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Mérida: Una Mirada Crítica al Suicidio en la Era del Silencio y el Aislamiento Social

Más allá de las cifras, el suicidio en Mérida se revela como un fenómeno donde convergen la biología, la presión de una cultura del silencio y la deshumanización del entorno urbano. El aislamiento, la fragilidad de los vínculos digitales y la falta de una infraestructura sensible han configurado una realidad crítica que exige, con urgencia, una respuesta colectiva basada en la empatía y la prevención.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), «el suicidio es un importante problema de salud pública que aún está rodeado de estigma, mitos y tabúes. Cada suicidio es una tragedia que afecta no solo a las personas, sino también a sus familias y comunidades». Bajo esta premisa, resulta fundamental entender este fenómeno desde distintas aristas, considerando especialmente cómo la ciudad de Mérida se ve afectada de manera exponencial.

La jornada «La Epidemia del Silencio: cómo detectar el riesgo suicida en un mundo hiperconectado a las pantallas», organizada por estudiantes de la licenciatura en Psicología de la Universidad de los Andes (ULA), permitió estudiar los factores que influyen en este fenómeno y de qué manera, y en especial proporción, Mérida se ha convertido en un punto de atención en este asunto. El profesor Gustavo Páez explicó que el abordaje de esta problemática debe considerar que la violencia autoinfligida abarca desde la ideación, la planificación y las autolesiones, hasta el suicidio.

«Lamentablemente sabemos que en Venezuela están muy desactualizadas las cifras; las últimas que se conocen a nivel de mortalidad son del año 2016, las cuales fueron publicadas en enero de 2021.»

A pesar de ello, Páez informó que se cuenta con información proveniente de múltiples fuentes para intentar obtener un «panorama completo». Esta labor de reconstrucción estadística incluye desde las cifras oficiales públicas de 2016 (difundidas tardíamente en 2021) hasta datos institucionales no públicos obtenidos principalmente de Corposalud Mérida. Asimismo, el análisis se nutre de indicadores internacionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Universidad de Washington, los cuales se contrastan con un monitoreo mensual de 86 medios de comunicación y el contacto con informantes clave —como periodistas, psicólogos, psiquiatras y criminólogos— más la aplicación de estudios cualitativos basados en encuestas y entrevistas en profundidad.

Según Páez, existen múltiples factores de riesgo entre los que destaca la influencia de la crisis social, económica y de salud pública. «La precarización de las condiciones de vida ha sido un factor macro que afecta a diferentes grupos sociales; de esta manera, la relación entre crisis y suicidio ha desplazado el riesgo de un acto individual a uno con impacto social». Explicó que antes de 1950 el estado Mérida no presentaba una tendencia predominante, pues ocupaba posiciones variables en el ranking nacional (entre el quinto y el decimosexto puesto). Sin embargo, a partir de la década de los 70 la dinámica cambió drásticamente, consolidando lo que los expertos denominan una «singularidad».

*Lea también: IAHULA: Estado traslada el costo de la crisis hospitalaria al bolsillo de las familias

«Durante el 41% del tiempo total estudiado, Mérida ha liderado las estadísticas, destacando especialmente el periodo comprendido entre los años 2001 y 2023, donde ocupó el primer lugar a nivel nacional de forma ininterrumpida», expresó Páez.

Según el psicólogo Gustavo Salas, desde una perspectiva clínica el fenómeno del suicidio se aleja de la idea de ser una simple «decisión voluntaria» para ser comprendido como un estado alterado de conciencia. «En muchos casos complejos existe una alteración orgánica y endocrina de base; es decir, hay una disfunción en los neurotransmisores que requiere intervención psiquiátrica y farmacológica». Esta visión médica es crucial para entender que la conducta suicida puede ser una respuesta impulsiva ante un desequilibrio biológico.

A nivel institucional, la respuesta pública se encuentra severamente limitada. El centro de referencia principal en la región es la unidad de psiquiatría del Instituto Autónomo Hospital Universitario de los Andes (IAHULA). Sin embargo, el servicio enfrenta retos estructurales, como el bajo salario de los médicos —que hace que la labor no sea económicamente sostenible para muchos profesionales— y la dificultad para asignar citas de seguimiento. Aunque el estado cuenta con excelentes especialistas, la saturación del sistema impide realizar diagnósticos exhaustivos y un acompañamiento continuo, lo que puede causar ciertos “vacíos” en la atención de los pacientes con ideación suicida.

