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Marilyn Monroe: Un Legado Cultural que Cumple Cien Años de Fascinación y Complejidad

El centenario del nacimiento de Marilyn Monroe, ocurrido el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles, California, ofrece una oportunidad para examinar uno de los fenómenos culturales más singulares de nuestra era. Monroe comparte generación con algunas de las mujeres más atractivas y famosas de la historia del cine y, sin embargo, retiene un lugar excepcional en la imaginación contemporánea. Un lugar no compartido.

No es solo que su figura continúa inspirando biografías, novelas, poemas, exposiciones, documentales y estudios académicos, sino que su imagen circula diariamente por las redes sociales, surgidas décadas después de que ella desapareciera. La extraordinaria vigencia de Marilyn Monroe surge de una rara combinación de complejidad humana, potencia simbólica y apertura a nuevas interpretaciones.

Hollywood convocó a otras mujeres de enorme belleza, celebridad y magnetismo. Jayne Mansfield, Kim Novak o Lana Turner ejercieron una influencia considerable sobre la cultura visual de su tiempo. Lo mismo ocurrió, desde Europa, con Sophia Loren, Brigitte Bardot, Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida. Ninguna ha tenido una centralidad semejante.

La crítica británica Sarah Churchwell dedicó un libro entero, Las muchas vidas de Marilyn Monroe (2004), a seguir el rastro de las distintas Marilyn que han aparecido desde 1962, año de la muerte de la estrella. La actriz ambiciosa que luchó por ser tomada en serio, la mujer marcada por una infancia difícil, la celebridad acosada por la fama, la lectora apasionada, la empresaria que desafió a los estudios, la figura trágica convertida en símbolo de una época. Cada generación ha encontrado una Marilyn distinta y ninguna de esas interpretaciones ha conseguido imponerse de manera definitiva. Todas continúan coexistiendo.

Esa observación permite formular una primera hipótesis. Monroe sobrevivió a su tiempo porque nunca quedó encerrada en un significado único. Cada época encontró en ella algo diferente. Los años cincuenta se estremecieron por su enorme reclamo sexual. Las décadas posteriores descubrieron a una mujer empeñada en construir una carrera artística más exigente de la que Hollywood estaba dispuesto a concederle. La publicación de una recopilación de sus papeles íntimos, Fragmentos. Poemas, notas personales, cartas, de Marilyn Monroe, añadió otra dimensión al revelar a una lectora atenta, interesada por la literatura, la escritura y la reflexión intelectual. Las interpretaciones feministas encontraron a una mujer que intentó ampliar el control sobre su propia carrera dentro de una industria organizada para limitarlo. Ninguna de esas lecturas desplazó a las anteriores. Cada nueva interpretación se incorporó a las ya existentes.

La historiadora Lois Banner, autora de Marilyn: la pasión y la paradoja (2012), detectó otra pieza importante del caleidoscopio. Según Banner, Monroe reunía características que rara vez aparecen juntas en una misma figura pública: vulnerabilidad y determinación, inseguridad y ambición, necesidad afectiva y voluntad de independencia, deseo de reconocimiento y conciencia de las limitaciones que la industria imponía a las mujeres. Esa complejidad permitió que públicos distintos encontraran en ella aspectos disímiles. El mito se alimentó de esa riqueza de significados.

La explicación encuentra un antecedente temprano en Las estrellas, publicado por el sociólogo francés Edgar Morin en 1957. Morin observó que ciertas figuras cinematográficas dejaban de pertenecer exclusivamente a la pantalla y se convertían en objetos de identificación colectiva. El público proyectaba sobre ellas deseos, aspiraciones, frustraciones y fantasías. Monroe alcanzó esa condición con una intensidad extraordinaria. La actriz y la persona quedaron unidas en la percepción pública.

Ese mismo año, Roland Barthes publicó Mitologías, un análisis de los mitos modernos que ayuda a comprender otra dimensión del fenómeno. Barthes sostiene que los mitos modernos transforman personas, objetos o acontecimientos concretos en símbolos cargados de significados colectivos. Un mito permanece vivo porque conserva una forma reconocible mientras cada época proyecta sobre él sentidos nuevos. Eso ayuda a explicar el caso de Marilyn Monroe. La imagen sigue siendo la misma, pero cada generación encuentra en ella algo distinto, un nuevo espejo, y la utiliza para pensar problemas diferentes.

La amplitud de esas interpretaciones ayuda a entender la diferencia con otras estrellas de su generación. Mansfield encarnó una determinada idea del erotismo. Novak quedó asociada al misterio. Turner representó una forma particular del glamour hollywoodense. Bardot transformó la representación de la sexualidad femenina en la Europa de posguerra. Monroe devino un territorio más amplio donde conviven celebridad, deseo, fragilidad, ternura, inteligencia, ambición artística, movilidad social, espectáculo y tragedia.

