Tomo en préstamo el título de una de las grandes novelas de la escritora inglesa Jane Austen porque las palabras cayeron solas cuando intentaba comprender las manifestaciones que se leen en las redes sociales ante los recientes acontecimientos (las redes son premio y castigo, muchas veces me prometo no volver a ellas y otras tantas traiciono mi promesa). He leído comentarios que provienen de otros países, sobre todo latinoamericanos, con los que algunas veces concuerdo y muchas no, pero todos resultan irrelevantes a los fines de mi lectura, que no son otros que intentar entender por dónde anda el imaginario nacional en esta coyuntura que nos ha sorprendido. En fin, entro en materia.
Uno de los temas predominantes que se recogen en los comentarios es el análisis de los personajes protagonistas de la obra, en algunas ocasiones calificada de telenovela o también en referencia a una célebre novela cuya heroína es Doña Bárbara y su antagonista Mister Danger. Otro asunto también muy popular va desde calificar a Estados Unidos de “nuestro enemigo histórico” hasta equiparar las fallidas acciones golpistas contra un gobierno legítimo protagonizadas por sectores de las Fuerzas Armadas venezolanas en 1992 con la reciente intervención puntual de Estados Unidos (recojo la definición utilizada por Elisabeth Burgos, de quien nadie sospechará que es de derecha, en una entrevista del periódico francés Le Figaro). Se comprende que el estallido de bombas, metrallas y disparos abre varios registros, entre ellos el miedo, la indefensión, el desconcierto, y en fin todo lo que pueda agregarse a una llamada telefónica que nos despierta en la madrugada. Algunos igualan aquello de entonces con lo ocurrido ahora, pero el pensamiento lógico no permite que, aunque concurran algunas situaciones parciales similares (las bombas), los acontecimientos (3E y 4F) puedan considerarse semejantes sin situarlos en contexto y en su extensión, propósitos y consecuencias. Este tipo de conclusión que parece lógica es un sofisma y una derivación del antiyanquismo, enfermedad infantil del latinoamericanismo (con permiso de Lenin por la paráfrasis). Por allí entra de lleno la romantización de la política, es decir, el canto del orgullo nacional desplegado contra Mr. Danger, el maligno personaje que solo quiere nuestro petróleo, como cuando el hada madrina le advierte a la inocente princesa, cuidado, ese hombre solo te quiere por tu dinero. ¿Tendríamos que suponer que el mundo deba querernos porque somos muy dignos de ser queridos?
Luego viene el tema de la emotiva lucha del pequeño país frente al coloso imperialista, sin olvidar la condena a Estados Unidos por no haber tomado en cuenta el Derecho Internacional cuando planificó las acciones. Por cierto que tampoco hemos sabido mucho del desagradable tema de los derechos humanos que algunos prefieren olvidar, o de la oscuridad que rodea desde hacer tiempo a las elecciones de Venezuela hasta culminar en las presidenciales de 2024 en las que ni siquiera se produjo el acceso a las actas que daban el nombre del ganador en “tendencia irreversible”, como se nos explicaba años atrás desde la baranda del CNE. Nada de lo ocurrido parece haber preocupado lo suficiente a los organismos internacionales competentes para intervenir con la firmeza necesaria, a pesar de las múltiples denuncias emprendidas por los defensores de derechos humanos y unas cuantas oenegés. Y otro tanto o más pudiera decirse de los gobiernos democráticos del mundo que rara vez –una notable excepción ha sido Canada– apuntaron nada que pudiera despeinar a la revolución bolivariana.
Este capítulo de nuestra historia está comenzando, pero pensando en el futuro hace falta el registro de una historia amplia y detallada de las múltiples acciones que durante veintiséis años y en muy diferentes campos hemos llevado a cabo los ciudadanos venezolanos en la lucha por recuperar la democracia, de las cuales sea quizás el mayor orgullo haber mantenido la resistencia a pesar de los pesares que bien conocen los lectores. Acepto que me califiquen de pitiyanqui, peores cosas me han llamado, pero estoy convencida de que todo o casi todo se intentó, a veces con éxitos parciales, pero sin lograr el objetivo final. Necesitábamos ayuda y en recibirla no hay nada de qué avergonzarse, sin ella nuestro destino era el de Cuba, una isla perdida en el Caribe por décadas a la que ahora quizá le llegue una esperanza. Y si así llueve que no escampe.
Coda. Inicialmente lamenté que no se le hubiera dado a María Corina Machado un papel más importante, pero los hechos hasta ahora demuestran que para lidiar con el monstruo hay que haber vivido en sus entrañas; hasta el momento en que escribo Delcy Rodríguez ha demostrado entender qué es una transición y cómo operar en ella.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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