Hace pocos días, Venezuela escuchó, aliviada y entusiasta, la respuesta a lo que se ha venído preguntando desde hace tiempo: ¿cuándo vuelve María Corina? “Voy a regresar en pocas semanas a Venezuela… Llegaremos para abrazarnos, para trabajar juntos, para garantizar una transición a la democracia ordenada, sostenible e indetenible”. Inmediatamente se entendió que con su regreso se abría la posibilidad de realizar nuevas elecciones. La reacción no se hizo esperar. “¿Cómo nos organizamos?”. Llamadas van, llamadas vienen, encuentros, reuniones, toda una algarabía. Porque con las elecciones la gente sabe que tiene la oportunidad de volver a ser protagonista, como lo fue en las primarias y en la gesta del 28 de julio, de retomar el futuro del país en sus manos, de no depender de la voluntad de otro, sino de sí mismo. Mostrarse en su verdadera identidad política. Y con su retorno, como fecha simbólica, se abre esa posibilidad.
Pero no para todos este retorno y este camino electoral abierto es felicidad. Algunos lo experimentan con miedo. Miedo a que la gente se exprese. Y atacan. Algunas veces de forma cobarde: “si vuelve, ya verá la sorpresa que le tengo”. A esos ya los conocemos. Pero otros encubren ese miedo con argumentos morales. “Viene María Corina con sus elecciones a enterrar el 28 de julio”. Como si quien lo parió pudiese abandonarlo. Sin embargo, vale la pena detenerse en ese argumento porque uno de los razonamientos que lo sostiene es que la memoria histórica del venezolano es corta, lo que provoca que el venezolano deje de lado lo que significó el 28 de julio para “anotarse en otra nueva fecha”.
Un amigo nos decía ayer que en la política venezolana existe una tendencia que ha terminado debilitando la memoria democrática del país: después de cada proceso electoral conflictivo, después de cada crisis institucional, aparece la tentación de “pasar la página”. Y pareciera que es verdad, porque la historia reciente está llena de momentos que, tras generar enormes expectativas o movilizaciones, fueron rápidamente sustituidos, por la dirigencia política, por el siguiente episodio político. Como si el país estuviera condenado a empezar siempre desde cero. Sin embargo, hay que recordar que esta no es la actitud del venezolano de a pie, sino del dirigente que no está dispuesto a asumir el riesgo del reclamo moral de la victoria, pasa la página y va a otra fecha. De esto se ha aprovechado este régimen.
Pero hay momentos que no pueden tratarse de esa manera. El 28 de julio es uno de ellos. Ese día no fue simplemente una jornada electoral. Fue un momento en el que millones de venezolanos participaron, votaron, se organizaron y expresaron una voluntad política que todavía forma parte de la vida pública del país.
Por eso la pregunta que hoy enfrenta Venezuela no es si el 28 de julio debe olvidarse. La pregunta es cómo hacer que ese día siga teniendo consecuencias. Y una de las posibles respuestas es que las elecciones que vienen no sean un punto y aparte.
Si el país entra nuevamente en un proceso electoral, ese proceso no debería presentarse como un nuevo comienzo que sustituye al anterior. Esa sería la forma más rápida de diluir el significado político de lo ocurrido. Deben entenderse como algo distinto: la continuación de una historia que comenzó con las primarias. Porque lo que ocurrió ese día no fue un simple evento administrativo. Fue la expresión de una voluntad colectiva. Y las sociedades democráticas no abandonan esas expresiones de voluntad. Las convierten en el punto de partida de los procesos que vienen después.
Por eso, tenemos que hacer que esa fecha cuente. En términos institucionales, los venezolanos sabíamos que los resultados electorales, con este régimen, no siempre producen consecuencias inmediatas. Esa es una realidad que forma parte de la crisis política que vive el país. Pero eso no significa que los procesos electorales pierdan su valor para el venezolano.
Las elecciones del 28 de julio tienen un significado político y moral que va más allá de su resultado inmediato. Representan la forma en que una sociedad afirmó su voluntad y definió su rumbo. En ese sentido, unas próximas elecciones pueden convertirse en la manera de reivindicar lo ocurrido el 28 de julio. No como una sustitución de aquel momento, sino como su continuación. No como el abandono de su significado, sino como la forma de hacerlo valer.
La memoria de un esfuerzo, pero también de un dolor colectivo
Detrás de esa fecha hay algo que no puede ignorarse: el esfuerzo de millones de venezolanos que decidieron participar y el riesgo que esos mismos decidieron correr. Hubo cientos de miles de ciudadanos que organizaron centros de votación, que colaboraron en la defensa del voto, que se movilizaron para garantizar que el proceso pudiera desarrollarse. Hubo personas que asumieron responsabilidades cívicas en contextos difíciles y hostiles. Personas que se involucraron porque creyeron que ese momento era importante para el país. Cuando se propone olvidar el 28 de julio, también se está invisibilizando ese esfuerzo y ese riesgo colectivo. Y Venezuela ya ha vivido demasiadas veces ese ciclo en el que grandes momentos de participación terminan diluyéndose en el tiempo.
Un país que no empieza siempre desde cero
Las democracias sólidas se construyen acumulando experiencias, no borrándolas. Las sociedades que logran transformar sus sistemas políticos lo hacen reconociendo los procesos que las llevaron hasta ese punto. Venezuela necesita romper con la lógica de las “revoluciones que empiezan de cero”. Necesita construir continuidad política y memoria democrática. El 28 de julio es uno de esos puntos de referencia. No como un episodio aislado, sino como un momento que marca el inicio de una etapa que todavía está en desarrollo.
Que la página cuente
Tal vez el error más frecunet en la política venezolana ha sido creer que la mejor manera de seguir adelante es dejar atrás lo ocurrido. Pero hay otra forma de mirar las cosas. No se trata de pasar la página. Se trata de hacer que la página cuente.
Si Venezuela vuelve a enfrentar un proceso electoral, ese proceso no debería significar el abandono del 28 de julio. Debería significar exactamente lo contrario: la oportunidad de reivindicarlo. Porque las gestas que una sociedad decide recordar —y defender— terminan definiendo su historia. Y el 28 de julio es, cada vez más, una de esas gestas.
La reivindicación del 28 de julio no debería plantearse en términos de confrontación o revancha política. Su sentido es mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: la idea de justicia democrática.
Justicia en el sentido más básico del término: que el voto tenga valor, que la voluntad de los ciudadanos sea respetada, que los procesos electorales no se conviertan en rituales vacíos. Cuando una sociedad insiste en que su voto cuenta, no está reclamando un privilegio. Está defendiendo el principio fundamental de cualquier sistema democrático.
Por eso el significado del 28 de julio no es solamente electoral. También es moral.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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