Categorías: Uncategorized

Memoria Colectiva en Venezuela: Olvido, Poder y el Debate en Torno a Nuestro Pasado Histórico

El debate sobre la memoria colectiva en Venezuela, y sobre las políticas de memoria en general, ha pasado por momentos de mayor y menor visibilidad a lo largo de nuestra historia contemporánea, sin concretarse en políticas nacionales definidas, o bien desarrollándose de forma fragmentada y altamente politizada. Sin embargo, en los últimos años esta discusión se ha intensificado por las experiencias colectivas que han marcado al país en las últimas décadas: ciclos de protesta, violaciones de derechos humanos, conflictividad política y una prolongada crisis humanitaria que ha transformado profundamente nuestro tejido social.

Además, tras los cambios que se han suscitado luego del 3 de enero, la posibilidad de estar a las puertas de una transición a la democracia y la reciente aprobación en primera discusión en la Asamblea Nacional de una ley de amnistía, han intensificado estos debates y generado múltiples reflexiones, propuestas y maneras sobre cómo nuestra sociedad se debería relacionar con su pasado en momentos de transformación política.

En este marco, el presente texto busca aportar algunos elementos teóricos que permitan orientar la discusión sobre hacia dónde queremos dirigir el uso de nuestra memoria colectiva en el futuro cercano. Para dilucidar esto, debemos preguntarnos lo siguiente: ¿qué es la memoria colectiva?, ¿qué es el olvido?, ¿cómo entran en tensión estos elementos en la sociedad?, ¿cómo los Estados la utilizan? y ¿qué utilidad tiene la memoria en una sociedad?

Los estudios de la memoria colectiva suelen situar su punto de partida en los trabajos de Maurice Halbwachs, quien plantea por primer vez la idea de la existencia de una memoria colectiva, partiendo de que, para que ciertos recuerdos incompletos reaparezcan, es necesario que en la sociedad en la que el individuo se encuentra se le presenten imágenes que reconstruyan el grupo y el medio de donde aquellos recuerdos provienen. En este sentido, la principal hipótesis del autor fue la noción de “marcos sociales de la memoria”, que define como aquellas estructuras compartidas que hacen posible la aparición de los recuerdos, entre ellas el tiempo, el espacio y el lenguaje.

Desde esta perspectiva, Halbwachs define la memoria colectiva como el espacio donde los individuos adquieren, evocan y reconocen sus recuerdos.

Elizabeth Jelin, en Los trabajos de la memoria, entiende la memoria colectiva como el entramado de memorias compartidas y superpuestas que se construyen a partir de múltiples interacciones sociales y están atravesadas por relaciones de poder. Se trata de un proceso subjetivo, anclado en experiencias vividas y en marcas simbólicas y materiales, tanto individuales como colectivas. Al mismo tiempo, es un proceso dinámico, resultado del entretejido de tradiciones y memorias individuales en diálogo constante con otros, que se transforma de manera permanente, aunque conserva ciertos niveles de organización social.

Igualmente, Paul Ricoeur, define la memoria colectiva como el conjunto de huellas dejadas por los acontecimientos que han afectado al curso de la historia de los grupos implicados, los cuales tienen la capacidad de poner en escena esos recuerdos comunes con motivo de fiestas, ritos y celebraciones públicas.

A este concepto, Tzvetan Todorov añade el olvido en su definición, explicando que la memoria es una interacción entre la conservación de recuerdos y la supresión (el olvido). Por ello, distingue memoria del simple acto de recordar, ya que hablar de memoria implica también hablar de olvido. La memoria es, para él, una selección de todas las informaciones recibidas en nombre de ciertos criterios; y esos criterios, hayan sido o no conscientes, servirán también, con toda probabilidad, para orientar la utilización del pasado.

En conjunto, estas miradas permiten comprender que la memoria colectiva es un proceso social dinámico mediante el cual los grupos construyen sentidos sobre su pasado, y que recordar no depende únicamente de la experiencia individual, sino de marcos sociales, lenguajes, rituales y relaciones que hacen posible la evocación de ciertos hechos mientras otros son desplazados u olvidados. La memoria, por tanto, se configura como un espacio de selección, significación y también de disputa y fricción, donde se define qué del pasado permanece activo en el presente y con qué finalidad.

