Testimonios de trabajadores exponen la crudeza de trabajar entre los escombros y la desesperación de la ciudadanía que lucha por recuperar la dignidad de sus muertos
El estruendo del motor de una excavadora en La Guaira ya no significa progreso; hoy, significa la última posibilidad de encontrar un cuerpo. En la entrada de los edificios en Caraballeda, la geografía de la tragedia se ha dividido en dos mundos: el de quienes coordinan la logística industrial de la demolición (en unos pocos edificios) y el de quienes, con las manos desnudas, piden un minuto de máquina para sacar el cuerpo de los suyos de montañas de escombros.
Para los coordinadores de las empresas privadas que operan en edificios como el Riomar, en el sector Tanaguarena, el trabajo es una carrera de precisión técnica. El ingeniero Luis Castillo, quien coordina un grupo de nueve máquinas —entre martillos hidráulicos, retroexcavadoras y volquetas—, describe la labor como una «aguja en un pajar».
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«Esto no es una obra normal», admite Castillo. Él y su equipo, traídos desde Caracas y otros estados, tienen la misión de limpiar el desastre, al menos en el terreno antes mencionado. La realidad técnica choca constantemente con la humana: «Si hay familiares que indican dónde están sus víctimas, paramos el equipo. Han venido rescatistas de todas las nacionalidades —brasileros, argentinos, mexicanos— y ya no buscamos vida, buscamos cuerpos».
Para Castillo, la logística tras el doble terremoto en La Guaira es abrumadora: combustible, lubricantes, mangueras y el costo humano de trabajar nueve días sin descanso. En paralelo a estas preocupaciones que limitan el trabajo, está la angustia y desesperación de los familiares que claman, desde el día uno, por ayuda especializada y equipos para la remoción de escombros.
En la cabina de mando, los hombres que operan estas máquinas cargan con un trauma que no aparece en ningún balance de gastos. Efraín Méndez, coordinador de los edificios a cargo, confiesa que el pasado domingo vivió la experiencia más difícil de su vida.
«He tenido muchas experiencias en mi vida, pero esta no se la deseo a nadie», confiesa mientras sus manos se entrelazan. Para Efraín, cada vez que una máquina se detiene, la tensión en el ambiente se vuelve insoportable. «Es un momento horrible, horrible, fuerte«, repite, buscando palabras para describir algo que parece no tenerlas.
«Me llegó una señora en una camioneta, en silla de ruedas, ofreciéndome mil dólares en efectivo para que moviera la máquina hacia el lugar donde creía que estaban sus hijas», relata Méndez. La señora, que se le arrodilló y abrazó clamando ayuda, recibió un «no» rotundo de Efraín. «Le dije: ‘No, señora, deje ese dinero para que usted trate de medio recuperarse’. Porque nadie se va a recuperar de esto». Apenas pudo, movilizó la máquina: por pura colaboración. «Quien acepte un dinero en esta situación tiene que ser alguien que no tenga corazón», expresa.
El trauma de Efraín y sus operadores que trabajan en La Guaira tras la tragedia no es solo administrativo. «Uno de los operadores jaló una pared y tras ella venía un fallecido. Salió corriendo de la máquina, se tiró y vino a avisarnos. Se ha vuelto rutina ver un cadáver, pero no es fácil para nadie».
Para el maquinista lo más doloroso es la desesperanza. «Me han contado demasiadas historias de sobrevivientes. Un señor nos contó cómo empujó a su hija y a su nieta por la ventana durante el sismo, y cómo después tuvo que bajar con sábanas amarradas mientras sus manos se destrozaban con los escombros. Se sentó en la acera a llorar, convencido de que habían muerto, hasta que horas después aparecieron frente a él».
Efraín admite que, a estas alturas, el cansancio ya no es físico, sino es moral. «A veces me pregunto si estoy haciendo suficiente. Cuando me ofrecen dinero, cuando me piden lo imposible, me rompo por dentro. Yo soy de Barquisimeto, tengo mi propia familia, pero siento que ya no me puedo ir. Hasta que no veamos el asfalto, hasta que no despejemos el último centímetro de concreto», agrega.
En medio de la emergencia, las averías mecánicas también afectan. Jonathan Espinoza está frente a una máquina. Está dañada. Comenta que se averió de «la pela» que se le dio removiendo escombros. Manifiesta que arreglar estos equipos no es tan facil. Detalla que en el país escasean los repuestos de buena calidad y que los que se consiguen cuestan hasta tres veces más de lo que puede significar importarlos.
Otro punto que destaca el hombre que se ubica al lado de la máquina es que no es como un carro que se le puede hacer mecánica en el mismo lugar porque son piezas pequeñas. Dice que las máquinas, al menos de las que él se encarga, deben ser llevadas a talleres especiales en Caracas, donde cuenta con otros equipos para sacar piezas pesadas.
Mientras el ingeniero Castillo habla de cámaras de construcción y logísticas de QR para combustible y se solidariza con las víctimas del terremoto, en otros sectores de La Guaira se mantiene, tras 21 días del terremoto, el reclamo de ciudadanos sobre la falta de equipos y maquinarias para rescatar a los suyos.
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