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La verdad sobre la transición: superando el odio y construyendo una justicia verdadera sin venganza

En 2011, un atentado en la isla de Utøya, en Noruega, acabó con la vida de decenas de jóvenes. La pena máxima en ese país es de veinte años. Recuerdo haberme preguntado cómo una sociedad podía aceptar que alguien responsable de tanto dolor saliera libre en dos décadas. La respuesta fue simple pero profunda: “La victoria más grande no es castigarlo más, sino lograr que caiga en el olvido. Que pierda la importancia y la influencia que creía tener. Que su nombre no defina nuestra historia.”

Esa lección me marcó, porque entendí que la justicia verdadera no es venganza disfrazada, sino la capacidad de una sociedad de no dejarse dominar por la rabia ni por el odio. El mayor triunfo de una nación no está en destruir a quien la hirió, sino en seguir adelante sin permitir que ese dolor la defina.

Durante estos años todos, en algún momento, hemos sentido rabia, frustración o tristeza. Inclusive odio e impotencia. Es imposible no hacerlo después de haber visto cómo el poder fue utilizado para dividir y degradar moralmente a un país entero. Pero quizás lo más difícil no ha sido lidiar con quienes desde el inicio apoyaron el proyecto chavista —porque con ellos siempre supimos a qué nos enfrentábamos—, sino con aquellos que un día decidieron traicionar sus principios, renunciar a sus valores y darle la espalda a la causa de la libertad.

Personas que, por un cargo, un título o un beneficio pasajero, escogieron ignorar la historia, olvidar a los presos políticos, a los torturados, a los exiliados y a las familias separadas. Que se burlaron del exilio como si fuese un privilegio, sin entender que muchos lo viven como una herida abierta. Que señalaron desde la comodidad del poder, olvidando que quienes están fuera lo están por obligación, no por elección.

Esa traición duele más porque viene de quienes un día compartieron sueños, luchas y principios. Es más fácil hablar con quien siempre fue chavista que con quien un día decidió dejar de creer en lo que juntos defendimos.

Pero en estos días, cuando parece asomar una luz al final del túnel, debemos recordar que la transición no puede construirse desde el odio ni desde la rabia. Que el perdón no significa ingenuidad y que la justicia no debe confundirse con venganza.

Habrá tiempo para que cada quien se enfrente a su conciencia, a su historia y a su familia. Pero la tarea que nos toca es otra: reconstruir un país donde este dolor no se repita jamás.

Y ojo: esto no significa olvidar ni hacer borrón y cuenta nueva. No significa que debamos callar la historia o negar las heridas. Al contrario, necesitamos monumentos, museos y espacios de memoria colectiva. Porque hay demasiadas cosas que no podemos olvidar. Hay demasiada gente que dio su vida por un país distinto. Y las próximas generaciones deben tener acceso a esa memoria para entender qué ocurrió y por qué no puede repetirse.

La verdad es que, cuando esto cambie —y va a cambiar—, nuestros nietos estudiarán esta etapa como un capítulo de historia. Pero depende de nosotros que ese capítulo no se convierta en olvido, sino en aprendizaje. Depende de nosotros que las próximas generaciones no olviden lo que pasamos, para que más nunca repitamos estos erores.

Una de las cosas más importantes para no caer en discursos, ni permitir que nuestro accionar venga desde la molestia, el resentimiento o la rabia, es entender que eso es exactamente lo que ellos quieren. Si se dan cuenta, el discurso de quienes hoy ostentan el poder es el del miedo: que, si todo cambia, habrá guerra civil, persecuciones o cacerías de brujas. Y no, no se trata de eso.

Sí, debe haber justicia. No puede haber impunidad. Porque exigir justicia no nos hace resentidos, sino conscientes. Los violadores de derechos humanos tienen que responder ante la ley. Pero los normalizadores, los opinadores, los que prefirieron amalgamarse o acoplarse al discurso del régimen, tendrán que lidiar con las consecuencias de sus actos. No depende de nosotros.

Por eso, y por muchas razones más, debemos estar a la altura de la transición que se viene. Saber los retos a los que nos enfrentamos y actuar con la serenidad de quien sabe que reconstruir un país no es cuestión de venganza, sino de memoria, justicia y dignidad.

Solo así podremos decir que esta vez sí aprendimos.
Solo así la transición será justa, humana y duradera.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

rpoleoZeta

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rpoleoZeta

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