Sigue la crisis

JUAN FRANCISCO ROJAS PENSO

En las últimas semanas se han dado a conocer diversos reportes acerca de la positiva evolución que vienen registrando las economías de varios de los países desarrollados, especialmente, las de Alemania, Estados Unidos, Francia y Japón, que luego de experimentar crecimientos negativos desde el último trimestre de 2007, por fin pudieron exhibir resultados favorables durante el lapso julio-septiembre de este año. Esos guarismos estimularon a muchos analistas a anunciar el final de la crisis que viene experimentando el sistema capitalista global e, incluso, algunos de ellos se atrevieron a aventurar pronósticos muy optimistas para el futuro inmediato y comenzaron a delinear el desmonte de los programas destinados a recuperar los niveles de crecimiento.

Sin embargo, cuando se analizan desapasionadamente otros indicadores, la sonrisa inicial se torna en mueca denotadora del desencanto que siempre causan los espejismos. En efecto, al revisarse la evolución de la demanda privada conjuntamente con la de los créditos y el índice de morosidad que se verifica en los sistemas bancarios, así como las tasas de desempleo, se infiere que el repunte del crecimiento encuentra sus raíces en las inyecciones de los dineros públicos y a la acumulación de inventarios, fenómenos transitorios ambos que reflejan la poca confianza que los consumidores depositan en sus respectivas economías y, por supuesto, en la capacidad de su recuperación.

Obviamente, mientras no opere un incremento significativo del gasto privado, no es posible pensar en un restablecimiento sostenido de la economía.

Otro de los elementos que alentó a los observadores internacionales fue el sorpresivo repunte de los mercados bursátiles que impulsaron la elevación de los precios de diversos commodities, en particular, del petróleo, el oro, el cobre y algunos productos agropecuarios. Esos movimientos pusieron en evidencia los déficits de capital que siguen aquejando a los bancos, los cuales se agravan por los altos índices de morosidad que persisten en la actividad bancaria, tal como ya lo mencionáramos. Definitivamente, los precios alcanzados por esos productos no fueron inducidos por un repunte de la demanda alentada por los niveles de crecimiento, sino que revelaron la reaparición del juego especulativo en esos mercados.

Si bien pudiese vislumbrarse una recuperación de las economías desarrolladas en un período relativamente corto, los países en desarrollo enfrentan una situación totalmente diferente, en especial, aquellos que en la época de bonanza instrumentaron políticas que los condujeron a reducir sus niveles de dependencia de los grandes centros económicos mundiales. Brasil, China e India, así como Rusia y diversos países asiáticos que además de haber resistido sin mayores problemas los embates más fuertes de la crisis internacional, hoy exhiben niveles de crecimiento que permiten presagiar, no una recuperación, sino una equiparación a los alcanzados en la precrisis.

Los problemas que eventualmente podrían enfrentar estos países radican, por un lado, en el ingreso indiscriminado de capitales especulativos que pudiesen generar una revalorización excesiva de sus respectivos signos monetarios, con la consecuente pérdida de competitividad, especialmente, en momentos cuando se verifica una constante depreciación del dólar; y, por el otro, la reaparición de brotes inflacionarios producto de un desordenado crecimiento de la demanda interna estimulada por una expansión continuada del gasto fiscal. Para afrontar el primer factor, reapareció la posibilidad de imponer controles a la entrada de capitales (tasa Tobin o un mecanismo similar); mientras que sobre el segundo, no son esperables desequilibrios fiscales como sucediera durante las décadas de los años 80 y 90, contrario a lo que comienza a verificarse en algunos países desarrollados, los cuales debieron apelar a una exponencial expansión del gasto público para atenuar las secuelas de la crisis.

Finalmente, un tema que ameritaría un exhaustivo análisis, se refiere al rol que debería cumplir el comercio internacional en un escenario de recuperación de la economía internacional. Así como se ha planteado una reestructuración de las instituciones financieras internacionales, sería necesario contemplar la adecuación de la Organización Mundial de Comercio (OMC), de manera tal que pueda ejercer sus funciones acorde con la nueva realidad.

Por supuesto que esa readecuación encuentra su punto de partida en la reformulación de las negociaciones comerciales multilaterales llevadas a cabo en el marco de la Ronda de Doha, cuya satisfactoria y equilibrada conclusión será inalcanzable en el contexto imperante en la actualidad.

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