos es un espaldarazo enorme por todo lo que ello implica a nivel político, económico y social. Sin embargo, siendo realistas, los países no tienen amigos: tienen intereses. Basta con escuchar el discurso que el secretario de Estado Marco Rubio dio en la Conferencia de Seguridad de Múnich para entender que, lejos de un favor, la extracción de Maduro responde a una estrategia aún mayor: asegurar los intereses de Estados Unidos en el hemisferio frente a los cambios geopolíticos del mundo actual.
Y, si bien hoy estos intereses están alineados, mañana pueden cambiar, especialmente si el principal líder de la administración de turno es reconocido por su volatilidad.
Una duda (honesta) que Ricardo Hausmann plantea muy bien durante una entrevista a Bloomberg en el marco del Foro Económico de Davos es: ¿quién nos asegura que Trump no se aburre ante la dificultad de estabilizar Venezuela?
Por último, y quizás el riesgo más importante que hoy debemos evaluar, está el interés —y, sobre todo, las ganas— que tienen los venezolanos de ser partícipes en todo este proceso. No podemos ser solo espectadores cuando el futuro de nuestro país está en juego. La democracia se conquista en cada uno de nosotros y la libertad es un acto de responsabilidad colectiva.
Aún la noche es oscura, aún el terror reina en las calles, pero si aprovechamos cada espacio para decirle a la dictadura y al mundo que ya el miedo no gobierna nuestros corazones, como dice Rawayana, Venezuela habrá renacido.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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