El 5 de febrero de 2003, el gobierno de Hugo Chávez creó la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI) y estableció el control de cambio en Venezuela. Al día siguiente, Chávez pidió “calma y comprensión” mientras comenzaba a operar el mecanismo que obligaría a los venezolanos a solicitar dólares al Estado para viajar, importar o ahorrar. Formulado como temporal, terminó rigiendo la vida económica del país durante más de una década y abrió uno de los mayores sistemas de arbitraje y corrupción de la historia reciente venezolana.
En enero de 2010, un Chávez ya “reelecto” anunció una fuerte devaluación del bolívar y un nuevo esquema cambiario. Pidió “serenidad y paciencia” mientras el ajuste entraba en vigor. El sacrificio permitiría “ordenar la economía y fortalecer la producción nacional”. La realidad es que la inflación aumentó ese año y el poder de compra del salario siguió deteriorándose hasta la extenuación.
En 2013, durante los primeros meses del gobierno del nefasto Nicolás Maduro, se hicieron habituales las colas en supermercados y farmacias. El gobierno culpó a la “guerra económica” y pidió “paciencia y colaboración” mientras enfrentaba ese supuesto sabotaje. En noviembre de ese año, Maduro anunció inspecciones masivas a comercios y ordenó ocupaciones temporales de cadenas de electrodomésticos con la promesa de que “los problemas de abastecimiento se resolverían una vez derrotadas esas prácticas”. La escasez no desapareció y las colas se hicieron parte del paisaje durante años.
El 11 de diciembre de 2016, Maduro anunció la retirada del billete de cien bolívares en un plazo de pocas horas. En los días siguientes, pidió “comprensión y paciencia” mientras se introducía el nuevo cono monetario.
En agosto de 2018, el régimen aplicó una reconversión monetaria que eliminó cinco ceros al bolívar y anunció un programa de reformas económicas. Maduro pidió “confianza, comprensión y paciencia” mientras el país se adaptaba al nuevo sistema de precios, salarios y pagos. Pero la inflación continuó acelerándose y el salario perdió valor a velocidad de vértigo.
El 7 de marzo de 2019, un apagón dejó sin electricidad por varios días al país. Durante los días siguientes, Maduro pidió “paciencia y resistencia” mientras Venezuela vivía jornadas enteras sin luz, con hospitales funcionando en condiciones aún más precarias de lo habitual y ciudades enteras paralizadas. El sistema eléctrico nunca recuperó plenamente la estabilidad que el régimen prometió entonces.
En junio de 2020, cuando el país padecía una escasez severa de gasolina, el régimen tuvo la cruel desfachatez de elogiar la paciencia de los ciudadanos que pasaban horas o días en colas para abastecer sus vehículos.
En octubre de 2021, el régimen aplicó otra reconversión monetaria y eliminó seis ceros adicionales al bolívar. Una vez más solicitaron comprensión mientras bancos, comercios y sistemas electrónicos se adaptaban a la nueva escala monetaria. Desde luego, la medida no detuvo la pérdida de valor de la moneda.
En cada uno de esos episodios, el país escuchó la misma orden: esperar mientras los ineptos del régimen resolvían un problema que habían creado para tapar uno anterior o para robarse los presupuestos. Nunca resolvieron nada. El chavismo ha sido un agravamiento penrennate, un declive sin frenos, un vertiginoso descenso a los infiernos.
Cuando Chávez y Maduro exigían paciencia no pedían una virtud cívica. Imponían silencio, resignación e inmovilidad mientras las condiciones de vida empeoraban. La paciencia era aceptar la penuria, soportar sin protesta y conceder al poder el tiempo que necesitaba para seguir gobernando en medio del desastre.
Con el agravante de que todos los llamados al estoicismo han tenido un sustrato de amenaza velada: si chistas corres el riesgo de ser perseguido, desposeído de tus propiedades o arrastrado a una cárcel inhumana. Además, junto a la exhortación a sobrellevar callados los horrores que se nos han impuesto, suele aparecer la advertencia sobre lo que podría ocurrir si la situación se precipita: el desborde social, el caos, la violencia de grupos armados vinculados al oficialismo, tensiones dentro de las fuerzas armadas o conflictos de orden público difíciles de contener. Este es el gran coco.
La paciencia, es decir, la mudez, es apelada ahora por el presidente Trump, quien según filtraciones se la habría recetado a María Corina Machado en nombre de una delicada etapa de transición política, reacomodos institucionales, negociaciones entre actores internos y externos y doradas oportunidades económicas que podrían abrirse si se consolida una cierta estabilidad.
La incomodidad con que esto ha sido recibido proviene de algo muy concreto. Al país se le pide esperar mientras permanece en el poder una autoridad que los venezolanos no han elegido, mientras las estructuras del chavismo continúan ocupando instituciones clave y no existe un calendario público que indique cuándo se resolverá esa situación mediante elecciones.
La exhortación a la paciencia llega sin plazos y sin compromisos verificables, mientras centenares de presos políticos permanecen en las mazmorras chavistas. Otros han salido de prisión, pero siguen sometidos a órdenes de presentación y restricciones. A ninguno se le ha devuelto lo que le fue robado durante su detención. Casas allanadas, equipos confiscados, vehículos retenidos, ahorros desaparecidos. El régimen se quedó con todo. Las familias esperan una restitución que no llega. Y aun así se les pide paciencia.
También se anuncia una mejora económica que nadie logra ver. Los salarios siguen en niveles miserables, el ingreso de la mayoría de los venezolanos apenas alcanza para sobrevivir y los servicios públicos continúan deteriorados. La supervivencia sigue siendo una lucha diaria para millones de personas. En la vida concreta del país no hay señales de recuperación.
Para una sociedad que ha atravesado años de deterioro acumulado, la paciencia adquiere un significado particular, casi radioactivo. Venezuela ha vivido inflación extrema, colapso de servicios públicos, escasez de combustibles, migración masiva y persecución política. La vida cotidiana se ha reorganizado alrededor de estrategias de supervivencia que incluyen largas esperas, adaptaciones constantes y decisiones difíciles para millones de familias.
Ya bastante duro y angustioso es soportar la tutela extranjera del devenir nacional para que también se nos imponga un silencio de escuelita y la mansedumbre del alumno relegado a un rincón. Las transiciones suelen acompañarse de calendarios, compromisos verificables y metas institucionales que orientan la espera colectiva. En Venezuela ese horizonte todavía permanece difuso. Y el malestar crece.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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