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Trump: El Villano Moderno y su Síndrome de la Oveja Negra en la Política Americana

Las dos fuerzas líderes de un drama son las del héroe y las que representan a los antagonistas. Los héroes se caracterizan por sus valores, sus principios inmarcesibles, su sentido de la ética, su inteligencia y su valentía. Son de una integridad a prueba de balas.

Los antagonistas anteponen los fines a los medios. No conocen límites a la hora de conseguir sus objetivos; pueden estar animados por sentimientos innobles, pero, sobre todo, parecen invencibles. Resultan mucho más poderosos que los protagonistas.

Trump se ha levantado desde 2015 como el vocero del fin del buenismo. Un corte en la era de lo políticamente correcto, de la solidaridad y el igualitarismo, de la diplomacia y el bien común. Por el contrario, se atrevió a alzar la voz en nombre de quienes sentían, obstinados, que habían perdido privilegios. Algo como: este es un país de blancos, heterosexuales, machistas, chauvinistas y fuertes, y eso volverá a ser.

No tenemos nada que hacer con extranjeros que no sean blancos, con pobres, feos, gordos, homosexuales (mucho menos trans) ni con débiles. Claramente decía que hacía todo lo posible por no pagar impuestos y, de hecho, se comprobó que no los pagó por siete años.

Claramente dijo que lo bueno de ser célebre era que se podía manosear las partes de las mujeres. Fue condenado por violación y enjuiciado por chantajear a las autoridades ucranianas para usarlas en contra de Biden. Imponer su ventaja, ya sea por la trampa o por la fuerza, es su bandera. No es algo que yo diga: sale de su propia boca a diario.

En su primer período, toda esa arenga con la que llegó al poder se diluyó. Los miembros de su gabinete eran en su mayoría conservadores institucionales; la Corte Suprema no estaba dispuesta a jugar cualquier juego; las cámaras del Congreso le adversaban. Se convirtió en un hombre errático, manejó con un nivel de caos incomparable la pandemia, perdió estrepitosamente por casi diez millones de votos y, encima, trató fracasadamente de robarse las elecciones.

Aquel hombre malvado se había convertido en un hazmerreír. Así que, cuando fue elegido por segunda vez, uno se cuestionaba los valores de la población estadounidense, pero no se esperaba un mal mayor: más que la pérdida de tiempo, el pésimo ejemplo para nuevas generaciones y la degradación moral del poder que ya nos mostró que era capaz.

Pero el primer mandato de Trump en su segundo gobierno ha sido distinto: ahora gran parte de su gabinete y asesores no tienen carrera política; son ambiciosos, radicales y están dispuestos a lo que sea con tal de imponer la óptica de Trump. En el primer año de gobierno se vio el peor y más ilegal atropello a los inmigrantes que se haya visto en cincuenta años, con unos agentes apenas entrenados, actuando completamente fuera de la ley.

Media organización estatal se vio afectada por cortes irracionales a la investigación científica; las ayudas imprescindibles para el fomento de la democracia en otros países fueron aniquiladas y buena parte de las organizaciones gubernamentales que recibían ayuda estatal fueron ahorcadas.

Los incentivos para la energía verde fueron eliminados. El Centro Kennedy, que era un centro cultural ejemplo del mundo, ahora es el Centro Trump y pronto va a ser cerado.

Así que, en 2025, todos quienes habitamos Estados Unidos u observamos los fenómenos de la política internacional notamos el cambio: el hombre que tan bárbaramente habla ahora sí está convirtiendo en acción sus predicamentos. Es un antagonista con todas las de la ley. Un villano de libro.

Vino el 3 de enero y, luego de una brillante e impecable operación militar, Trump se endilgó la presidencia de Venezuela en un rol legal increíblemente gris. A nadie ha respondido por sus planes de redemocratizar Venezuela y habla de Delcy Rodríguez como si fuera una republicana más.

Hasta ahí era Trump siendo Trump. De Venezuela, el petróleo, la libertad… ¿a quién le importa?

A partir de ahí, Trump ha vuelto a sus fueros. Tenemos tres meses presenciando al tipo errático, cambiante, impulsivo, desastroso y destructivo que ha sido siempre. El que ha quebrado, dejado deudas y bancarrotas a sus proveedores; el que hizo una universidad falsa y fue descubierto; y un sinfín de etcéteras.

Acometió solo una guerra a Irán cuyo propósito se desconoce. No calculó que el estrecho de Ormuz y su cierre elevarían los precios del petróleo y la gasolina (es cuestión de días que se conozca cómo se afectarán las cifras de inflacion). Dijo que la guerra tardaría unos días; luego, unas semanas; luego, que sería solo aérea; ahora manda tropas.

Dijo que está en unas conversaciones que han sido desmentidas. Ahora amenaza con salirse de la OTAN, lo cual es legalmente imposible (se necesitan dos tercios del Congreso para tomar la decisión). Se abroga la mediación en guerras que se desconocen. Y hace, como nunca, lo que más hace cuando se siente perdido: hablar. Hablar y hablar y hablar en discursos interminables en los que dice ideas discolas e inverosímiles, maleducadas y primitivas.

Los sondeos ya muestran el reflejo del Trump que siempre conocimos: su popularidad ha caído a 36%, una popularidad más baja que la más baja de Biden. Y las predicciones electorales de las midterms suponen que los republicanos perderán, al menos, una de las cámaras.

Donald Trump ha sufrido siempre del síndrome de la oveja negra. Se esfuerza por ser reconocido, pero, cuando logra su cometido, deshace con los pies lo que hizo con las manos. Es un circuelo de Sísifo en el que no solo se encuentra él, sino todo el país estadounidense, aunque nótese que con la anuencia de más de la mitad de los electores.

Los quince meses que lleva Trump en este segundo término parecen ya más largos que sus primeros cuatro años. Pero, a diferencia del de 2025, a este Trump ya lo conocemos.

rpoleoZeta

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