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La Ruptura Ética: Betancourt, Cuba y la Doctrina que Defendió la Democracia en Venezuela

El 11 de noviembre de 1961, Rómulo Betancourt se paró frente al país y al continente para anunciar lo que muchos consideraron una herejía: la ruptura total de relaciones diplomáticas con Cuba. No era un gesto de enemistad personal ni de docilidad ante Washington —como pretendió el castrismo—, sino una afirmación política y moral. Betancourt no rompía con una isla; rompía con una idea de poder que empezaba a disfrazar la autocracia con retórica redentora. En medio de una América Latina que coqueteaba con los nuevos mesías, el presidente venezolano escogía un camino más difícil: defender la democracia, no como simple forma de gobierno, sino como compromiso ético.
Aquel acto, que los diplomáticos llamaron luego “Doctrina Betancourt”, fue la apuesta de un hombre de Estado que entendía que la legitimidad no se mendiga: se sostiene o se pierde.

Esa doctrina nacía de una convicción que Germán Carrera Damas retrataría décadas después en su biografía Rómulo histórico: el político que había aprendido de las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez que la libertad sin instituciones es espuma. Betancourt veía la democracia como una arquitectura de límites y contrapesos; y en su lógica, ningún país que aboliera esos límites merecía el trato de igual. Su ruptura con Fidel Castro fue, entonces, menos un gesto anticomunista que una advertencia: el autoritarismo, con bandera roja o con cruz cristiana, termina siempre corrompiendo la dignidad de los pueblos.
Su desafío fue demostrar que una república joven, acosada por conspiraciones internas y por la polarización ideológica, podía sostener principios y pagar el costo político de hacerlo.

La trascendencia de aquella decisión fue enorme. Internamente, fortaleció la credibilidad de un sistema que apenas aprendía a caminar después de la dictadura. Hacia afuera, convirtió a Venezuela en referencia continental: un país que declaraba que su amistad no estaba en venta si el precio era la claudicación democrática. Por unos años, la Doctrina Betancourt funcionó como brújula ética en un continente lleno de dictadores de derecha y revolucionarios de izquierda que se parecían más de lo que admitían. La ruptura con Cuba fue también una afirmación de independencia moral frente a las presiones de Washington y los dogmas de Moscú. Venezuela aparecía, por primera vez en mucho tiempo, actuando por convicción propia.

Pero la historia —como el poder— no tiene paciencia con los principios. En 1974, el gobierno de Carlos Andrés Pérez restableció relaciones con La Habana. No fue traición, sino el signo de los nuevos tiempos: la bonanza petrolera, el diálogo Sur-Sur, la ilusión del Tercer Mundo unido. La doctrina que Betancourt había concebido como mandato moral se transformó en pieza de museo diplomático. El pragmatismo sustituyó a la coherencia, y las rupturas de entonces se volvieron aperturas comerciales. Así, Venezuela pasó de ser el país que se atrevía a decir no, al país que aprendía a decir sí con petróleo en la mano. En política exterior —como en la vida—, a veces las convicciones y los intereses viajan más rápido que la memoria.

Ese contraste revela la diferencia entre un político y un estadista. Betancourt no buscaba quedar bien, buscaba dejar en claro que la democracia tenía que defenderse también desde la diplomacia. Su ruptura con Cuba fue un acto de coherencia con el país que intentaba construir, no una maniobra para complacer a nadie. Era, en el fondo, un mensaje interno: la libertad no se negocia. Y si hoy su gesto parece lejano, es porque el país se acostumbró a gobiernos que confunden alianza con sumisión y solidaridad con dependencia. El chavismo y su heredero han invertido la doctrina: donde Betancourt ponía distancia con los regímenes sin legitimidad, el madurismo busca cercanía con ellos. Donde Betancourt veía en la democracia una línea roja, la revolución bolivariana ha hecho del autoritarismo un color de bandera.

Mientras Betancourt cerraba embajadas por principios, el régimen actual abre consulados por conveniencia. Donde la diplomacia fue defensa de soberanía, hoy es administración de favores. Lo que en 1961 fue una ruptura ética, en el siglo XXI se ha convertido en una red de alianzas que sostienen un poder sin legitimidad interna, atado a Cuba, Rusia o China con la misma lógica de supervivencia con que las dictaduras de antaño se ataban al Vaticano o al Pentágono. Betancourt rompió con Castro para proteger a la democracia venezolana de la tentación autoritaria; el chavismo se abrazó a Castro para perpetuar su propio autoritarismo. La historia a veces se escribe como ironía.

Pero más allá del contraste, hay una lección de fondo. En política, las doctrinas no mueren: las pervierte la falta de coraje. La Doctrina Betancourt, con sus luces y sus límites, fue el intento de convertir la coherencia en política de Estado. Su vigencia no depende de nostalgias, sino de la capacidad de los venezolanos para recuperar la idea de que la moral también gobierna. Cada generación debe decidir si prefiere un país que rompa con las dictaduras o que se fotografíe con ellas. Y en esa elección se mide no solo la diplomacia, sino el carácter nacional.

Recordar aquel 11 de noviembre no es mirar al pasado: es mirarnos en él. Porque, aunque los tiempos cambien, las lealtades siguen siendo frágiles y las excusas abundantes. Betancourt sabía —y Carrera Damas lo intuyó con precisión de historiador— que la grandeza de un país no se mide por su riqueza, sino por la coherencia de sus actos. La ruptura con Cuba no fue un capricho: fue una lección. Hay momentos en los que el deber moral vale más que el aplauso. Hoy, cuando la diplomacia venezolana parece confundir fidelidad con servidumbre, conviene recordar la advertencia que dejó aquel hombre de Estado: los principios cuestan, pero las claudicaciones salen mucho más carás.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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