También es reveladora la relación entre Monroe y el arte de la actuación. Durante décadas predominó una imagen que reducía su relevancia a su descomunal fotogenia o al atractivo físico. Sin embargo, las investigaciones de Barbara Leaming, Michelle Morgan, Anne Plantagenet y Elizabeth Winder muestran a una mujer que estudió con Lee Strasberg, director teatral, maestro de actuación y una de las figuras más influyentes del teatro y el cine estadounidenses del siglo XX, quien, por cierto, afirmó que ella había sido la mejor actriz de su generación; así como a una profesional que buscó papeles que le permitieran crecer como intérprete.

La historia del cine conserva una ironía difícil de ignorar: el hecho de que esa conmovedora actriz, que electriza las pantallas aun cuando la película no es gran cosa y cuya influencia cultural sigue expandiéndose a un siglo de su nacimiento, nunca recibió una nominación al Oscar.

Volviendo al asunto de la prodigiosa fotogenia de M. M., hay un libro de 1989 titulado Marilyn Monroe y la cámara, con un prólogo de la actriz Jane Russell, quien desde luego conocía desde dentro el sistema de Hollywood y compartió cartel con la rubia en Los caballeros las prefieren rubias (1953). Russell testimonió que el magnetismo de su colega no se limitaba a generar el deseo masculino, sino que despertaba fascinación en fotógrafos, técnicos, periodistas, actores y mujeres. El magnetismo, pues, excedía el erotismo.

Y fue tan franca y generosa que declaró que «la atención visual tendía a desplazarse hacia Marilyn incluso cuando compartía escena con otras actrices famosas». Una observación significativa porque procede de quien fuera también uno de los grandes símbolos sexuales de Hollywood.

«Creo que la cualidad fundamental que distinguía a Marilyn de los demás símbolos sexuales era su vulnerabilidad», anota Russell, quien añade que la gente quería protegerla. «La vulnerabilidad formaba parte de su magnetismo. No aparecía como una figura completamente blindada por el glamour ni por el poder de la celebridad. Pero cuando la cámara comenzaba a rodar, ella resplandecía».

La frase es importante porque describe una transformación. No habla de belleza física en sentido estático, sino de algo que ocurría cuando intervenía la cámara.

«Marilyn respondía a los fotógrafos como una flor que se abre al sol», concluye Russell.

Esta idea atraviesa todo ese libro, una recopilación de fotos de Monroe: la idea de que la cámara no se limitaba a registrarla, sino que parecía activar algo en ella. La publicación muestra además que Monroe comprendía profundamente la construcción visual de su propia imagen. Aprendió a trabajar la inclinación de la cabeza, la dirección de la mirada, la luz, el movimiento mínimo del cuerpo y la expresión facial. La fotogenia aparece aquí como una combinación de cualidad natural y elaboración consciente.

Esa mezcla se ve reforzada porque el libro sugiere una diferencia entre persona e imagen. Las fotografías muestran una figura de enorme potencia visual, mientras que las entrevistas y testimonios dejan ver inseguridad, necesidad de afecto y fragilidad emocional. El mito se sostiene precisamente en la convivencia de ambas dimensiones.

Los escritores también encontraron en Monroe una figura capaz de expresar preocupaciones que excedían el ámbito cinematográfico. Los casos son muy numerosos. Ya en 1965, el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal escribió Oración por Marilyn Monroe a propósito de la muerte de la actriz. El poema figura entre las primeras interpretaciones hispanoamericanas de una figura cuya historia apenas comenzaba.

Otro hispanoamericano, el cubano Guillermo Cabrera Infante, observó en su ensayo La estrella más radiante —incluido en el libro colectivo A propósito de Marilyn Monroe (edición de Homero Alsina Thevenet, publicada por Bruguera en 1977)— que Marilyn fue una creación consciente de sí misma. Cabrera Infante insiste en que Norma Jean participó activamente en la fabricación de Marilyn Monroe y describe la transformación física —el cabello, la cirugía estética, la construcción visual del personaje— como parte de una operación deliberada de autoconstrucción. Citando al célebre director de cine Billy Wilder, Cabrera Infante concluye: «No hubo nunca, nunca más que una Marilyn Monroe».

El estadounidense Norman Mailer, en Marilyn: una biografía (1973), presentó una Marilyn contradictoria y compleja, capaz de contener varios significados al mismo tiempo. Y, más recientemente, en 2000, la novelista Joyce Carol Oates encontró materia para una de las novelas más importantes de su trayectoria, Blonde, llevada al cine con gran éxito de público y crítica.

Ninguno escribió exactamente sobre la misma mujer.

Entre todas las explicaciones propuestas, hay una que reaparece con insistencia. Monroe reunía atributos que suelen aparecer separados. Comprendía la fabricación de su propia imagen, pero dejaba visible la fragilidad. Dominaba la cámara, pero conservaba una apariencia de espontaneidad. Era una creación de Hollywood y un ser humano que nunca terminó de desaparecer detrás de ese ensamblaje.

Quizá esa tensión explique por qué sigue suscitando nuevas lecturas cuando tantas otras estrellas han quedado fijadas en una sola.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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