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¿Quién podrá salvarnos del próximo shutdown? Análisis de opciones y consecuencias

El guion es conocido: llega un cierre, los políticos se culpan entre sí, los empleados federales quedan atrapados en la pausa y, tarde o temprano, alguien cede. Lo que cambia cada vez es quién parpadea primero. ¿De qué lado llegará el salvador o lo habrá?

Las opciones que hay no son tan prometedoras, especialmente porque de los cuatro caminos para ponerle fin al cierre, al menos dos dependen de los demócratas.

Opción 1. Que los demócratas se quiebren por dentro. No es tan difícil… Algunos senadores en estados en riesgo electoral ya sienten que un cierre prolongado podría costarles más que unos cuantos puntos en las encuestas. Bastan cinco deserciones para que la pared azul se agriete y el Congreso apruebe la reapertura, incluso si la dirigencia demócrata insiste en resistir.

Opción 2. Que los demócratas bajen la guardia como bloque. Los trabajadores federales —parte clave de su base— son los primeros en sufrir sin cheques de pago, y mientras el cierre se alarga, la narrativa de “esto es culpa suya” puede calar hondo en la opinión pública. El partido podría decidir que ya hizo su punto político y cortar pérdidas, aunque no logre victorias concretas.

Opción 3. Que los republicanos, confiados en su ventaja, calculen mal. La historia dice que casi siempre terminan cargando con la culpa de estos cierres. Y en su propio electorado hay quienes dependen de los subsidios de salud que están en juego. Un gesto de concesión podría verse menos como rendición y más como autopreservación política.

Opción 4. El escenario que nadie quiere pero que todos temen: que el cierre se alargue indefinidamente. En ese caso, la pregunta de quién ganó pierde sentido porque ambos lados pierden. Los votantes podrían terminar castigando a todos en las urnas, abonando terreno a un discurso más radical contra el sistema en general.

Al final, quizas no haya un Chapulín Colorado que aparezca a salvar el día. La salida puede ser un parche incómodo, una concesión a medias o un simple colapso por cansancio. Lo que sí está claro es que, cada vez que Washington se detiene, los que siguen pagando la cuenta no son los políticos, sino los de siempre: tú y yo. 

rpoleoZeta

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