Categorías: Política

Las tres etapas del plan de estabilización: ¿Una secuencia necesaria o un obstáculo para la transición democrática?

Uno de los temas más trillados en el debate político del país, tanto dentro como fuera de él, es el famoso asunto de las tres fases. Sabemos que la administración Trump ha mencionado que su plan tiene tres fases: estabilización, reconstrucción y transición. Se da por supuesto que esta última se refiere al establecimiento de un gobierno electo en elecciones libres.

El debate entonces gira en torno al contenido de esas fases, su secuencia y, sobre todo, sus plazos. En cuanto al contenido, no debería haber mucho misterio ni controversia, pero ha resultado que el tema, a mi parecer, se ha convertido en un verdadero paraíso de confusiones. La mayoría de las interpretaciones que circulan indican que la estabilización se refiere a que la economía y los servicios básicos logren funcionar aceptablemente, de modo que, cuando un nuevo gobierno democrático se instale, encuentre un país funcionando más o menos bien y no tenga que cargar con esa tarea, ni pagar el precio de un descontento popular mientras resuelve esos problemas.

Así entendida, la estabilización se amarra naturalmente con la fase siguiente, la de la recuperación, que vendría a ser como la continuación natural de la estabilización. Recordemos que, como parte de la estabilización, se incluyen las reformas legislativas e institucionales que traigan seguridad jurídica a los empresarios e inversionistas. En un país así «estabilizado», se supone que las inversiones se producirán en abundante cascada, especialmente en el sector petrolero.

Una vez que el país esté estabilizado y en vías de recuperación económica, es que ha llegado el momento de la tercera fase, la de la transición democrática. Esa es la visión ideal de las etapas, tal como creo que se entienden. Todo esto se presta a una interpretación mecánica de las secuencias: primero la primera; cuando esa esté completa, la segunda; y luego, con esta bastante avanzada, la tercera. El secretario Rubio ha flexibilizado un poco esa visión mecánica, aclarando que las fases pueden solaparse y que no es necesario que cada una esté completa para pasar a la siguiente.

Difiero de esa visión de las cosas, que espero haber resumido con aceptable exactitud. Para exponer mis diferencias me concentraré en dos puntos. Antes, advierto —como quedará claro en lo que sigue— que se dejan de lado en estas líneas los planes que, por su parte, pueda tener el interinato para lograr quedarse en el poder, y toda la letanía que ya nos sabemos de memoria: “son unos tigres ganando tiempo”, “Delcy tiene abobado a Donald”, “Delcy y Jorge son muy inteligentes”, “a los gringos lo que les interesa es el petróleo” y así sucesivamente. Quede para otro día.

Para exponer mi primer punto, creo que los venezolanos no estamos esperando a que los temas económicos y de servicios se resuelvan para entonces pasar a los cambios democráticos. Un analista, que es consultado con mucha frecuencia por los periodistas venezolanos que están en el exterior, ha dicho que si se hubiera reconocido el triunfo de Edmundo González en julio de 2024 y hubiera asumido la presidencia en enero de 2025, no habría durado ni dos meses, porque la gente misma lo hubiera sacado al ver que los salarios no subían en semanas, que la inflación no bajaba con prontitud y que la luz seguía yéndose.

Me parece un serio error del analista. El problema de una asunción inmediata del poder por parte de González Urrutia no era ni por asomo el que este comentarista señala. El problema era la amenaza de violencia que hubieran puesto en práctica los grupos armados y la reacción brusca de todo el aparato institucional puesto al servicio de la represión.

Los venezolanos sabemos que los problemas económicos y sociales van a llevar su tiempo en resolverse y, en la hipótesis de que en enero de 2025 se hubiera instalado un gobierno legítimo, hubiéramos estado dispuestos a pagar el precio del tiempo que se necesitara, bajo un gobierno electo legítimamente y con un vigoroso liderazgo. Con seguridad, ese nuevo gobierno sabía que tenía que emitir señales positivas desde muy temprano, en el entendido de que la población comprendía —como en efecto lo hacía— que los problemas no eran susceptibles de soluciones rápidas.

El gran tema era, y es, la presencia y el desmontaje del aparato represivo, no que la luz no se vaya. Siendo así, el tema de las fases tiene sentido: en efecto, primero hay que desmontar el aparato de violencia, pues con ese factor presente cualquier gobierno democrático hubiera sido, y sería, muy frágil e inestable. De ahí se deduce que el gran punto de la primera fase es la eliminación del aparato de violencia instalado. Es de suponer que esa es la verdadera primera prioridad de la fase de estabilización y que así lo entienden quienes manejan la situación; solo que, por su propia naturaleza, el asunto tiene que manejarse con sigilo.

El otro punto tiene que ver con la secuencia de las fases y sus respectivos plazos. Ya Rubio dio una primera respuesta al problema de la interpretación simplista y mecánica con la figura del solapamiento. Pero hay que ahondar más. El gran peligro aquí es la idea genérica de una fase primero, luego la otra y luego la otra, aunque sea con solapamiento. Y esta idea de secuencias está estrechamente vinculada con el tema de los plazos, pues, sumando uno con otro, la suma resulta alta. Y no.

Si la prioridad del control de la violencia, núcleo central de la fase de estabilización, se resuelve o entra de verdad en el camino de hacerlo, las demás fases no tienen por qué esperar tanto. De hecho, pueden comenzar a correr desde ya, sobre todo la más anhelada: la de la transición.

No sé sobre la base de cuáles parámetros han diseñado las salas situacionales del Norte su diseño de fases y plazos. De lo que llevo dicho se deriva que el punto central de todo el tema de las fases es el desmontaje del aparato de violencia, expresión que en este caso incluye no solo a los grupos armados, sino todo el aparato institucional que se puso al servicio de la represión. Es la duración y la culminación de esa tarea, y su ritmo de realización, lo que condiciona el de las demás.

Que, por cierto, deben empezar a rodar en cuanto se pueda, desde ya si es posible, especialmente la referida al tema de las elecciones. Si el tema electoral se asume sin descanso y hasta el límite máximo que la situación en conjunto lo permita, ello tiene un efecto de rebote y de presión retroactiva sobre la agenda estabilizadora y sobre la duración de todo el proceso de las fases.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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