Según Salas, el estigma y el silencio o el «tema tabú» también juegan un papel adverso en la prevención, «la incomodidad que genera el suicidio, tanto en las familias como en la ciudad, dificulta que las personas busquen ayuda ante los primeros síntomas». Tras esta realidad, expresó que el Colegio de Psicólogos de Mérida y la Federación de Psicólogos de Venezuela han activado redes de apoyo voluntario.

La era digital como factor de riesgo

Para el profesor Jossué Belandria, la complejidad de los vínculos en la era digital radica en la marcada diferencia entre el número de interacciones en redes sociales y la existencia de conexiones reales. Destacó cómo la clasificación de «amigos cercanos» en las plataformas digitales no siempre coincide con personas con las que se comparte un vínculo auténtico en la vida cotidiana.

En este contexto surge el fenómeno del FOMO —Fear of missing out o «miedo a perderse de algo»—, que impulsa a los individuos a participar en eventos o situaciones de forma superficial, no por un disfrute auténtico, sino por el temor a la exclusión. Según expresó Belandria, esta dinámica fomenta una comparación constante con los demás y dificulta la expresión de una vulnerabilidad real, reduciendo la comunicación a respuestas automáticas que impiden conocer el estado emocional genuino de las personas.

Existen varios factores influyentes, entre ellos la dimensión del historial familiar que se presenta como un eje de referencia crítico en el estudio del suicidio. Según investigaciones recientes, cerca del 20% de las muestras estudiadas cuentan con al menos un familiar que ha cometido suicidio, existiendo casos donde el fenómeno se repite en cada generación. Ante esto, Belandria enfatizó que el individuo consciente de este riesgo debe trabajar activamente en identificar y fortalecer sus propios factores de protección para construir una narrativa distinta y preventiva.

Crisis de identidad

Según el psicólogo clínico José Rafael Pérez, el desarrollo psicológico hacia los 20 años se caracteriza por la búsqueda de vínculos de intimidad basados en la confianza y la vulnerabilidad compartida. «Cuando este proceso fracasa, el individuo entra en un estado de aislamiento que puede derivar en problemas severos de salud mental, como ansiedad, depresión y, en última instancia, el suicidio».

Bajo esta perspectiva, la depresión no es solo un trastorno del individuo, sino un síntoma de que el entorno carece de la oxigenación necesaria (vínculos sanos, apoyo social y movilidad), expresó.

Pérez distingue entre dos tipos de aislamiento: el objetivo y el percibido. El aislamiento social objetivo se refiere al distanciamiento real de los vínculos, que puede ser físico o emocional. Por otro lado, el aislamiento social percibido explica por qué una persona puede sentirse profundamente sola a pesar de estar rodeada de gente en el trabajo, la universidad o el hogar.

Es este último el que está más estrechamente ligado a la ideación suicida y a la fragilidad de la salud psicológica. Ante la necesidad del ser humano de formar parte de algo para construir su identidad, se ha recurrido a sustitutos digitales. «El contacto físico y emocional real ha sido desplazado por interacciones superficiales como likes o reacciones en redes sociales», expresó.

El espacio público como medida preventiva

Según el arquitecto Wilver Contreras Miranda, la intervención arquitectónica en los viaductos de Mérida se analiza como una acción ejecutada sin el consenso ciudadano ni la consulta a expertos, lo que ha derivado en un perjuicio al paisaje urbano. «Cualquier modificación en la ciudad, entendida como un espacio de encuentro, debe ser fruto de una articulación entre la administración local y la comunidad académica, como la Facultad de Arquitectura de la ULA».

De esta manera, la imposición de estructuras y colores sin un criterio estético profesional ha sido percibida por la sociedad merideña como una desproporción que, lejos de embellecer, distorsiona la perspectiva del territorio, expresó.

La ciudad de Mérida cuenta con tres viaductos: Campo Elías, Miranda y Sucre. En este sentido, se establece una comparación técnica entre las soluciones aplicadas en cada uno de ellos, «mientras que la obra en el viaducto Campo Elías es calificada como «espectacular» por su techumbre ondulada que simula las montañas andinas y el uso de una malla metálica electrosoldada que permite la transparencia, las intervenciones en otros viaductos, como Miranda y Sucre, se consideran un adefesio», expresó Contreras.

