Se está cumpliendo el primer año de la promulgación del Día de La Liberación (Liberation Day) en el que el presidente de Estados Unidos anunció un aumento generalizado y masivo de los aranceles aplicados a cada una de las naciones con las que comercia Estados Unidos. Ese día se decretó una tarifa de 10% sobre todas las importaciones americanas, además de un recargo adicional bajo el concepto de “aranceles recíprocos” cuyos cálculos fueron y siguen siendo un verdadero misterio. Días antes, Trump impuso un arancel del 25% a los autos y partes automotrices importados. Con esas nuevas tarifas, Donald Trump se proponía recuperar la soberanía y poner a Estados Unidos primero, según sus propias palabras.
Se impone entonces hacer un balance económico de esa política. Para empezar, hay que decir que los niveles arancelarios propuesta ese día fueron una simple referencia y se han movido hacia la baja, aunque siguen siendo muy altos. De acuerdo con la Organización Mundial de Comercio, el arancel promedio de EE. UU. pasó de 2.6% en 2024 a 10%-13% efectivo hacia el fin de 2025, es decir, se multiplicó por 4.
Sin embargo, y para la sorpresa de muchos economistas -me incluyo en ese lote- el incremento arancelario no repercutió en un incremento del índice de inflación de Estados Unidos que se mantuvo prácticamente inalterado al pasar de 2.9% en 2024 a 2.7% en 2025.
Entonces cabe la pregunta: ¿quién pagó ese incremento en las tarifas? Según un análisis del Federal Reserve Bank of New York, aproximadamente el 90 % del costo de las tarifas de 2025 fue asumido por importadores y consumidores en EE. UU., no por los exportadores extranjeros como planteaba el gobierno americano. De acuerdo con el prestigioso think-tank The Tax Foundation, las tarifas de 2025 actuaron como un impuesto adicional de aproximadamente $1.000 por hogar durante ese año.
Habrá que esperar que pase más tiempo para evaluar si en efecto el alza en los aranceles materializa – o no- la prometida reindustrialización americana, o si se limita simplemente a una transferencia descomunal de ingresos desde los bolsillos de los importadores y consumidores hacia el gobierno federal.
Lo que sí es indudable es que el incremento tarifario incrementó sustancialmente la recaudación fiscal del país, que pasó de $ 90 mil millones en 2024 a $ 217 mil millones en 2025, según las cifras del Departamento del Tesoro de EE. UU. Sin embargo, una decisión de la Corte Suprema de Justicia declaró recientemente ilegales esas tarifas y el gobierno federal deberá devolver alrededor de $175 mil millones a los importadores (y posiblemente a los consumidores). Como consecuencia de ello, el déficit fiscal, si bien mejoró ligeramente en 2025 respecto a 2024, la mejora fue muy pequeña en términos reales y sigue siendo históricamente alto, ubicándose en 6% del PIB.
¿Cuál fue el impacto de esas medidas sobre las exportaciones e importaciones americanas de bienes, excluidos los servicios, en 2025? Casi negligible, si bien empeoró un poco. El déficit de mercancías se situó en $1.24 billones en 2025, incrementándose respecto a 2024, cuando alcanzó $1.21 billones. Estamos hablando del déficit más alto en la historia de EE. UU.
Por otra parte, pudimos constatar que la unilateralidad que caracterizó el masivo incremento de derechos aduaneros decretado por Trump fue respondida por los principales socios comerciales de Estados Unidos de una manera cautelosa pero claramente orientada a diversificar sus mercados y romper la dependencia con el coloso americano.
Canadá y México presentaron quejas formales ante la OMC alegando que las tarifas violan compromisos comerciales y el acuerdo USMCA. Canadá inició un proceso inédito de acercamiento comercial con China, y México impulsó campañas de promoción de productos “Made in Mexico” para sustituir importaciones de EE. UU.
China adoptó inicialmente un enfoque prudente, pero luego implementó tarifas en represalia sobre productos estadounidenses, especialmente a las exportaciones agrícolas americanas, y le mostró “tarjeta amarilla” en lo que respecta a las “tierras raras” tan demandadas en la manufactura de productos tecnológicos. China busca desviar exportaciones hacia mercados alternativos y ha fortalecido cadenas regionales de suministro fuera de EE. UU.
Estados Unidos logró imponer un esquema comercial más proteccionista pero negociado: con la Unión Europea alcanzó un acuerdo formal que mantuvo aranceles cercanos al 15% a cambio de mayores compras e inversión europea. La UE respondió firmando un Acuerdo de Libre Comercio con Mercosur. Con Japón y Corea del Sur, Estados Unidos evitó conflictos mayores mediante concesiones sectoriales y cooperación estratégica; mientras que Vietnam emergió como beneficiario indirecto al absorber producción desviada desde otros países.
En conjunto, estas negociaciones no eliminaron tensiones, pero sí redefinieron las relaciones comerciales hacia un modelo más transaccional, con mayor recaudación para EE. UU., ajustes en cadenas globales de suministro y resultados mixtos: ventajas inmediatas para Estados Unidos, pero con costos en eficiencia económica y mayor fragmentación del comercio internacional.
Por su parte, los datos oficiales del U.S. Bureau of Labor Statistics (BLS) sobre el efecto de las tarifas de 2025 indican que no generaron un aumento del empleo en los sectores clave que se pretendía impulsar (manufactura y agricultura); más bien, el mercado laboral se desaceleró en general y esos sectores no crecieron o incluso retrocedieron. En 2024, EE. UU. creó alrededor de 2 millones de empleos, mientras que, en 2025, el crecimiento cayó a 584 000 empleos. Es el peor año de creación de empleo desde 2009 (excluyendo los años del COVID).
Por último, el crecimiento del Producto Interno Bruto de la economía americana en 2025 en términos reales fue de 2.2 %, lo cual representa una desaceleración respecto a 2024, cuando se ubicó en 2.8%. En otras palabras, la economía estadounidense no entró en recesión en 2025, pero sí mostró una desaceleración clara del ritmo de expanción.
En definitiva, a un año del llamado “Liberation Day”, el balance de la política arancelaria de Donald Trump muestra un resultado complejo y, en muchos aspectos, contradictorio. Más que una transformación estructural de la economía estadounidense, estas medidas parecen haber operado como un experimento de alto costo y efectos mixtos, cuyos beneficios de largo plazo —si es que existen— aún están por demostrarse.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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