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Terremoto en Venezuela: La Trágica Metáfora del Colapso Chavista y su Futuro Transformador

El terremoto que sacudió a Venezuela no fue simplemente un fenómeno geológico. Fue una brutal metáfora involuntaria y despiadada de la naturaleza. En cuestión de segundos, la naturaleza condensó y expuso lo que el chavismo ha estado consumando en casi treinta años: negligencia, muertos, heridos, familias desgarradas, viviendas pulverizadas, hospitales derrumbados, escuelas convertidas en escombros de lo que un día fue una cultura ejemplar para muchos países del hemisferio.

La diferencia es que la tierra, al menos, no mintió.

Federico Jiménez Losantos dice que del deslave de 1999 al doble terremoto de 2026, la peor catástrofe en Venezuela es el comunismo. Y tiene razón. El régimen construyó su devastación con paciencia ideológica: expropiación tras expropiación, decreto tras decreto, cadena nacional tras cadena nacional, disimulando el colapso bajo el manto de una retórica redentora, salvadora, revolucionaria.

La tragedia chavista fue un terremoto humano en cámara lenta, con suficiente tiempo para que sus arquitectos culparan al otro, al imperialismo, a los medios, a la derecha apátrida, a la conspiración universal, en fin, a la verdad. El terremoto no tuvo esa cortesía. Actuó sin discurso, sin eufemismo, sin chivo expiatorio. En su inmediatez implacable, mostró el rostro desnudo de lo que Venezuela ya era: un país sin reservas estructurales para resistir, un pais de anime, porque sus instituciones fueron vaciadas, su clase media acabada, su capital humano exiliado, sus hospitales despojados de medicamentos y equipos mucho antes de que el primer bloque cayera.

Hay en esto una ironía profunda y amarga. Aquello que el poder intentó ocultar durante tres décadas, la magnitud real del colapso, quedó expuesto no por la prensa libre, no por las redes sociales, no por el informe de la Corte Penal, no por la denuncia de la diáspora, sino por la indiferencia ciega de la física. La naturaleza no negocia con el relato oficial.

Que este sismo sea, si algo puede serlo en medio del dolor, el cierre simbólico de una era. Que sobre esos escombros materiales e institucionales Venezuela encuentre finalmente la voluntad, y el mundo la generosidad, de construir algo radicalmente distinto. Una reconstrucción que no sea solo de edificios, sino de confianza, del estado de derecho, de dignidad humana y civil. Porque el verdadero terremoto comenzó hace treinta años. Este último, al menos, tiene fecha de fin.

La opinion emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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