Y este espacio de selección, significación y disputa ocurre en el presente, ya que la memoria colectiva debe considerar la interacción constante entre pasado, presente y futuro. Como señala Marc Augé: “ninguna dimensión del tiempo puede pensarse haciendo abstracción de las demás; por esa razón, las reflexiones sobre la memoria colectiva presentadas en este trabajo no pueden separarse del futuro ni, por supuesto, del presente”.

En este sentido, es la sociedad presente la que proporciona la “base común” indispensable para que el recuerdo pueda reconocerse y reconstruirse. De esta manera, la memoria colectiva “sólo retiene del pasado lo que aún queda vivo de él o es capaz de vivir en la conciencia del grupo que la mantiene”. 

Es decir, el pasado vive de las reelaboraciones que ocurren en el presente. Y en este espacio, el de la memoria, se convierte entonces en un espacio de lucha política entre distintas memorias rivales. En este escenario conflictivo, salen a relucir los que Jelin llama los “emprendedores de la memoria”, que son quienes pretenden el reconocimiento social y de legitimidad política de su versión o narrativa del pasado.

En ese proceso, y en contextos de transición y post-autoritarismos, hay también actores políticos preocupados por la estabilidad que promueven políticas de olvido o de reconciliación con el fin de evitar reabrir las dolorosas experiencias del pasado autoritario. Sin embargo, veamos, ¿qué es el olvido?, ¿cómo este afecta a las sociedades? 

Desde la perspectiva de los marcos sociales, Halbwachs plantea que el olvido es una consecuencia directa de la desvinculación de los grupos que dan soporte al recuerdo. Mendoza García presenta el olvido como “un proceso activo y político, resultado directo de la manipulación o destrucción deliberada de los artefactos que sostienen el recuerdo”. Una de las formas más claras de generar olvido es a través de la violencia sobre el cuerpo, considerado un «recinto de lo acontecido». Así, gobiernos totalitarios recurren a la desaparición forzada de sus víctimas para impedir que sus tumbas se conviertan en lugares de memoria y culto.

Por lo que, las borraduras y olvidos pueden ser resultado de una voluntad o política de olvido y silencio ejercida por actores que elaboran estrategias para ocultar y destruir pruebas y rastros. Desde esta postura, se promueven políticas de olvido o de reconciliación.

Esta dimensión política del olvido se instauró bajo los regímenes totalitarios del siglo XX, quienes revelaron la posibilidad de la supresión de la memoria en las sociedades, convirtiendo el olvido en un instrumento deliberado de control político orientado a la consolidación del poder. A diferencia de otras experiencias históricas, los totalitarismos intervinieron activamente sobre el pasado mediante la sustitución de la realidad por invenciones, silencios y desapariciones, desarrollando una fijación constante por apropiarse de la memoria, aspirando a controlarla hasta sus rincones más recónditos.

Y es bajo este contexto que el acto de recordar se transformó en un acto de oposición política y de movimiento antitotalitario. La memoria adquirió entonces un prestigio y un sentido excepcional porque se opone directamente a las políticas y reino del olvido impuesto por los Estados totalitarios.

Sin embargo, muchos autores temen sobre la satanización del olvido y su función tanto social como indiviual. Augé, en Las Formas del Olvido, señala que “el olvido, en suma, es la fuerza viva de la memoria y el recuerdo es el producto de ésta”. Además, argumenta en su obra que olvidar ayuda a saborear el gusto del presente y que la memoria necesita del olvido. En este sentido, para el autor, recordar u olvidar es hacer una labor de jardinero, ya que, los recuerdos son como las plantas: algunos deben eliminarse rápidamente para ayudar al resto a desarrollarse, a transformarse, a florecer.

Todorov también preocupado por los abusos de la memoria, advierte que el culto a la memoria no siempre sirve para las causas buenas y que sería de una ilimitada cruelidad recordar continuamente a alguien los sucesos más dolorosos de su vida y que debe existir el derecho al olvido. 