El uso de estructuras de tubos y colores inadecuados rompe el vínculo visual del caminante con el entorno natural, según Contreras, sí es posible proteger la vida sin sacrificar la estética ni la transparencia. Sin embargo, la decisión se inclinó por una estructura opaca que «encierra» al ciudadano y que, además, ha sido utilizada para fines de propaganda política, lo que completa el daño visual.

«Esta falta de sensibilidad arquitectónica no solo afecta el panorama, sino que altera la relación del habitante con su ciudad, convirtiendo un lugar de esparcimiento y vista en un entorno cerrado y visualmente contaminado».

Por otra parte, el psicólogo Salas reconoce que soluciones de infraestructura, como la instalación de barreras en puntos críticos de la ciudad, han sido respuestas sensatas para mitigar la visibilidad y ejecución de suicidios en el espacio público. No obstante, apunta que la verdadera solución requiere ir más allá de lo físico, «es indispensable fortalecer la red de atención y normalizar la búsqueda de ayuda profesional antes de que el estado alterado de conciencia se manifieste de forma irreversible» expresó.

La cultura como sacrificio y culpa

La perspectiva cultural introduce el peso de la religión y la tradición como ejes que condicionan el comportamiento en Mérida. La sociedad merideña está profundamente impregnada de una emocionalidad religiosa que dicta nociones rígidas sobre lo «correcto» y lo «incorrecto». Según la profesora Gabriela Contreras, esta estructura moral funciona como una norma implícita que sanciona cualquier ruptura, generando una carga de culpa y un «daño moral» en quienes no logran cumplir con las expectativas sociales.

Esta cultura del sacrificio se manifiesta en la obligación de permanecer en vínculos dañinos para preservar la reputación o por el peso de los sacramentos religiosos, bajo la premisa de «lo que Dios unió». «El silencio se convierte así en un mecanismo de control; la vulnerabilidad es vista como debilidad, y la respuesta social ante el malestar suele ser la invalidación emocional, obligando a la persona a administrar su dolor en privado para no quebrar la imagen de perfección familiar», expresó.

Según Contreras, la dificultad para pedir ayuda nace de una educación que prohíbe la regulación emocional desde la infancia, mediante mandatos como «los niños no lloran» o «no sea cobarde». En este contexto, el suicidio puede aparecer como una forma de manifestar un malestar que no encontró espacio en el ámbito privado.

«Cualquier esfuerzo de prevención estatal será insuficiente si la propia cultura no asume una participación activa y solidaria en la promoción de la salud mental, rompiendo los círculos de silencio y juicio que caracterizan a la sociedad merideña».

Los medios como puente hacia la ayuda

Para la psicóloga clínica Jusnery Rujano, el análisis del papel de los medios de comunicación ha evolucionado para incluir no solo a la prensa tradicional, sino también a las redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp. «Los medios ejercen una influencia determinante en las actitudes y creencias de la comunidad, operando a menudo a través de algoritmos que priorizan conexiones emocionales de carácter negativo o sensacionalista». Rujano informó que la normalización del suicidio, a través de una representación mediática inadecuada, constituye un riesgo latente, especialmente cuando se omiten los protocolos de comunicación responsable.

Asimismo, Belandria hizo un llamado urgente a la sensibilización sobre el manejo de la información en el espacio público, siguiendo las directrices del manual de la Organización Mundial de la Salud (OMS) —que prohíbe explícitamente difundir datos personales, métodos utilizados o fotografías de las víctimas—, ya que esto puede generar efectos contraproducentes en la sociedad. «La prevención no debe limitarse únicamente al ámbito social o general, sino que debe descender a la intervención individual y a la formación de una conciencia colectiva sobre cómo se consume y se transmite la noticia», expresó.

El fenómeno del suicidio en Mérida no puede entenderse como un hecho aislado, sino como la intersección crítica entre desequilibrios biológicos, presiones culturales y un entorno digital que a menudo fomenta el aislamiento. Abordar esta realidad amerita una respuesta que trascienda más allá de lo físico. Solo mediante la reconstrucción de vínculos humanos auténticos y el fortalecimiento de las redes de apoyo social, será posible sustituir la cultura del juicio por una verdadera cultura de la prevención y el cuidado de la vida.

rpoleoZeta

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