En suma, podemos decir que el olvido es un proceso social complejo que puede ser tanto natural como promovido. En este sentido, y por lo todo antes expuesto, podemos entender y afirmar que recordar y olvidar no son polos opuestos, sino dimensiones de la forma en que las sociedades construyen sentido. En algunos casos, el olvido cumple la función de procesar el trauma y posibilitar la continuidad hacia el futuro. Pero en otros casos, el olvido se puede convertir en un instrumento de dominación.

Entonces, tal como se ha mencionado, el espacio de la memoria colectiva y el olvido tienen intrínsecamente un carácter dinámico, de transformación y de lucha política, en donde distintas memorias se buscan imponer entre sí para legitimar posiciones de poder, por lo que hablar de estos elementos implica necesariamente también hablar del Estado y el rol que juega en este proceso; sobre todo en contextos marcados por la supresión, negación o distorsión de las experiencias vividas de su población.

En estas circunstancias, los momentos de apertura política permiten que salgan a la luz relatos y memorias que hasta entonces habían sido silenciados o relegados al ámbito privado. Como señala Jelin, estas memorias surgen con una doble pretensión: dar la versión “verdadera” de la historia y reclamar justicia, mostrando cómo memoria, verdad y justicia se entrelazan en la construcción social del pasado. Es precisamente en estas coyunturas donde se evidencia que las transiciones democráticas requieren reconocer a las víctimas, y también garantizar la pluralidad de visiones, evitando que algunas memorias queden excluidas o subordinadas.

En Venezuela, a diferencia de otros países de la región, nunca se ha elaborado de manera sistemática sobre nuestras memorias históricas. No existen políticas públicas de memoria que hayan permitido articular las experiencias colectivas, y muchas narrativas han quedado fragmentadas, desplazadas u olvidadas. 

Sin embargo, el momento político que atraviesa el país ha reabierto este debate, sacando a la luz diversas demandas en torno a la memoria y la justicia. Aun así, es importante señalar que estos ejercicios siempre están condicionados por las dinámicas políticas, sociales e institucionales propias de los procesos de transición.

Por lo que, abrir el diálogo sobre la memoria colectiva en Venezuela nos permitirá avanzar sobre cómo queremos dirigir y demandar su uso para el futuro próximo.  

En próximos análisis, exploraremos cómo el país ha actuado, o dejado de actuar, en épocas anteriores, frente a episodios de violencia, represión y desigualdad, para identificar oportunidades de reconstrucción de la memoria y fortalecer los cimientos de una transición democrática.

La entrada Memoria, olvido y poder: por qué el pasado en un campo de disputa se publicó primero en La Gran Aldea.

rpoleoZeta

Compartir
Publicado por
rpoleoZeta

Entradas recientes

Oposición venezolana: Desafíos y Estrategias para una Transición Democrática

Ante el nuevo escenario político en Venezuela, la oposición enfrenta un conjunto de desafíos para…

1 hora hace

Alex Saab: Eslabón de Corrupción y Lavado de Activos en Ecuador y Venezuela

Alex Saab —hasta hace pocos días ministro de Producción de la dictadura madurista— habría sido…

9 horas hace

Carta de Rómulo Gallegos: Reflexiones sobre la Creación Literaria y el Cambio en Venezuela

Es interesante, y a veces desolador, observar cómo, a través de los años, el oficio…

10 horas hace

El fenómeno del venezolano chévere: Cultura, desorden y la búsqueda de un gendarme necesario

La idea del venezolano chévere, desde hace décadas, ha debido convertirse en una categoría antropológica…

17 horas hace

La Banalización del Discurso del Odio: Impacto y Consecuencias en la Sociedad Actual

Comienzo por delimitar el ámbito del llamado discurso del odio; este forma parte de la…

17 horas hace

Cirugía Reputacional de Indira Urbaneja: ¿Una Estrategia de Legitimación en Tiempos de Crisis?

La interacción entre el periodista César Batiz y la autodenominada “diplomática de segundo” Indira Urbaneja…

20 horas hace